En la onda
Última actualización 31/01/2011@19:46:45 GMT+1
AUNQUE parezca una obviedad, conviene recordar que para jubilarse –a los 65 o a los 67 años, con 37 o con 38,5 años cotizados– hay que estar previamente trabajando.
Hacerlo durante cuarenta años seguidos, como se venía haciendo en otras épocas, es en estos momentos una excepción y casi un privilegio, por no decir un síntoma de buena salud y de una indudable fortuna.
El mercado laboral, tal y como está hoy en día, provocará que una gran mayoría de jóvenes españoles no pueda cotizar durante tantos años, porque no tiene empleo. Vamos, que son jubilados prematuros... Otros jóvenes, los más combativos, tendrán que ir haciéndose a la idea de que el trabajo es salud y que no será ninguna deshonra en el futuro ir a la oficina o a la fábrica con garrota.
Sin cotización prolongada, dice el Gobierno, no hay pensión sostenible que valga. Pero, ¿cómo les explicamos a nuestros jóvenes –algunos con dos y tres carreras, media docena de master y unas cuantas becas de trabajo– que no van a encontrar empleo hasta pasados los treinta y, por lo tanto, tampoco van a poder cobrar en el futuro una jubilación que cubra sus necesidades más elementales?
Me contaba hace unos días la madre de David Venancio Muro, un actor de teatro poco conocido –hasta que salió en Telecinco con “Escenas de Matrimonio”–, que su niño, hijo único, tuvo siempre muy claro lo que quería ser de mayor. Cada vez que al chaval le preguntaban: ¿y tú que quieres ser de mayor?, David levantaba la cabeza y sin cortarse un pelo respondía de forma contundente siempre lo mismo: jubilado. Ni policía, ni bombero, ni futbolista: jubilado. Claro que entonces tampoco podía prever el chaval lo difícil que se iba a poner también la profesión de jubilado. Y mucho menos podía imaginar que hoy estaría tan mal remunerada. La madre, Doña Juanita Batanero, por si acaso, ha estado cosiendo para otros hasta los ochenta años.
En esto de las pensiones, el fin justifica los medios. ¿Queremos cobrar pensiones dignas al acabar la vida laboral?. Pues, como ya se está agotando el dinero que anteriormente hemos ido devengando a la Seguridad Social, no queda más remedio que retrasar la edad de jubilación. Es decir, alargar el tiempo de cotización y no pasar a la reserva hasta que el cuerpo diga: “hasta aquí hemos llegado”.
Si esto no cambia, y parece que no tiene pinta de hacerlo, la generación que ahora supera los cincuenta años tendrá que seguir en la brecha muchos años más, para poder sacar a sus hijos de casi treinta primaveras adelante. “Ya tienes a tus hijos criados” ha dejado de ser una frase de alivio y reconocimiento. Criados y bien criados sí están –con sus carreras acabadas, varios cursos en el extranjero y cientos de horas dedicadas a enviar currículos o perdidas en las colas del paro–, pero sin que nadie les abra la puerta que da acceso al mercado de trabajo.
Nuestros políticos son más capaces de llegar a acuerdos para hacer viables las remuneraciones de las clases pasivas, que para generar puestos de trabajo que permitan, con las correspondientes cotizaciones a la Seguridad Social, mantener el actual sistema.
La generación de empleo es un problema del presente, mientras que el pago de las jubilaciones en el año 2025, 2030 ó 2050 es una cuestión de futuro. ¿Hay que prevenir antes que curar?, por supuesto, pero a este paso muchos de nuestros jóvenes se van a tener que conformar con ser jubilados de por vida. Primero creen empleo, que para jubilarse ya habrá tiempo.
Estoy totalmente de acuerdo con Santiago Ramón y Cajal cuando decía que la curiosidad es la mejor receta para retrasar el envejecimiento. Aquí lo difícil ahora no es jubilarse, sino hacerlo a tiempo para disfrutar de los nietos. Según nuestro Premio Nobel de Medicina, hay que seguir al pie del cañón, alimentando en lo posible las ganas de vivir.
Tenemos que continuar dando pedales. Es posible que al otro lado del puerto nos sorprendan escenarios más placenteros. No me cabe ninguna duda de que –como hacen ahora los jóvenes en paro obligatorio– la jubilación abre nuevos horizontes y puede que hasta las ganas de aprender.
Retrasar hasta los 67, o hasta los 70, la jubilación puede tener también sus alicientes. Lo siento por David V. Muro, pero no tengo vocación de jubilado.