Última actualización 16/12/2010@19:30:09 GMT+1
Marcado por el conflicto de los controladores aéreos hemos consumido y apurado al máximo el puente, o mejor dicho viaducto, de la Constitución y la Inmaculada.
Los que en estos días hemos apostado por disfrutar de la provincia, en vez de buscar la expansión y el relajamiento por esos mundos de Dios, nos hemos librado del calvario al que éstos otros han sido sometidos por esa casta de privilegiados de los aeropuertos –privilegiados en apuros, al fin, por sus ansias desmesuradas de perpetuar y aumentar unos derechos que rayan el insulto para el común de los mortales–. Además hemos podido disfrutar de la tranquilidad que ya sea por la por las inclemencias del tiempo, o por la crisis –causa ésta mucho más probable–, reina en estos días en los pueblos, casi vacíos. Una tranquilidad que contrasta con esa otra cara tan distinta que los pueblos presentan durante el verano. Demasiada tranquilidad. Tanta y tan continuada que ya empiezan a estar preocupados aquellos empresarios de los pueblos que tienen depositado su futuro económico en el sector servicios, ya sea hostelería o restauración.
No hay datos oficiales sobre cómo ha funcionado la ocupación en este puente, pero la opinión que hemos podido pulsar, de manera generalizada, no es buena y salvo excepciones, que las hay, con locales que han “mantenido el tipo”, parece que no soplan buenos vientos para el turismo rural provincial y lo peor es esa sensación de que todo es susceptible de empeorar. Hay –tienen– que recurrir a tentadoras ofertas como la que han lanzado los restaurantes de Brihuega para este puente, en los que se podía degustar un sugerente y variado menú por veinticinco euros, que sin ser la solución permiten seguir funcionando e ir capeando el temporal. En cualquier caso una brillante idea que merece el aplauso y que esperamos y deseamos que les haya funcionado magníficamente.
Para un sector como el turismo, que por otra parte es la única salida económica para ciertos pueblos y zonas de la provincia, es en momentos duros como éstos cuando más necesitan el apoyo e implicación de las instituciones y de las administraciones en general. Con frecuencia por parte de los políticos se anuncian grandes inversiones, a modo de panacea, que van a ser la solución pero que luego se demoran descorazonadoramente en el tiempo y, cuando no, terminan por olvidarse y esfumarse. Después de un año trabajando en él, parece ser que de manera inminente va a empezar andar el Plan de Competitividad de la Arquitectura Negra, que afecta a cinco municipios –Campillo de Ranas, Valverde de los Arroyos, El Cardoso de la Sierra, Tamajón y Majaelrayo– de la Sierra Norte, un Plan del que en las páginas 2 y 3 de esta edición damos cumplida información y que en nuestra opinión se nos antoja fundamental ya que debe suponer un importante impulso para la dinamización del turismo de la zona. No son inversiones tan espectaculares ni tan grandes como algunas de las anunciadas para otras zonas, pero su virtualidad es que se pueden ver ejecutadas en breve plazo. Puede resultar hasta lógico que genere cierto escepticismo en algunos de los empresarios de la zona y hasta que no haya unanimidad en las opiniones al respecto de los cinco alcaldes pero no se puede cuestionar algo cuyo mayor efecto va a ser el sumar.
Como dice ese viejo cantar popular: “para las cuestas arriba quiero mi burro, que las cuestas abajo yo me las subo”.