En la onda
Última actualización 17/12/2010@12:15:35 GMT+1
PUNTO número uno: las primarias de Madrid, aunque algunos lo pongan ahora en duda, las perdió el domingo pasado Trinidad Jiménez, que estaba avalada por Zapatero, Blanco, Rubalcaba, Chaves y compañía. Punto número dos: las primarias de Madrid las ganó Tomás Gómez, avalado por la vieja guardia del PSOE –Rodríguez Ibarra, Juan Barranco o Gregorio Peces Barba– y por algunos “versos sueltos” del socialismo, como Joaquín Leguina o Antonio Carmona.
Esta es la realidad, aunque sobre ella se estén haciendo interpretaciones que ponen en evidencia la cara dura de algunos dirigentes socialistas, incluido su secretario general y presidente del Gobierno.
Es lógico que se quiera tapar el error de Zapatero y protegerlo de las críticas internas, que ya comienzan a salir a la superficie. Es incluso humano intentar desviar la atención, pasar página y aglutinar voluntades –antes contrapuestas– para que Tomás Gómez se convierta en alternativa a Esperanza Aguirre, después de haberle tenido por incompetente y de haberle pedido que dejara paso a Trinidad Jiménez. Y, puestos a ser comprensivos, considero razonable que algunos socialistas intenten ahora recuperar la confianza en Tomás Gómez, para no quedarse fuera de las listas a la Asamblea de Madrid.
Sin embargo, lo que ya no es de recibo es que nos tomen a todos por tontos, como si aquí no hubiera pasado nada, cuando realmente ha pasado mucho. Ha existido, por ejemplo, una contienda –democrática, por supuesto– para decidir quién de los dos aspirantes era el candidato preferido para optar a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Como recordaba hace unos días Alfonso Guerra, en este proceso han ganado los que apoyaban a Tomás Gómez y han perdido los que apoyaban a Trinidad Jiménez. Así de claro.
¿O es que Zapatero no ha apoyado de forma explícita a Trinidad Jiménez, porque era “muy buena”, frente al “bueno” de Tomás Gómez? ¿O es que ahora va a resultar que Trinidad Jiménez –que no escarmienta– se había presentado a las primarias con la única intención de promocionar y hacerle despertar de su letargo al compañero Tomás Gómez?
¿O es que la realidad, pura y dura, no existe cuando no interesa, porque deja en mal lugar a quienes apoyaron este proceso de primarias en Madrid? Y, ¿no será que la “Señorita Trini” perdió precisamente porque la avalaba Zapatero, mientras que el “Señorito Tomás” ganó porque tenía el aval de haberse enfrentado al presidente? ¡Qué cosas tiene mi novia!, qué diría ahora el “Señorito” Alfredo Pérez Rubalcaba...
El problema que tienen en esos momentos los socialistas –y no sólo los de Madrid, sino los de toda España– se llama José Luis Rodríguez Zapatero. El líder no atraviesa por su mejor momento. Ha perdido su buena estrella, y hasta sus improvisaciones, ocurrencias e intuiciones acaban mal. Le ha traicionado la buena suerte. Ya no es tampoco creíble, después de defender una cosa y la contraria. Ahora provoca el desconcierto entres sus afines y en otros que confiaban en él; entre militantes socialistas de base y en muchos que ocupan puesto de responsabilidad dentro del partido.
Algunos socialistas pertenecientes a este último grupo no lo dicen en público, pero sí en privado: Zapatero debería dejar paso a otro candidato para no perjudicar más al partido. Ese runrún, que cada día es más intenso, explica la reacción de quienes están más cerca del presidente.
“El mejor activo del PSOE es Zapatero”, ha dicho –“alto y claro”– José Blanco. “La alternativa a Zapatero es Zapatero”, ha manifestado Celestino Corbacho, encantado con el presidente por dejarle marcharse a casa, con casi dos millones más de parados que cuando llegó al ministerio de Trabajo e Inmigración. “España vive una crisis de liderazgo político”, ha dicho José María Barreda, sin apuntar a nadie, no sea que alguien le recuerde también a él mismo sus limitaciones.
En definitiva, que el barco sigue a la deriva –y no me refiero al velero de la Diputación, ni al que “cruzó la bahía”, con la Pantoja dentro camino del banquillo –, mientras el descontento se expande. Y se expande entre los propios socialistas.
Algo habrá que hacer, porque el zapaterismo –verdad, señor Barreda– ya no es una buena carta de presentación, ni una apuesta clara de futuro. El problema del Partido Socialista es llegar a las elecciones generales con ciertas garantías y sin haber perdido en el camino muchos municipios y no pocas autonomías.
Verdad, señor Barreda.