Última actualización 02/07/2010@07:59:06 GMT+1
DOS eran las alternativas que se abrían ante Caja Castilla-La Mancha, o integrarse de la manera que lo ha hecho en Cajastur o la disolución. En los dos casos CCM desaparece como tal, pero con independencia de las valoraciones de los políticos, condicionadas en exceso por los intereses de éstos, da la sensación, al menos en lo que entendemos los ciudadanos de a pie –entre los cuales nos incluimos–, que esta que ha salido adelante en la Asamblea de ayer es la menos mala, por lo menos para los impositores y los trabajadores y puede que incluso para las ciudadanos en general.
¿Qué habría pasado con estos –los trabajadores– en caso de disolución? Indemnización a cargo del FOGASA y al paro ¿O no? ¿Y con los fondos de los impositores? Por supuesto que los garantizaría papá Estado, por cierto con el dinero de todos los ciudadanos que año tras año nos “desnudamos” –mejor dicho nos desnudan– ante Hacienda, como lo acabamos de hacer ahora. Pero ¿hasta qué cantidad habría garantizado el Estado de esos fondos?
Puede ser, como se dice desde el PP regional, que no se haya conseguido alcanzar el mejor acuerdo de cara a garantizar el futuro de los actuales trabajadores de CCM, pero con la integración en el Banco Liberta, propiedad de Cajastur, muchos de ellos tendrán un futuro con mayores posibilidades de proyección. Y en una entidad más solvente. También se garantiza la permanencia de la Fundación –otra cosa son los años que dure–, verdadera nota que diferencia a las cajas de ahorros de los bancos tradicionales, por las que parte del beneficio que las cajas obtienen retornan a la sociedad mediante la promoción de actividades de carácter benéfico social.
Otra cosa es la gestión que ha llevado a la Caja Castilla-La Mancha a esta situación desesperada que además le ha forzado a mantener las negociaciones en inferioridad de condiciones. Evidentemente esta gestión que tiene unos responsables no puede salir gratis y hay que exigírsela a quien corresponda y hasta las últimas consecuencias.
Hace años, a mediados de los noventa, cuando los márgenes de intermediación bancarios fueron reducidos drásticamente, tanto los bancos como las cajas recurrieron a otros negocios con los que poder mantener y ampliar los beneficios. Y mira que los ampliaron. Surgieron las participadas que cambiaron la cara de los balances. Y cómo las cambiaron. De no ser por éstas en muchas ocasiones los números negros de algunas cajas se hubieran vuelto rojos. Tras una difícil situación heredada –le precedieron Novo (PSOE) y Martín Peñato (PP)–, en sus primeros momentos como presidente de la caja regional, Hernández Moltó se mostraba orgulloso de la Corporación Industrial de CCM, en sus comparecencias ante los medios de comunicación. Pero aquellos polvos trajeron estos lodos.
Obama –EEUU siempre va por delante– ha puesto el dedo en la yaga: “hay que separar la banca de gestión de la banca de inversión”, ha venido a decir. Evidentemente es la única manera de que el ciudadano sepa donde deja su dinero, qué posibilidades tiene de incrementar sus ahorros, pero también el margen de riesgo al que se expone por ello.
Otra de las medidas urgentes a tomar es sacar la cajas del contexto político. Pero parece claro que éstos, los políticos, son los menos interesados en ello.
La situación por la que pasan algunas de las cajas españolas –por suerte existen no pocas honrosas excepciones– tienen también su réplica en Europa. La banca regional alemana con abundantes activos tóxicos tampoco superarían la pertinente prueba de estrés. Curiosamente sólo los grandes bancos españoles –Banco de Santander y BBVA– al igual que los grandes bancos alemanes gozan de una buena y envidiable salud. ¿Porqué será? Tal vez por que no tiran como se suele decir con pólvora del rey. Tal vez porque en muchas ocasiones su patrimonio forma parte de los activos que gestionan y, tal vez, porque rinden cuentas ante sus accionistas.
Lo que no queda muy claro es en qué intereses piensan los políticos cuando hablan. Como tampoco nos van a llegar a confundir los argumentos utilizados, todos sabemos cuáles son las honrosas excepciones –no se puede medir a todas las cajas por el mismo rasero–que al final de este tortuoso y largo camino son las que van a quedar.