En la onda
Última actualización 16/11/2010@19:03:11 GMT+1
No podía ser de otra manera. Hasta la visita, este fin de semana, de Su Santidad el Papa Benedicto XVI a Santiago de Compostela y a Barcelona provoca encendidas controversias. Aquí no se libra de la polémica ni el Papa de Roma.
Sobre todo, no se libra de la bronca en una comunidad tan peculiar para estas cosas como es Cataluña, donde estos días uno puede encontrarse con autobuses que exhiben mensajes diametralmente opuestos: “Bienvenido Benedicto XVI” y “Jo no t’espero!”. Mientras unos le dan la bienvenida, otros –que dicen representar a la asociación Ateus de Catalunya– le declaran persona no grata y le piden que corra él con los gastos. La pela es la pela.
A veces, tengo la sensación de que somos un país moderno, pero marcado por un retraso ancestral –y hasta mental–, por la inquina y por el enfrentamiento. Ni siquiera hemos sido capaces de conseguir algo tan elemental como que las creencias de cada cual queden al margen de consideraciones ideológicas y políticas. Por supuesto que somos un Estado aconfesional, pero también un país mayoritariamente católico.
Incluso, aunque más de un millón y medio de catalanes no fueran creyentes, que lo dudo, hay una cosa que se llama tolerancia y respeto a las creencias religiosas de todo el mundo. El Papa es, además de jefe de Estado, un líder espiritual y está en su perfecto derecho de visitar Santiago de Compostela, en Año Santo Jacobeo, y también Barcelona, para bendecir y consagrar un edificio que se construyó con un claro objetivo: albergar el culto a la Santa Madre Iglesia. Y eso no es vinculante ni obligatorio para los ateos.
Esperemos, por tanto, que los partidarios del “no te esperamos” se vayan el domingo a bailar sardanas a Montjuic o que sencillamente se queden en sus casas. Mejor dicho, que hagan lo que les de la gana, pero que –por favor– se abstengan en lo posible de someter a millones de españoles a un nuevo bochorno. Aquí nadie tiene interés en provocar conflictos con la Santa Sede, y nadie reclama una guerra de religiones. Como mucho, reclama trabajo.
Recuperemos la sensatez y esperemos que Su Santidad –un gran intelectual y un buen conocedor de España– pueda acceder sin problemas a la Catedral de la Sagrada Familia para mayor gloria de esta joya arquitectónica. Para que este templo inacabado de Gaudí sea más conocido todavía en el mundo cristiano. Intentemos, en la medida de lo posible, que el Papa Benedicto XVI regrese a San Pedro con una imagen civilizada de España. Puedo entender que haya ciudadanos que rechacen la visita papal, como otros también pueden rechazar el Estatuto de Cataluña; sin embargo, a nadie beneficia situar a la curia romana ante un espectáculo lamentable. Y, encima, retransmitido en directo por televisión.
El Papa, por muchos ateos que haya en Cataluña, no se merece este desprecio, y menos después de elogiar como lo ha hecho al “genial arquitecto Antoni Gaudí”. Aunque sólo sea por eso: por el respeto y la admiración que todos sentimos hacia el arquitecto que diseñó y puso las primeras piedras de la Sagrada Familia. El Papa le dará una dimensión más universal a esta obra maestra, de la que hoy pueden disfrutar tanto católicos como protestantes o ateos.
Es una pena que haya todavía energúmenos –entre ellos, algunos imanes residentes en Cataluña– que no tengan bastante con ejercer libremente sus creencias religiosa, sino que además pretendan coartar el ejercicio libre de las creencias religiosas de los demás. Quiera Dios que el Papa no tenga que soportar a independentistas con senyeras y barretinas, pidiendo el derecho a la autodeterminación. Y, sobre todo, que no tenga que sufrir los ataques de Ateus de Catalunya.
España, con unos valores arraigados en el humanismo cristiano, no tiene que avergonzarse por recibir con los brazos abiertos a Benedicto XVI, que representa mucho para más de tres mil millones de personas en el mundo. Y eso es más importante que la ausencia del presidente del Gobierno de España en la misa celebrada por el Papa en Barcelona.
Bastante tiene ya Zapatero con arrodillarse ante algunos dictadores o con explicarles a otros jefes de gobierno la “gran” gestión de la crisis económica que está llevando a cabo en España.
También podría contarle al Papa el trabajo impagable de organizaciones católicas como Cáritas y Manos Unidas, auténticas casas de acogida para cientos de miles de parados.