Última actualización 01/10/2010@13:43:34 GMT+1
Renovarse o morir es un viejo proverbio que resulta de aplicación para todos, incluso para los sindicatos. Un viejo proverbio que tarde o temprano termina por fagocitar aquellos, personas o instituciones, que prefieren permanecer anclados en el pasado sin plantearse ofrecer respuestas o alternativas ante los nuevos retos y demandas que la sociedad plantea.
Un viejo proverbio que, guste o no, termina por convertirse en realidad. Inexorablemente. Y los sindicatos españoles que, por ejemplo, si han sabido evolucionar en cuanto a la manera de financiarse –al menos las dos grandes centrales sindicales, que han sabido sustituir, con creces, la falta de afiliados y de sus cuotas con el dinero del Estado– mantiene “tics” del pasado, como por ejemplo los mal llamados piquetes informativos, totalmente anacrónicos y sin ninguna razón de ser en la hoy llamada, con toda razón, sociedad de la información. Precisamente dos puntos, dos “flancos” –la financiación y los piquetes–, por los que se les escapa una gran parte de su credibilidad ante la realización de una huelga general como la que tenía lugar el miércoles.
Ya hay que ser necio para morder la mano de aquél que te da de comer. Probablemente en ello esté la razón por la que los sindicatos han sido tan remisos a la hora de convocar una huelga general que en cualquier caso ha llegado tarde y que parece poco probable que vaya a solucionar algo. Hay cosas que resultan incompatibles y que condicionan totalmente. La convocatoria de huelga más que otra cosa parece una obligación y una justificación de los sindicatos por su razón de ser, una razón de ser que el sistema de financión pone totalmente en entredicho.
Las declaraciones y manifestaciones de algunos líderes sindicales en la noche del martes arengando y llamando a la huelga a las bases, al igual que los piquetes que desplegaban sus argumentos –por llamarlos de alguna manera– en la mañana del miércoles, nos retrotraen a otros tiempos felizmente superados, por más que algunos se encuentren totalmente identificados en ellos. En cualquier caso hablan de un sindicalismo trasnochado difícilmente justificable en los tiempos que corren. Tras dos meses con la huelga y la reforma laboral como tema de discusión en los más diversos “frentes” posibles y desde los más variados enfoques y perspectivas, qué más información se le puede trasladar al ciudadano. Que más mensajes se le pueden hacer llegar al ciudadano que no le hayan llegado desde los medios de comunicación a los que, por cierto, han tenido total acceso tanto los sindicatos, como la patronal o el Gobierno. Qué otra pretensión llevan los piquetes sino coaccionar o impedir que el ciudadano pueda ejercer libremente su derecho al trabajo. Ni más ni menos el mismo derecho que cualquiera de los integrantes de cualquier piquete tiene a hacer huelga.
En la mañana del miércoles en Guadalajara hubo mucho comercio que no abrió sus puertas o porque algún piquete lo impidió inhabilitando la cerradura o por miedo a que cualquier piquete rompiera las lunas o para no verse inmeso en cualquier tipo de altercado con éstos. Hubo también quien no pudo ir a trabajar –muchos– porque los piquetes, supuestamente informativos, lo impidieron. Eso, de por sí, invalida cualquier lectura o conclusión que se quiera sacar del seguimiento de la huelga.
El progreso consiste en renovarse –no lo decimos nosotros, lo dijo Unamuno– y los sindicatos necesitan una renovación profunda de algunos de sus postulados y una adaptación a la sociedad actual porque está claro que fueron, lo son y seguirán siendo necesarios. Es más, si no existieran habría que inventarlos.