En la onda
Última actualización 27/08/2010@08:44:04 GMT+1
EN apenas unos días, hemos pasado de felicitarnos por la liberación de los cooperantes catalanes secuestrados en Mauritania a mostrar condolencia por la muerte de dos guardias civiles españoles y un intérprete en Afganistán.
Son dos acontecimientos muy diferentes, en su génesis y en su desenlace, pero tienen algo en común: el papel criminal que desempeña en ambos el terrorismo internacional de Al Qaeda. Es la respuesta con sangre a la cooperación internacional y a las “misiones de paz” por parte de fanáticos islamistas que declaran la yihad contra Occidente. Son, por decirlo de alguna manera, formas poco amistosas de agradecer a España, a su Gobierno y a los organismos internacionales su apoyo y colaboración.
Las victimas del miércoles fueron dos oficiales de la Guardia Civil, que instruían a las fuerzas de seguridad de Afganistán en la lucha antiterrorista, y una persona que ejercía de intérprete. Pero mañana le puede tocar a cualquier soldado de una de las bases militares españolas que hay en aquel país. Los disparos del chófer afgano contra las personas a las que se suponía prestaba servicio son un ejemplo de la gravedad de la situación.
Son ya 94 los españoles que han perdido la vida en Afganistán desde el año 2002 hasta ahora. Son casi un centenar de servidores de la patria los que han vuelto a España en ataúdes, después de haber luchado en una guerra desigual, a la que quienes nos gobiernan prefieren llamar “misión de paz”. No voy a negar que se trata de un conflicto muy peculiar, cuyo objetivo no es conquistar territorios, sino desalojar de ellos a los terroristas talibanes. Sin embargo, en ese avispero donde se suceden los atentados y los ataques, y donde están muriendo miles de personas, no se puede poner el cartel de “misión de paz”.
Queda mejor –sobre todo para lavar la cara de quienes gritaban hasta no hace mucho “no a la guerra”– hablar de ayuda internacional, de misiones de paz y de tropas pacificadoras internacionales. Sin embargo, es evidente que en ese desangelado territorio se combate con armas de fuego, muere gente, se producen cada día víctimas civiles y militares... Incluso hay combates y escaramuzas que se ocultan, para no incrementar la alarma en la opinión pública.
En este escenario, lo mejor que podría hacer el Gobierno español –pactándolo incluso con la oposición– es llamar a las cosas por su nombre. Explicar en el Parlamento lo que está ocurriendo y contarle a los españoles en qué consiste realmente la “misión de paz” de nuestras tropas en Afganistán. O, como piden ya desde CiU, Izquierda Unida y ERC, abrir un debate sobre una posible retirada de nuestras tropas de aquel país.
El mayor problema es, como siempre, que no se quiere ver la realidad del problema. Aquí no pasa nada, como no ha pasado nada en el conflicto con Marruecos, y como no ha pasado nada por el pago del rescate y otras contrapartidas a los terroristas de Al Qaeda para conseguir la liberación de los cooperantes catalanes. Nunca pasa nada, según el Gobierno de Zapatero... Y si pasa, se le saluda.
Lo que pueda ocurrir en Afganistán hasta la retirada de las tropas internacionales, anunciada por Obama para julio de 2011, no lo sabemos. Pero podemos dar ya por perdida la batalla de la reinserción social de los terroristas talibanes y la pacificación de una zona tremendamente deteriorada y conflictiva.
España tiene que respetar los compromisos internacionales adquiridos y aportar los efectivos que le correspondan para ayudar a reconstruir un país, pues de ello depende, en buena medida, nuestro prestigio internacional. Lo que no puede hacer es hacerlo de tapadillo, escondiendo la gravedad del conflicto o llamando “misión de paz” a lo que es pura y llanamente una guerra.
Estamos ante una guerra. Los soldados españoles no mueren en accidentes de tráfico, sino luchando contra el enemigo. Un enemigo que tiene declarada la yihad a la civilización occidental y que se ampara en la religión y el fanatismo para matar a traición y por sorpresa.
En Afganistán se entrenan habitualmente los terroristas que atentan contra ciudadanos occidentales. Y está claro que no es posible reinsertarlos.
La mejor demostración de ello la tenemos en el chófer-terrorista que acabó el miércoles con la vida de dos oficiales españoles y de un intérprete de origen iraní, con nacionalidad española.
Y eso que parecía un amigo.