En la onda
Última actualización 20/08/2010@19:15:31 GMT+1
SOLO a José María Aznar se le podía ocurrir visitar en estos momentos Melilla y mostrar su apoyo a los melillenses y a las Fuerzas de Seguridad del Estado.
En plenas vacaciones, mientras la mayoría del Gobierno descansa y recupera fuerzas para el duro otoño que se avecina, un señor que no había visitado Melilla en viaje oficial en los ocho años que ocupó la presidencia de nuestro ha tenido la genial idea de hacerlo ahora en ropa de sport.
Lo podía haber hecho también Miguel Ángel Moratinos –aunque fuera con chilaba– y también Bibiana Aído, en solidaridad por los ataques y las agresiones a la condición femenina que vienen sufriendo las mujeres policías que trabajan en la frontera con Marruecos, pero no lo han estimado oportuno.
No consideran que los acontecimientos de las últimas semanas tengan mayor trascendencia que las ya casi habituales escaramuzas veraniegas de nuestros vecinos del Sur. El Gobierno español se ha limitado a pedir ayuda al Rey y a confiar en Rubalcaba, que se verá el próximo lunes con su homólogo marroquí.
Incluso se ha llegado a negar la existencia del conflicto, a través de Don José Blanco, el ministro que más habla sobre asuntos que no son de su competencia. Pero, entonces, si no existe el problema, ¿por qué se pidió al rey que hablara con Mohamed VI? ¿No será verdad que la falta de respuesta del Gobierno a las provocaciones se debe a esa “dejadez” a la que aludía Aznar en su visita a Melilla? ¿No será porque, como en tantas otras cosas, Zapatero considera que el entendimiento entre los pueblos se consigue claudicando una y otra vez?
Algunas de las críticas a la visita de José María Aznar están justificadas. Otras no. Si Ceuta y Melilla son españolas, me parece muy bien que se paseen por sus calles José María Aznar, Felipe González, José Bono y hasta La Pantoja. Aznar lo único que ha hecho ha sido ocupar un espacio que debería de haber sido ocupado previamente por quienes nos gobiernan ahora. La pena es que no se haya llevado como ayudante a Federico Trillo, con un cuaderno de notas, para escribir una crónica. “Al alba, con viento fuerte de levante, Don José María levanta la mirada y recorre desde su atalaya estos territorios españoles”, habría podido escribir el que fuera ministro de Defensa en aquellas jornadas gloriosas de la reconquista de Perejil, con cabra incluida.
Bromas a parte, Aznar ha logrado poner en evidencia a Zapatero, pero también a su sucesor en el Partido Popular, Mariano Rajoy. El líder de la oposición, que se fue de vacaciones en coche y con el cinturón desabrochado, se ha limitado a decir que estaba al corriente de las intenciones de Aznar. Son cosas a las que no hay que darles demasiada importancia, ha comentado Don Mariano, sin apenas inmutarse. Incluso ha aplaudido el gesto y la gallardía de su antiguo jefe. Como mucho, le ha podido molestar el protagonismo y las fotos del ex presidente, que no acaba de encontrarse cómodo en la reserva y busca cualquier ocasión para demostrar que está dispuesto a salir a la calle para defender la integridad de España.
A una gran mayoría de melillenses les hubiera gustado ver a Zapatero –y no a un ex presidente– compartiendo sobre el terreno sus preocupaciones, pero el jefe del Ejecutivo está ausente. Y ausente también de los conflictos donde se cuestionan principios fundamentales de nuestra convivencia. Zapatero ha estado ausente este verano de la prohibición de los toros en Cataluña, de las reivindicaciones de los ciudadanos que quieren que sus hijos estudien en castellano, de las maniobras que ponen en entredicho la igualdad de todos los españoles ante la ley...
Aquí el problema no es Aznar. El problema más grave es que esa inoportuna visita del ex presidente pueda interpretarse como una afrenta a Marruecos. Cualquier ciudadano español puede ir a Melilla, y sin permiso de nadie, porque es España. Le guste o no a Marruecos. Me parece vergonzoso que el Gobierno tenga que cogérsela con papel de fumar a la hora de reivindicar la soberanía de Ceuta y Melilla.
No es de recibo. Al portavoz del gobierno marroquí, un tal Khalid Naciri, que ha calificado de “provocación inadmisible” la presencia de Aznar en Melilla, habría que contestarle que lo realmente inadmisible es tener que representar a un país que vulnera los derechos humanos, que no tiene una democracia auténtica y que busca el enfrentamiento con el vecino del Norte para esconder sus vergüenzas.