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En la onda

Por Javier del Castillo
Última actualización 29/10/2010@14:18:59 GMT+1
LA semana pasada terminaba esta columna confesando la emoción que me produjo el ver llorar desconsoladamente a Miguel Ángel Moratinos tras conocer su cese al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores.
Me pareció tan humano, tan tierno... Sobre todo, al hacerlo así, públicamente, en lugar de enjugarse esas lágrimas a escondidas, como hacen otros. Por eso, querido y hasta ahora admirado Arturo Pérez Reverte, nadie es un “mierda” y mucho menos Moratinos. Decirle a un incansable y abnegado representante de los intereses españoles en el mundo que “ni para irse tuvo huevos” me parece, entre otras cosas, un insulto desproporcionado e inmerecido. Por no decir un abuso.

Admiro al escritor Arturo Pérez Reverte y aplaudo su derecho a decir lo que piensa y a expresarse con la independencia y la libertad que le caracteriza, pero no debería olvidar que es posible ejercer ambas cosas sin insultar a nadie. Y no porque Moratinos tampoco se lo merezca, sino porque no me parece el mejor ejemplo de un académico de la lengua para esas nuevas generaciones, que según él estamos malcriando y maleducando por culpa de los políticos.

En este país de excesos y ruidos sobran los insultos de Pérez Reverte –del que precisamente estoy leyendo ahora su novela “El Asedio”–, como sobran las descalificaciones personales y machistas de cualquier alcalde o dirigente político. De nada sirven las rectificaciones posteriores. El insulto, la mala educación y la chabacanería son siempre censurables y no se borran con disculpas. Quedan ahí, para la posteridad.

También es verdad que tenemos bastante culpa de ello los periodistas, por elevar la provocación, el insulto –más o menos ingenioso– y la declaración extemporánea a la categoría de titulares. “Si lo llego a saber, le insulto antes”, ha llegado a decir Pérez Reverte, encantado del protagonismo adquirido por su comentario. El escritor –que recientemente amenazó con “ciscarse en la puta madre de alguno” en Cádiz– añora las peleas del Capitán Alatriste, con o sin espada, o quizás quiera presumir de cierto perfil macarra y provocador. Se siente cómodo en el papel de francotirador y lo lleva hasta las últimas consecuencias, o por lo menos hasta las puertas de la Real Academia Española de la Lengua.

El problema de este tipo de comportamientos –además de dar mucho juego a los medios de comunicación, pues provocan debates y airadas respuestas– es que se expanden y corren como la pólvora. O como el propio olor de los basureros, ahora más conocidos como plantas de reciclaje de residuos orgánicos. Los insultadores profesionales crean escuela y hacen que se multipliquen como setas los imitadores. Si quieres ser famoso, sin necesidad de haber hecho nada destacable en tu vida, ponte delante de una cámara de televisión o acércate a un micrófono y di la mayor barbaridad que se te ocurra sobre alguien reconocido y reconocible para el gran público.

El principal reto está ahora en superar el listón de Pérez Reverte, León de la Riva, Pedro Castro o el de provocadores profesionales como Sánchez Dragó. Y a ello se entregan cada vez con mayor dedicación y entusiasmos una panda de especimenes, asaltadores de televisiones sin prejuicios, conscientes de que aquí ya no eres nadie si no insultas. Nadie habla de ti si no haces ruido.

Los políticos españoles están a punto de caer en esa trampa de la provocación. Buscan el titular llamativo, sin preocuparse de los argumentos. Quieren hacer ruido, con declaraciones extemporáneas que de otra forma no serían ni siquiera noticia. Esto tiene un riesgo evidente: perder demasiado tiempo en encontrar un titular, en lugar de emplearlo en encontrar soluciones a los problemas de millones de ciudadanos sin trabajo y de esas familias empobrecidas, que ya no pueden vivir sin la ayuda de organizaciones como Cáritas.

Me gustaría equivocarme, pero tengo la impresión de que necesitamos un mayor liderazgo político. Alguien que llame a las cosas por su nombre, en lugar de perder el tiempo con juegos de palabras. Por supuesto que hay que condenar los comportamientos machistas, por supuesto que hay que defender la igualdad de hombres y mujeres, pero sin olvidar que existen otros derechos fundamentales. Entre ellos, el derecho a tener una vida digna y un trabajo remunerado.

El ruido es precisamente lo que menos necesita España en estos momentos. Puede que sirva de elemento de distracción para el Gobierno, pero así no vamos a ninguna parte.

Ahora me explico por qué me decía
el otro día un empresario ejemplar
que el presidente del Gobierno
es un insensato.
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