En la onda
Última actualización 21/01/2011@14:01:39 GMT+1
Hace unos días, una eficiente redactora de este periódico, Aurora Batanero, se hizo merecedora al Premio Libertad de Expresión 2010, que convoca la Asociación de la Prensa de Guadalajara, con el patrocinio del Ayuntamiento de la capital, por un reportaje titulado “La crisis hace mella en el Plan VIVA”.
La periodista se preguntaba: ¿qué fue del proyecto de 2.114 viviendas para Guadalajara, con una inversión de más de doscientos millones de euros, del que tanto presumía la entonces ministra de la cosa, María Antonia Trujillo? Pues nada de nada. Que llegó la crisis económica y se quedó en lo de siempre: en pueriles desvaríos propagandísticos y en sueños de grandeza irrealizables.
Este premiado reportaje periodístico, que denuncia uno de los muchos proyectos incumplidos que salpican la gestión de este Gobierno, sirve para demostrar, una vez más, que no es lo mismo predicar que dar trigo. El vamos hacer está muy bien, pero si luego se hace.
Creo que es nuestro deber, como periodistas y como transmisores de la realidad, sacar a colación ahora –antes de que la propaganda de la campaña electoral de las autonómicas y municipales nos venda nuevos proyectos– aquellos otros que se prometieron y no se realizaron. Por eso considero, y así lo manifesté en las deliberaciones del jurado, que el trabajo de Aurora Batanero se merecía el premio.
Ha sido tanto el humo que se ha vendido en esta provincia y en otras, con ruedas de prensa, presentaciones y hasta inauguraciones sobre maqueta recién pintada, que resulta difícil cerrar los ojos ante tanta tomadura de pelo.
Y no me voy a referir a la piscina cubierta de Sigüenza, ni al centro de la gastronomía presentado a bombo y platillo por José María Barreda y por el Señor Obispo, Don José Sánchez, que crearía un centenar de puestos de trabajo en la Ciudad del Doncel. Las hemerotecas nos rescatan momentos impagables de grandes obras frustradas. Y eso lo deben de conocer los ciudadanos.
¿Dónde está la tan traída y llevada Autovía de La Alcarria, por la que deberían de haber circulado los coches –entre Torija y Tarancón– desde hace un par de años? Podría también referirme a otros incumplimientos flagrantes, como los de esa vía de comunicación rápida –lo de rápida no se refiere, lógicamente a su ejecución– para Molina de Aragón o a ese Parador Nacional de Turismo que se cayó luego del presupuesto. ¿En qué han quedado tantas iniciativas que suponían riqueza y beneficios para la provincia?
Aquí los únicos que cumplen en plazo sus proyectos son los del pinganillo del Senado, y sin que ese costoso invento de traducción simultánea tenga que aplazarse por la política de recortes presupuestarios. Ver a Manuel Chaves hablar con José Montilla en el Senado a través de auriculares es de risa, si no fuera porque esconde detrás una clara ofensa a su propia lengua materna: el castellano.
Aunque lo intento, no acabo de comprender la necesidad del dichoso pinganillo entre personas mayores de edad y responsables, que dicen trabajar por su país, y que además se entienden perfectamente en castellano, el idioma en el que se comunican cada día cerca de cuatrocientos millones de personas en todo el mundo. Un idioma que es el segundo más hablado en Estados Unidos y casi el único que se habla en América Latina.
Me parece estupendo que se creen más puestos de trabajo para los traductores del gallego, el catalán o el euskera, pero me parecería todavía mejor que sus señorías, que tanto interés tienen en defender las distintas lenguas que se hablan en España, se descontarán de su sueldo ese dinero, aunque sólo fuera para demostrar que son conscientes de lo mal que lo están pasando millones de españoles. Y si tanto interés tienen por aprender idiomas, que se vayan a una academia o que hagan oposiciones para organismos internacionales.
Resulta ridículo tener que explicar a los españoles –a estas alturas de la crisis– algo tan rocambolesco como esto: que ciudadanos que pertenecen a un mismo país, que tienen una lengua común, tengan que comunicarse en otras lenguas que no son comunes a todos ellos. Vamos, el caso de la Torre de Babel, aunque con arquitectos como Zapatero, Leire Pajín –tan políglota ella–, Montilla o Manolo Chaves.
Me quedaré con la enhorabuena a Aurora Batanero por ese premio merecido y les invitaré de vez en cuando a repasar esas grandes obras prometidas, que acabaron en grandes fiascos. Luego, que cada uno aguante su vela.