Hemeroteca :: Edición del 02/09/2011 | Salir de la hemeroteca
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Por Javier del Castillo
Última actualización 23/07/2010@06:28:54 GMT+1
Es elogiable, en cualquier caso, su desatado afán de demostrar lo mucho que han trabajado estos últimos años –los que mandan– o lo mucho que podrían progresar nuestras ciudades y comunidades autónomas si se produjera un relevo en el poder (versión oposición). Al fin y al cabo, viven de eso. Nada que objetar, salvo recordarles a todos ellos que seguramente nos iría bastante mejor si desperdiciaran menos energías en la caza del adversario. Energías que tanto se echan en falta para afrontar unidos los problemas más acuciantes de millones de ciudadanos que sufren las consecuencias de una crisis sin fecha de caducidad.
ESO es precisamente lo que estoy haciendo estos días, después de una gratificante resaca futbolística y de un infumable Debate del Estado de la Nación, en el que los mismos contendientes se dijeron las mismas cosas que ya se han dicho en tantas y tantas comparecencias parlamentarias. Más de lo mismo.

“Usted no da más de sí”, proclamaba Mariano Rajoy con renovada contundencia, pero sin querer darse cuenta de que su discurso resulta reiterativo, cansino y previsible. El aludido, presidente del Gobierno en declive para más señas, tampoco desplegó originalidad alguna, ni demasiadas florituras oratorias. “Usted no está para tirar cohetes”, le contestó, entre réplica y contrarréplica, con ovación de los suyos incluida.

A la vista de lo que pueda depararnos el próximo otoño, con dirigentes más preocupados por la resolución de sus problemas que por la resolución de los problemas de los ciudadanos, lo mejor que puedo hacer es mirar al horizonte, contemplar una maravillosa puesta de sol y disfrutar de la brisa marina. El cierre de la temporada ha sido duro, con sus luces y sus sombras. Y no hace falta que les confiese que las luces las han puesto los jugadores de la selección española de fútbol, y las sombras un presidente sin credibilidad y un líder de la oposición que basa su estrategia en el error ajeno, sin exhibir mérito propio alguno.

Por lo tanto, persistiré en el empeño de desconectar. Voy a leer más prensa deportiva, que ya han empezado a llegar a las portadas del “Marca” y del “As” las oleadas de fichajes con destino al Real Madrid y al Barcelona. Nombres de grandes jugadores que casi nunca se confirman, pero que animan el verano. También dejaré de escuchar tertulias de radio, pues bajan en intensidad, y –por supuesto– huiré de las declaraciones de los políticos, a los que la proximidad de unas elecciones autonómicas y municipales les lleva indefectiblemente a la incontinencia verbal y a la propaganda. Se ponen tan pesados que son capaces de asistir a varias procesiones y fiestas populares el mismo día, con el objeto de practicar el sano ejercicio de “contactar con el pueblo”.

Las vacaciones de este año –en la playa, en la montaña o en el pueblo de los abuelos– van a marcar un antes y un después. Un antes, por las medidas de ajuste tomadas por el mismo Gobierno que previamente había anunciado todo lo contrario. Y un después, por la aplicación de nuevos recortes.

Como se lo digo. La reactivación económica es probable que se retrase hasta bien entrado el año 2011, y el paro seguirá creciendo después del verano, porque así lo ha previsto también el Gobierno. Y de aquí a la asfixia total sólo hay un telediario.

Así que lo mejor que se me ocurre hacer ante un escenario tan poco alentador como éste es buscar una buena sombra y una cerveza bien fría, mientras comento con el amigo, el cuñado o la parienta los goles de Villa, Pujol o Iniesta en el Mundial de Sudáfrica.

Estamos en tiempo de vacaciones –los que las tengan– y no podemos consentir que nos las amarguen los indicadores negativos de nuestra economía o las controversias que despierta, por ejemplo, la interpretación constitucional de una docena de artículos del Estatuto de Cataluña. Si hemos sido capaces de ganar un Mundial de Fútbol, después de noventa años, seguro que también somos capaces de superar la crisis y hasta de convencer a Montilla, Mas y Carod Rovira de que la Constitución está hecha para cumplirse.

Pero, si no los convencemos, tampoco pasa nada. Que sigan a lo suyo. Yo me quedo con una bella puesta de sol sobre el Atlántico, sintiendo en la piel el frescor de la brisa marina.

Mirando al mar, como les decía al principio.
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