Última actualización 30/07/2010@06:16:11 GMT+1
HORA del aperitivo, junto al Paseo de la Alameda de Sigüenza, poco después de conocerse la votación del Parlamento de Cataluña a favor de la prohibición de las corridas de toros por 68 votos a favor y 55 en contra. Las preguntas surgen espontáneas, una tras otra.¿Cómo es posible que los aficionados a los toros en Cataluña acepten una cosa así? ¿Qué autoridad tienen los políticos para privar a los ciudadanos de algo que les pertenece? ¿Cómo es posible que un cordobés, al que encima le gustan los toros, consienta este atentado a la libertad y al pluralismo?
¿A quién le molesta la conservación de una de las señas de identidad más arraigadas y populares de España? ¿Por qué no se dedican Carod, Montilla y compañía a mejorar las condiciones de vida de los catalanes y se olvidan de reprimir todo aquello que huela a cultura y tradición española? ¿Cómo puede ser Montilla tan hipócrita para votar contra la prohibición, dejando al mismo tiempo libertad a los diputados de su grupo para que voten a favor de ella?
Estas y otras muchas preguntas nos las hacíamos en improvisada tertulia, mientras el contertulio de mayor edad reflexionaba en voz alta sobre el ridículo y el bochorno que supone prohibir los toros en una ciudad como Barcelona, de tan brillante y arraigada tradición taurina. Alguien sugirió hacer excursiones al Sur de Francia… En definitiva, ninguno de mis amigos entendía la prohibición de un espectáculo al que uno accede ejerciendo su libertad individual, previo pago de la correspondiente entrada.
Dentro de este grotesco espectáculo político taurino, para sorpresa de los medios de comunicación extranjeros, lo que más llama la atención es la falta de sentido común. Y, por supuesto, el deseo de querer desterrar de Cataluña cualquier símbolo que pueda interpretarse como seña de identidad de todos los españoles. Se puede abrir un debate sobre las corridas de toros, pero no aprobar la supresión de las mismas porque se presenten 180.000 firmas de ciudadanos. De lo contrario, tendrían que derogarse también muchas leyes aprobadas en el Parlamento Nacional, entre otras la nueva Ley del Aborto.
Visto lo visto, lo mejor que puede hacer ahora José Montilla es cortarse la coleta y esconderse en el burladero, como se escondió el miércoles pasado del debate donde se consumó la tropelía más bochornosa que se recuerda en el mundo taurino contemporáneo. José Montilla ha demostrado que no sabe torear de frente, marcando los tiempos y diciendo a quienes se empeñan en poner banderillas soberanistas que existe una Cataluña tolerante e integradora. Como los toros en los encierros, el presidente de la Generalitat ha seguido la estela de los mansos camino de los chiqueros.
José Montilla ya no verá más los toros acompañado de su mujer en la Monumental. Los verá, eso sí, desde la barrera de la oposición, mientras los diestros nacionalistas le seguirán dando una buena tanta de capotazos soberanistas. La verdad es que parecía un torero curtido en plazas de segunda y de tercera, pero ha fracasado en la Monumental de Barcelona. No ha tenido la valentía de imponer su estilo, aunque le hubiera costado alguna voltereta electoral. Ha preferido adaptar su toreo cansino al de quienes reivindican una Cataluña cada día más alejada de España. Y no se pueden traicionar tanto los principios y las raíces, sin dejarse algún pelo en el burladero.
Montilla tendría que saber que la prohibición va en contra de los derechos fundamentales de miles y miles de aficionados. Miles y miles de aficionados a los que les estás privando de disfrutar libremente de un espectáculo que no es obligatorio para nadie. El señor Montilla, cuando dice que también él está en contra de la prohibición, se olvida de una cosa: su tolerancia con la libertad de voto de los diputados del PSC contrasta con la intolerancia que ellos han demostrado hacia quienes están a favor de los toros. En lugar de salir por la puerta grande, Montilla se ha arrugado. Ha perdido la montera y probablemente acabe perdiendo la barretina.
Dejando a un lado los cuadros de Goya y Picasso, o los textos de José Bergamín, Rafael Alberti o Federico García Lorca, el papelón de Montilla y el ridículo que nos están haciendo pasar a los españoles son de los que hacen historia.
Perdonen por el pareado, pero a Montilla hay que darle cuanto antes la puntilla.