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En la onda

Por Javier del Castillo
Última actualización 20/09/2010@14:58:01 GMT+1
NO es mi intención ahondar en la herida. Ni en la de los liberados sindicales, ni en la de los parados en formación.
Además, en un escenario como el que tenemos, con más del veinte por ciento de la población en paro, no debe ser un caramelo subirse a una tribuna para dar lecciones en política de empleo. Sin embargo, Zapatero lo hizo sin ningún pudor en la Cumbre de Oslo. Nuestro presidente, como dice la letra de la canción, está convencido de que “la realidad no existe”.

Tiene más moral que el Alcoyano, y es capaz de sobreponerse a las circunstancias con palabras y argumentos cargados de ingenuidad y de energía positiva. Es cierto que tenemos más de cuatro millones de parados en España, pero sólo a él se le podía ocurrir cuestionarlo, con el siguiente argumento: no puede incluirse en la lista de parados a miles y miles de “trabajadores en formación”, dispuestos a mejorar sus capacidades para contribuir al futuro de nuestro país. Al fin y al cabo, trabajan sin cobrar para estar mejor preparados y ser más eficaces y competitivos cuando sus servicios sean requeridos por la sociedad.

Después de las desconcertantes palabras de Zapatero, uno ya no sabe si los parados trabajan, aunque de otra manera, o si los que trabajan realmente son parados en proceso de recolocación. Es tal la empanada mental de nuestro presidente, que ya no sabe el hombre ni cuantos parados tiene. Alimenta de forma tan exagerada la confusión, entre esta “ciudadanía” que tanto implora, que provoca incluso dudas como éstas: ¿cuántos parados hay?, ¿son realmente tantos como contabilizan las estadísticas?.

Y esto no es todo. Hay otras dudas e incertidumbres que provocan alarma social o, si lo prefieren, “una sobredosis de mala leche”. Me refiero al número indefinido de trabajadores liberados, que abandonan voluntariamente sus empresas, para dedicarse de forma exclusiva a tareas sindicales. La lista de delegados sindicales es, a día de hoy, un misterio. Según ha publicado en portada un periódico, superaría los 300.000, pero otras fuentes hablan de 4.000 liberados. Y yo me pregunto: en lugar de tanto vídeo y de tanto chiquilicuatre, ¿no sería mejor que Cándido Méndez nos dijera exactamente cuántos liberados tenemos y cuánto dinero detraen de las arcas del Estado? ¿No sería mejor que nos dijera cuánto dinero podríamos ahorrarnos los españoles si adelgazáramos las extensas plantillas sindicales?.

Durante mi etapa como directivo en RTVE –años 2002, 2003– el número de sindicalistas liberados en RTVE ascendía a unos trescientos. Supongo que esa era la tasa de “liberación” que tenía que pagar el Ente Público en proporción a su plantilla: unos diez mil empleados. Esa cifra de liberados supondría el treinta por ciento de la plantilla de Telecinco o de Antena 3 TV.

Pero, claro, también en RTVE existían –antes de que se ejecutaran, en condiciones muy ventajosas, los expedientes de regulación de empleo para trabajadores mayores de cincuenta año – tres mil trabajadores dedicados a tareas administrativas, y un número indeterminado de productoras ajenas que hacían el trabajo que anteriormente realizaban los profesionales de la casa...

Pongo este ejemplo porque retrata la irracionalidad de un sistema de trabajo en el que priman intereses que nada tienen que ver con la productividad, la eficacia o la rentabilidad. Los sindicatos de RTVE –con el hijo de Marcelino Camacho a la cabeza, Marcel Camacho– sacaban cada día hojas sindicales poniendo a parir a la dirección de la empresa. Luego, al menos un día por semana, colocaban pancartas en las entradas de Prado del Rey y de Torrespaña y megáfono en mano nos cantaban las cuarenta a los gestores del Ente Público.

Al estar liberados, tenían tiempo para todo, incluso para recomendar a sus amigos. Sus sugerencias había que tenerlas muy en cuenta. Que nadie osara poner obstáculos en su camino, porque de esos dirigentes sindicales dependía en buena medida la paz social de la empresa. “Es mejor tenerlos contentos”, se comentaba en algunos despachos de Prado del Rey.

En RTVE pasaban esas cosas. Entiendo que son situaciones no necesariamente extrapolables a otras empresas públicas o privadas, pero sí pueden servir de botón de muestra para aquellos que descalifican a quienes critican el papel actual de los sindicatos. Liberados, sí. Pero para luchar por la defensa de los intereses de los trabajadores.

No para vivir del cuento, a costa de las subvenciones y del presupuesto.
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