Última actualización 16/07/2010@06:24:58 GMT+1
SIN buscarlo. Intentando no molestar a nadie. El hombre que ha llegado a lo más alto, sin necesidad de abrirse paso a codazos para lograrlo, es hoy objeto de admiración, respeto y gratitud para la inmensa mayoría de los españoles. Le veo saludar desde la plataforma del autobús que recorre Madrid entre banderas de España y camisetas rojas y me parece la viva imagen del castellano noble y austero, al que le cuesta exteriorizar las emociones que vive en este momento de gloria. En este momento histórico, con la España real en la calle, dispuesta a tirar por la borda tantos prejuicios y tantos complejos acumulados a lo largo de un convulso pasado.
Parece como si quisiera pedir perdón por haberse convertido en protagonista de una hazaña deportiva. Sin embargo, detrás de ese perfil de hombre bueno, cargado de sentido común, se intuye la satisfacción del deber cumplido. Este país, agobiado por la crisis y desencantado de su clase dirigente, necesitaba más que nunca ganar el Mundial de Fútbol. Y encima lo ha logrado con un auténtico maestro en el arte de sumar esfuerzos y de regatear conflictos desde el banquillo. Con un seleccionador que representa la prudencia y el señorío.
Junto a él, en esta tarde calurosa del 12 de julio, su hijo Alvaro salta emocionado y abraza a los jugadores desde lo más alto del autobús. Son los amigos de su padre, y por tanto también los suyos. Alvarito, con síndrome de down, celebra a su manera la consecución de un sueño. Y lo hace al lado de su progenitor, que le dirige una sonrisa de complicidad. De alguna manera, Alvarito se sentía partícipe de un triunfo que daba por seguro antes de que los jugadores que entrena su padre llegaran a Sudáfrica. En medio de la muchedumbre, parece estar tocando el cielo. Siente en su interior que está celebrando algo muy importante. Un momento de esos que pasarán a formar parte de la historia deportiva de este país llamado España.
“Tengo mi corazón con él”, fueron las palabras de Alvarito, cuando los periodistas le preguntaron por su padre. No necesitó más palabras. Parece imposible poder resumir mejor el sentimiento de un hijo –con síndrome de down incluido– hacia la persona que más admira del mundo, aunque no siempre acepte sus propuestas para las alineaciones. Una admiración que se extiende a jugadores como Xavi Hernández, Andrés Iniesta, Sergio Ramos, Iker Casillas, David Villa, Fernando Llorente o al descartado Raúl González.
En estos días del “Viva España” –sin precedentes en nuestra historia reciente–, han sido numerosos los gestos y las actitudes que pueden reforzar los aspectos más positivos de nuestro presente y de nuestro futuro como nación. La juventud española ya tiene un espejo en el que mirarse: un grupo de jóvenes futbolistas, que se llevan fenomenal entre ellos, y que confían en el esfuerzo, el compañerismo y la generosidad para alcanzar el éxito.
Sin embargo, no me parecería justo elogiar sus méritos, olvidándonos del papel que ha tenido en el desenlace de esta bella historia el padre de todos ellos: Vicente del Bosque. El salmantino, sin hacer ruido, ha conseguido lo que otros entrenadores más “ruidosos” y “mediáticos” –entre los que podríamos citar a Javier Clemente o Luis Aragonés– no habían logrado anteriormente.
Vicente no ha cambiado ni va a cambiar por haber ganado el Mundial 2010: el único logrado por España en los noventa años historia de la competición. Seguirá viviendo en su casa de siempre, subiéndose los pantalones que se le caen después de haber perdido algunos kilos y reservando para sí mismo las emociones.
Se irá a tomar unas cañas con Alvarito al bar de siempre y quedará con sus amigos, muchos de ellos ex jugadores del Real Madrid y con sus paisanos de Salamanca, para comentar la jugada.
Como le decía en un SMS enviado a su móvil: “Querido Vicente, has hecho algo muy grande. Has conseguido unir a un país y has logrado que nos sintamos orgullosos de ser españoles. No te olvides de la miel de la Alcarria, que es muy buena para la garganta. Con mi mayor afecto y cariño. Un fuerte abrazo”.
Enhorabuena campeón, y enhorabuena a los 23 jugadores que han hecho posible este sueño: recuperar el orgullo de ser español y hacerlo a través del símbolo que mejor nos identifica, nuestra bandera.