En la onda
Última actualización 25/09/2010@12:15:38 GMT+1
LA última vez que estuve con él fue en su casa de Zaragoza en otoño de 2008. Volvía del Hospital Miguel Servet, algo cansado, después de una de sus ya habituales sesiones de quimioterapia a las que le obligaba el cáncer de próstata. Venía por la calle, como otras muchas veces que coincidí con él en Madrid, con los periódicos bajo el brazo y con la sonrisa puesta.
También con una de sus gorras favoritas, que disimulaba su irreversible caída del poco pelo que le quedaba.
Después de haber recorrido este país con la mochila, me pareció la imagen del hombre que ha vivido mucho, que ha luchado por la libertad desde los primeros conciertos en pueblos del Pirineo, y que ahora recorre con aire distraído y no exento de nostalgia su Zaragoza del alma, mientras se lamenta de que “ha crecido demasiado y ya casi no conozco a nadie”.
En noviembre le habían hecho un homenaje en el Teatro Principal, rodeado de multitud de amigos, y cuando nos vimos, encima de su mesa de despacho, junto a la foto de sus dos nietas gemelas, le esperaban las galeradas de su próximo libro. Con la misma naturalidad con la que me invitó a pasar a su vivienda y me presentó a su mujer, Juana, y a su hija escritora Ángela, me hablaba de su enfermedad, como si hubiera empezado su cuenta atrás. Tenía fe en los médicos, pero era consciente al mismo tiempo de que la batalla contra el cáncer no es fácil de ganar. Eso sí, lo afrontaba con entereza, y con la misma valentía que mostraba delante de algún energúmeno que le insultaba en la calle por pensar de otra manera.
Durante aquella mañana de otoño en Zaragoza, que se prolongó hasta mediada la tarde, tuve la oportunidad de admirar de nuevo el alma libre de José Antonio Labordeta. Se empeñó en que comiéramos juntos en una casa de comidas muy querida para él, en la Avenida de Madrid, y no me acompañó a la Estación del AVE porque lo suponía cansado y me negué a que lo hiciera.
Ahora, mientras desfilan por la capilla ardiente de José Antonio Labordeta miles y miles de ciudadanos que han crecido, se han enamorado y han soñado con las letras de sus primeras canciones, me quedo con la imagen de este hombre bueno y entrañable, que me hablaba de su vida junto a una mochila desgastada, colgada junto a la fila de gorras que tiene perfectamente alineadas encima del aparador.
También me quedo con su palabra –con su imagen de cascarrabias que podía mandar a la mierda a los diputados que le ninguneaban–, y con sus reivindicaciones y sus quejas desgarradas por el desencanto. “Hemos pasado en muy poco tiempo de la carroza al audi”, me decía aquella mañana de otoño, en una Zaragoza gris, con el cierzo pegando de costado.
Me quedo además con el recuerdo de su mirada, en la que se reflejaban algunas de sus prioridades: Juana, Ana, Ángela, Paula y esas dos nietas mellizas que llegaron al mundo el día del centenario de otro gran aragonés, Luis Buñuel.
Me quedo con su cabezonería y con su lucha contra esa maldita intolerancia que sufrió en propias carnes, cuando decidió exponer libremente lo que pensaba –sin disciplina de partido– desde un escaño del Congreso de los Diputados.
Y me quedo, por supuesto, con el recuerdo de sus visitas a Sigüenza, de donde era natural el padre de su mujer, Juana de Grandes, y en donde tiene una casa su hija mayor, Ana. Me quedo, en fin, con las numerosas anécdotas, testimonios y confidencias que compartimos un día gris de otoño, cerca de la antigua estación de El Portillo. Confidencias y palabras que guardo en la grabadora, intentando convencerme de que el viejo profesor de Instituto, el poeta, el cantante y el político sigue vivo, diciendo lo que piensa.
“Éramos cinco hermanos, y ya sólo me queda Donato. Miguel era un gran poeta y Manolo un realizador de cine amateur que hubiera llegado muy lejos...”. El relato de José Antonio se interrumpe y habla su hija Ángela: “De niña veía a mi padre en el escenario con la guitarra y la pareja de la Guardia Civil al lado, quieta, vigilando”.
¿Por qué les cuento todo esto? Porque lo siento. Y también porque “habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad”.