Última actualización 25/06/2010@06:52:58 GMT+1
HAY días que uno no está ni para bromas. Te diriges al trabajo con menos entusiasmo que el demostrado por los franceses en el Mundial de Sudáfrica. Sin embargo, en mi caso, la transformación anímica se produce de inmediato, con la lectura de los periódicos, amenizada por el sonido de fondo de “los carromatos” y del aparente sofoco de Carlos Herrera mientras huye de los indios. Me basta con detenerme en las sorpresas que da la actualidad, y no precisamente la política, salvo en contadas ocasiones.
Una de esas perlas cultivadas la protagonizaba ayer, como en sus mejores tiempos, el vicepresidente tercero del Gobierno, Manuel Chaves, llamándole “señor Tararí” –sólo le faltó a continuación el “que te ví”– al veterano diputado del Partido Popular de Alicante, Juan José Matarí, durante su última comparecencia en el Congreso. Otra nota de buen humor la puso también Soraya Sáenz de Santamaría cuando comparó al Gobierno de Zapatero con el balón del Mundial, “porque no sabes por dónde va a salir”, en respuesta a José Blanco quien –en su recuperado papel de “Pepiño, que no pepino como se empeña en corregirme el ordenador–, ha comparado a Rajoy con el zumbido de las “vuvuzelas”.
Sin embargo, la noticia que más me ha reconciliado con la indudable capacidad del ser humano para mantenerse a flote en circunstancias adversas es el anuncio de una nueva boda real. El novio, en este caso, tiene 52 años y se llama Alberto II de Mónaco, Albertito para los amigos. La novia, ex nadadora sudafricana tiene 32, y responde al nombre de Charlene Witttock. Les separan, por lo tanto, veinte años, pero a la vista de las fotos, los dos tienen la misma anchura de espaldas y muy probablemente la misma predisposición a vivir del cuento, en este principado de casino y opereta.
“La Razón”, en un alarde de originalidad, titulaba la noticia del compromiso principesco de la siguiente manera: “Alberto de Mónaco tarda 52 años en encontrar esposa”. No me digan que no es para desesperarse..., y después partirse de risa. Es decir, que Albertito –el único hijo varón de Rainiero de Mónaco y Grace Kelly– llevaba buscando desde la cuna a su media naranja y nosotros sin enterarnos. Es más, incluso algunos habíamos llegado a dudar de que le interesara realmente encontrar esa pareja del otro sexo.
Ha tenido que pasar más de medio siglo para que el Príncipe Alberto II de Mónaco –al que los españoles nunca le perdonaremos su pregunta sobre la ETA durante la votación realizada en el 2006 en Singapur para elegir la sede de los Juegos Olímpicos de 2012 a la que aspiraba la capital de España– haya decidido poner fin a su prolongada soltería.
Me parece estupendo, y también me parecería estupendo lo contrario, aunque coincidirán conmigo en que el hombre ya tiene edad para pronunciar el “si quiero”. No me extrañaría, por otra parte, que lo hiciera también pensando en procrear, puesto que los dos hijos reconocidos que ya tiene Alberto II de Mónaco están privados de los derechos sucesorios, al haberse engendrado fuera del matrimonio.
Esto es lo que hay. Así que la pareja tendrá que ir decididamente a por un heredero o heredera –con cheque-bebé, si hiciera falta–, pues los años no pasan en balde. El tiempo apremia y el Principado de Mónaco, verdadera joya de la corona y del glamour, necesita un nuevo heredero. Un sucesor –o sucesora– que se haga cargo del negocio familiar en el futuro y que prolongue la dinastía que más portadas ha dado al “Hola” desde mediados del siglo pasado.
Aturdidos por las vuvuzelas de un Mundial que no ha dejado de sorprendernos y que lo sigue haciendo con la eliminación de algunos de los grandes favoritos, y con la cabeza cada día más parecida al balón Jabulani, cualquier cosa ya es posible. Incluso que el príncipe de Mónaco anuncie que se casa o que Manolo el del Bombo, en un arrebato de orgullo español, le meta el bombo en la cabeza a uno de los portadores de esas malditas vuvuzelas que nos obligan a ver los partidos de fútbol con un enjambre de abejas colgado del televisor.
P.D. El Día de Guadalajara en Madrid, un éxito. Agradable aroma de esta tierra recorre todavía los aledaños de la Puerta del Sol. Y muy especialmente la Plaza de Santa Ana, donde ya se piensa en ampliar la Casa de la esquina para la próxima edición.