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En la onda

Última actualización 13/08/2010@10:59:09 GMT+1
DEJO atrás la silueta amurallada del castillo, mientras bordeo las instalaciones deportivas del Oasis y me dirijo hacia el cruce de caminos que abre diferentes rutas y senderos por el pinar de Sigüenza.
Los primeros rayos de sol se cuelan entre los pinos y los chavales de un campamento de verano, que se anuncia como Movimiento Juvenil Celtiberia, se desperezan, mientras suena en los altavoces “tigres, leones, todos quieren ser los campeones”.

Antes de tomar la ruta habitual del viejo campo de fútbol de Martín Cañamón, en el que sólo quedan tres palos de portería, para seguir por el camino de la Fuente del Tejar y seguir la senda que desemboca en las Praderas de Valdelagua, me doy cuenta de que hoy es jueves y tengo que escribir este artículo. Y sin darme cuenta, perdido en medio del bosque, sin saber que hacer, y alejado de un asunto relevante que llevarme a la columna de esta semana.

La primera intención es hacerlo sobre la intervención del Rey de España, para evitar que las últimas provocaciones de Marruecos vayan a mayores. Luego, recapacito y llego a la conclusión de que esta historia no tiene demasiado recorrido. Es la historia de cada verano. Tampoco creo que merezca mucho la pena hablar de la penúltima rectificación del Gobierno sobre el recorte en infraestructuras, ni de las explicaciones de su ministro de Fomento, José Blanco, para justificar otra retahíla de improvisaciones. Una tercera opción sería hablarles de las reivindicaciones laborales de los controladores españoles, pero sus problemas me parecen una tomadura de pelo para una mayoría de trabajadores que no pueden llegar a final de mes, ni aunque los meses pasen a tener sólo veinte días.

En medio de estas cavilaciones, me doy cuenta de que la Fuente de El Mocho se ha vuelto a secar. El hilo de agua que brotaba en Semana Santa ha desaparecido, sin dejar otro rastro que el verdor de la hierba. En las zarzas de ese ribazo las moras van tomando un color más oscuro y entre los majuelos y enebros juega un andarríos que apenas se inmuta al sentir mi presencia.

La mañana es espléndida y el olor a resina se hace más elocuente en el camino que sube hasta la Fuente del Tejar. Por más que lo intento, no logro concentrarme en lo que voy a escribir unas horas después del paseo matinal. Encima empiezan esta misma tarde (jueves 11 de agosto) en Sigüenza las fiestas de San Roque y la Virgen de la Mayor, y me toca colaborar en la preparación de la primera jornada gastronómica de la Peña “La Rampa”, a la que pertenezco desde su fundación. Menos mal a Jesús del Arco, gran cocinero y mejor persona, que consigue llevar a buen puerto unas patatas con costillas espectaculares. Para chuparse los dedos.

Antes de asomarme a los llanos del Tejar, bordeando jaras y matorrales, entre tomillos y gamonetas, me pregunto si los indicativos que se colocaron en su día al borde del camino, para conducir a los más despistados por la supuesta Ruta de Don Quijote, no serían hoy objeto de burla y de mofa, si Don Miguel de Cervantes Saavedra levantara la cabeza. ¿Es posible que Don Quijote vagara por estos pinares?. Tampoco nadie puede demostrar lo contrario. Y, si lo hizo, bien está que se sepa, aunque al caminante siempre le asaltará esta duda: ¿por qué se han tardado siglos en recordarlo?

Camino de las Praderas de Valdelagua, otro de los bellos enclaves del pinar de Sigüenza , observo durante unos momentos el vuelo de una paloma torcaz que abandona la copa de uno de los grandes pinos que rodean estas praderas, que me traen recuerdos de meriendas y paseos. Varios ciclistas emprenden desde este paraje la recta final que les conducirá a Barbatona, mientras un señor mayor manda callar al perro y pide disculpas cuando te cruzas en su camino.

El pinar de Sigüenza huele a romero y a cantueso, a hierbas aromáticas que te reconcilian con los ya lejanos olores de la infancia. Con esos olores que todavía se empeñan en protagonizar fechas tan señaladas como el Día de Jueves Lardero. El suelo, sembrado de piñas secas, es como una alfombra sobre la que descansan los restos del naufragio. Pero también los recuerdos.

Aquí, en el pinar de Sigüenza, antes de llegar a la Cueva Mosa y a la escondida Fuente del Tiemblo –esta sí que echa agua, pero con sabor a resina– la actualidad, la política y las polémicas son seres extraños.

Aunque sólo sea durante unas horas, me doy cuenta de que se puede vivir sin leer los periódicos y sin escuchar la radio.
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  • Piñas y peñas

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    4221 | Juan Alberto - 19/08/2010 @ 11:45:15 (GMT+1)
    Como de habitual Don Javier del Castillo, una superación lírica más y cada vez, más difícil.

    Un saludo a los lectores digitales de Guadalajara Dosmil.
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