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En la onda

Por Javier del Castillo
Última actualización 01/10/2010@13:01:34 GMT+1
Javier del Castillo
LA huelga, según el todavía ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, ha tenido “un efecto moderado y un cumplimiento desigual”. Antes de que vuelva a Barcelona para echarle una mano a José Montilla en la próxima contienda electoral catalana, quiero desde aquí –desde la España interior y mesetaria– felicitar a Corbacho por esta magnífica definición. No aporta nada, pero me parece la forma más inteligente de salir del paso, sin crearse enemigos innecesarios.
Al ministro de Trabajo, con 4.600.000 parados, se le podría haber ocurrido también pedir perdón por lo que está pasando, pero es que él no tiene la culpa de nada. Don Celestino Corbacho es una especie de sufridor en casa. Un hombre bueno, al que ni los sindicatos ni el presidente del Gobierno le han dado vela en este entierro. Ha hecho, como él mismo dice, lo que ha podido. Y, además, ha aguantado lo indecible.

Pero vayamos al caso que nos ocupa: a esa huelga general no deseada, de la que salen malparados el Gobierno y los sindicatos convocantes. Dos periódicos nacionales han coincidido a la hora de titular en portada el 29-S: “Fracaso general”. Otro ha dado un paso más, con una previsión nada optimista: “Zapatero mantendrá la reforma laboral tras una huelga de impacto moderado”. Es decir, una huelga que no ha servido de nada.

Yo no creo que haya sido “un desastre”, como ha dicho Esperanza Aguirre, pero sí me ha parecido una huelga innecesaria. No voy a repetir algunas de las razones que ya se han expuesto reiteradamente en los últimos días, pero dejaré en el aire la siguiente reflexión: ¿Cómo es posible que se convoque una huelga general contra la reforma laboral ahora, en lugar de haberla convocado antes de que esa reforma fuera aprobada en el Parlamento? Si ya tiene usted la respuesta a la primera pregunta, le invito a contestar la siguiente: ¿Qué han hecho los sindicatos en estos dos últimos años para impedir el despido masivo de trabajadores? Y una tercera: ¿Cómo se explica que los dos grandes sindicatos tengan que recurrir a piquetes de información –coactivos o “convencitivos”– , para que los trabajadores secunden la huelga?

Los sindicatos habían anunciado la paralización de Madrid, como fuera, pero sólo consiguieron impedir que fueran a trabajar aquellos que se toparon con algún piquete que se lo impedía, o sin medio de transporte que les acercara al curro. Esa es la realidad, y no hay otra. Luego, se puede ser políticamente correcto y no hacer sangre, obviando las cifras reales de personas que voluntariamente hicieron huelga el miércoles pasado, como ha hecho el Gobierno. Se puede ser hasta indulgente y generoso, dejándoles una salida menos vergonzante a los líderes de los dos principales sindicatos, pero la realidad es que o cambian y se adaptan a los nuevos tiempos o cabrán todos sus afiliados en una docena de autocares.

Del Gobierno, ¿qué quieren que les diga? Pues que sigue estando entre la espada y la pared, intentando recuperar el diálogo social y buscando por otro lado excusas para disimular la evidente falta de credibilidad y de confianza que despierta entre los ciudadanos. O intentando hacer creíble su política económica en los escenarios internacionales y, muy especialmente, en los mercados.

La huelga general, con todos mis respetos por los actuales representantes sindicales, ha sido un fiasco. Un gran fiasco, además de un despropósito que sólo conduce al descrédito y a un mayor cuestionamiento de los sindicatos y del Gobierno. Si la inmensa mayoría de españoles no hemos secundado la huelga general, a la que habíamos sido convocados, lo lógico y natural es pensar que esa convocatoria estaba mal planteada.

Sin embargo, tanto Cándido Méndez como Ignacio Fernández Toxo, todavía creen que ha sido un éxito y que el Gobierno tendrá que rectificar una reforma laboral que para otros –oposición y empresarios– se ha quedado corta. En medio de este cruce de mensajes contrapuestos, hay una cosa muy clara: ni los sindicatos ni el Gobierno están en estos momentos a la altura de las circunstancias.

¿Y de la oposición, qué me dice? Esa es una buena pregunta para intentar evadir una responsabilidad que le corresponde, en estos momentos, a quiénes gobiernan y a quienes presumen de defender los derechos de los trabajadores.

Y también de esos parados que cada mañana me encuentro haciendo cola delante de una oficina del INEM, en el polígono de San Sebastián de los Reyes.
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