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En la onda

Por Javier del Castillo
Última actualización 17/12/2010@12:15:20 GMT+1
ESTABA leyendo, con el respeto y el interés que me merece como escritor y como persona, el discurso de Mario Vargas Llosa en Estocolmo –un discurso de trece folios sin desperdicio, emotivo, valiente y sincero–, cuando suena la alarma en el salón. Interrumpo la lectura y trato de recordar la clave, pero sin apenas ponerme nervioso, dando por hecho que se tratará de un fallo técnico.
No hay que preocuparse, pues nunca pasa nada. Hasta que pasa... También el Gobierno de Zapatero ha decretado el Estado de Alarma –aunque ya existía desde hace meses, de forma no oficial– y todos parecen tan tranquilos, como si no pasara nada. Los controladores están de nuevo controlados y en sus puestos –a ver si de forma definitiva–, y se va recuperando la normalidad en el tráfico aéreo. Vuelven, por tanto, los atascos a las entradas y salidas de los aeropuertos.

Recuperado del susto provocado por una simple alarma doméstica, regreso de nuevo a la lectura del discurso-relato de Vargas Llosa. Retomo el texto del Premio Nobel de Literatura y lo hago en el párrafo donde el autor de “La ciudad y los perros” explica su opinión sobre los nacionalismos. “Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o más bien religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento”.

Así de contundente y así de explícito. En ese momento me acuerdo de José Montilla, cordobés por circunstancias de la vida y nacionalista catalán, supongo que por conveniencia o “por prejuicios étnicos y racistas”. Pero no perdamos el hilo del discurso.

Después de la definición tan certera del galardonado sobre los nacionalismos, respiro hondo y sigo leyendo. Me da la sensación de que tengo un nudo en la garganta, ajeno a la activación de la dichosa alarma en mi casa o a los controladores descontrolados que vigilan el espacio aéreo. Tampoco puedo echarle la culpa de mi desazón a los militares de uniforme que rodean Barajas y que se encargan desde hace unos días de vigilar a los vigilantes –aéreos, por supuesto–, para que cumplan su horario de trabajo y pospongan, a ser posible hasta el año que viene, sus reivindicaciones sobre las horas extras.

“Junto a la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente”, sostiene Vargas Llosa, con la convicción de quien ha vivido ya casi 75 años diciendo lo que piensa y no lo que a otros les gustaría que dijera que piensa.

Un periódico español, que presume con poco éxito de representar a la izquierda más radical y auténtica, calificaba el discurso del escritor peruano-español de reaccionario. Es lo único que se le podía ocurrir, en lugar de explicar las decepciones que llevaron a Mario Vargas Llosa al desencanto de una ideología marxista que profesó con entusiasmo en los años sesenta y setenta. Sólo a un “reaccionario”, como el autor de “Conversaciones en la catedral”, por no decir a un “liberal peligroso”, se le puede ocurrir –según este periódico– disertar de forma tan escandalosa sobre la Cuba de Fidel Castro, sobre la falta de libertades en otras repúblicas de Centroamérica o sobre los nacionalismos que hacen bandera de “la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento”.

El estado de alarma en el que vivimos tendría que hacer reflexionar a los adversarios de Vargas Llosa. O, al menos, debería conminarlos a aplazar los insultos y las descalificaciones para mejor momento. Se puede ser reaccionario siendo de derechas, pero también se puede ser reaccionario siendo de izquierdas, apoyando un marxismo trasnochado, que justifica las dictaduras cuando son ejercidas por dirigentes a los que se les llena la boca de democracia y libertad, mientras persiguen y encarcelan a los disidentes. También se puede ser de izquierdas de forma hipócrita e inconsistente. Porque se lleva, simplemente.

El Gobierno decretó el pasado fin de semana el Estado de Alarma, para poner fin a la “alarmante” actitud de los controladores, pero todavía no ha caído en la cuenta de que la alarma social se ha extendido ya demasiado.

Y afecta también a sectores mucho menos privilegiados que el de los controladores.
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