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En la onda

Por Javier del Castillo
Última actualización 25/02/2011@10:48:40 GMT+1
CON estas tres palabras remató su comentario Fernando Ónega aquella tarde del 24 de febrero de 1981, en la Cadena Ser, nada más confirmarse la salida de los diputados del Congreso y el fracaso del golpe de Estado.

A Fernando Ónega, después de aquella tensa e interminable noche de los transistores, cuando hasta el deber y la profesionalidad estaban a punto de ser vencidas por el sueño, no se le podía ocurrir otra cosa en aquel momento: “Buenas tardes, libertad”.

Mientras los padres de la patria desalojaban el edifico del Congreso camino del Hotel Palace, entre tímidos aplausos –pues no hubo, como se han empeñado en hacernos creer algunos, una gran movilización popular–; y mientras la tambaleante democracia se recuperaba del penoso espectáculo retransmitido en la tarde-noche del día anterior, Fernando Ónega dijo sólo lo único que podía decir: “buenas tardes, libetad” (y no “buenos días”, como por error han comentado algunos de sus compañeros de la radio).

En este treinta aniversario del 23-F –donde lo único que realmente merece la pena celebrar es lo mucho que ha cambiado este país, y muy especialmente su ejército y las fuerzas de seguridad– , se han publicado tantas cosas, se han contado tantas batallitas y se han aportado tantos testimonios que corremos el peligro de olvidarnos de lo fundamental. Pero fue tan fuerte, que es difícil abstraerse de aquella conmoción.
¿Dónde estaba usted aquel 23-F de 1981? Si quieren se lo cuento: estaba tomándome unas cervezas con uno de mis mejores amigos de Sigüenza en la Casa de Campo, donde quedábamos frecuentemente con otros amigos de la Universidad. Y allí estuvimos esperando durante unas cuantas horas nuevos acontecimientos, hasta hartarnos de la música clásica en la televisión. Allí estuvimos escuchando las pocas noticias que iban llegando, gracias a la Cadena Ser y a su corresponsal parlamentario, Rafael Luis Díaz, que tuvo el valor de dejar el micrófono abierto en el hemiciclo. Luego, cogimos el metro hasta Tribunal, con miedo contenido y sin saber muy bien a donde tirar al día siguiente.

Empezamos a ver un poco de luz cuando en esa larga noche se emitió el discurso del Rey, seguida de la retirada a los cuarteles de los tanques en Valencia. Eso sí, el susto y el bochorno no nos lo podía quitar nadie de la cabeza. Apenas pude dormir. Seguía dándole vueltas a la irrupción de los guardias civiles en el hemiciclo. Me desperté como sobresaltado, recordando el “quieto todo el mundo”, el “se sienten coño” o la imagen deplorable del teniente coronel Tejero intentando derribar por la fuerza al aparentemente frágil general Gutiérrez Mellado en el edificio sagrado de la democracia recién estrenada.

¡Vaya palo!, cuando estás a punto de encauzar tus primeros trabajos profesionales, después de haber hecho compatible el último curso de la carrera con el varias veces prorrogado servicio militar... La situación no invitaba a salir a la calle, pero la profesión que yo había elegido sí. Tenía que ver lo que pasaba. Era difícil que me dejaran pasar de la Plaza de Neptuno, junto al Congreso, sin embargo me sentía en la obligación –para eso me gustaba tanto el periodismo– de intentar vivir como testigo un acontecimiento que estuvo a punto de cambiar el futuro de nuestro país.

La verdad es que no fue tan difícil colarme, enseñando una acreditación que conservaba de mi reciente paso por la prensa alcarreña. Incluso pude acercarme hasta la unidad móvil de la Cadena Ser, instalada junto al Hotel Palas y desde cuyo capó estaba narrando el partido –perdón el golpe– José María García. También vi llegar a la embarazada diputada Anna Balletbó a las puertas del Palace.

Tuvo que ocurrir aquella lamentable actuación golpista, que hasta el general Armada califica de “chapuza”, para que nos diéramos cuenta del valor de la libertad.

Y menos mal a la radio y la televisión. Yo llegué a pensar que las imágenes de los disparos, con esa estética de una España felizmente superada, tenían que hacer desistir a quienes estuvieran detrás de aquella intentona golpista.

El papel del Rey, con su discurso, fue decisivo, pero no lo fue menos el testimonio sonoro y visual de lo que estaba ocurriendo dentro de la Cámara. Era como volver al siglo XIX, cuando ya llevábamos los españoles un retraso acumulado en el siglo XX con respecto a los países de nuestro entorno.

No me extraña ver treinta años después a Fernando Ónega emocionarse
al escucharse a sí mismo diciendo: “buenas tardes, libertad”.
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