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En la onda

Por Javier del Castillo
Última actualización 07/12/2010@11:45:41 GMT+1
Los resultados de las elecciones catalanas han sido el primer aviso. José Montilla ha tenido que asumir, con bastante elegancia por cierto, el papel de gran derrotado.
El cordobés que “susurraba a los independentistas” ha caído –humillado, como el Madrid de Mouriño– y lo ha hecho con todo el equipo: un tripartito absurdo, que en lugar de gobernar pensando en los ciudadanos se ha dedicado a perder el tiempo en reivindicaciones identitarias, en criticar sentencias que no reflejaban lo que les gustaría a ellos que reflejaran o en rotulaciones en catalán para complicar un poco más la convivencia y la armonía en los colmados de Cataluña.

José Montilla –con la “inestimable” ayuda de Zapatero– ha sido víctima de las malas compañías y de una deficiente hoja de servicios. El ciudadano le ha leído la cartilla. Y le ha recordado que Cataluña ya no es la envidia de España, como lo fue en los primeros años de la democracia o en los años 90, con escaparate incluido de los Juegos Olímpicos. No le ha perdonado tampoco su cada vez más acentuado perfil nacionalista y le ha dicho de forma clara y contundente, en las urnas, que el hecho diferencial catalán empieza por una buena gestión, por el cumplimiento de un programa de reformas y por resolver los problemas heredados del primer tripartito.

Pero no es mi intención hacer leña del árbol caído. Bastante tiene ya el PSC con interiorizar las desafecciones de su electorado y con reconocer los errores, que han sido muchos. Mi intenció –nunca negativo, siempre positivo– es sacar conclusiones y poner en aviso a quienes todavía están a tiempo de salvar los muebles. En una situación como la actual, el viejo refrán de “cuando a tu vecinos veas las barbas pelar...”, tiene mayor actualidad que nunca para los alcaldes y presidentes de comunidades autónomas elegidos dentro de las listas del Partido Socialista.

La imagen y la credibilidad de Zapatero –un “izquierdista trasnochado” según el informe de la Embajada de EE.UU en España publicado en Wikileaks– está por los suelos y mucho tendrá que mejorar la valoración de los ciudadanos sobre su persona de aquí a la primavera que viene, si quiere ser recibido en Extremadura, Andalucía o Castilla-La Mancha como el gran líder del socialismo español. Como el mejor reclamo del PSOE para conseguir revalidar unas mayorías que, a juzgar por los últimas encuestas, se tambalean en las comunidades antes citadas. A ver quien es el valiente que juega la baza de Zapatero para ganar votos.

La marca ZP, asociada al idealismo y a la autocomplacencia, se ha convertido en un problema. No ha funcionado en Cataluña, ni parece que pueda funcionar en Castilla-La Mancha o Extremadura. Y menos en época de crisis económica. Me parece que no les va a resultar fácil a Fernández Vara, Barreda o Griñán ponerlo como modelo de gobernante eficaz y riguroso. Ni siquiera me parece que sea lo más recomendable, con la que está cayendo. Los elogios podrían provocar murmullos, incluso en las primeras filas del auditorio, reservadas siempre a los dirigentes con nómina del Estado, con una o varias secretarias, con media docena de asesores y, por supuesto, con coche de cristales oscuros a su servicio.

En estos momentos difíciles, con un país arruinado –por no decir acojonado– y al borde de la desesperación, las elecciones municipales y autonómicas serán una prueba de fuego para los candidatos socialistas. Es probable que en los ayuntamientos, donde la gestión se vive de forma mucho más cercana y directa, esa influencia negativa de lo que ocurre en la vida política nacional sea menor, pero me parece mucho más difícil que los votantes hagan abstracción de su malestar en unas elecciones autonómicas.

Tener de referente ideológico a un “izquierdista trasnochado” –etiqueta exagerada, pero muy propia de la diplomacia norteamericana–, incapaz de gobernar con un criterio propio y determinado, no es precisamente un caramelo para los compañeros de partido. En una palabra: si yo fuera José María Barreda, no me pondría pesado para que Zapatero viniera a explicar sus reformas en política social a ciudades como Toledo, Cuenca, Guadalajara, Ciudad Real y Albacete.

Es más, le animaría a que centrara su campaña en Castilla-León, la Comunidad Valenciana, Madrid, La Rioja o Murcia.

Que nadie olvide que Cataluña ha sido sólo (y con acento) el primer aviso.
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