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Por Javier del Castillo
Última actualización 11/06/2010@06:20:52 GMT+1
COMO dice Jaime Lissavetzky, ganar el Mundial de Sudáfrica no arreglaría la crisis económica, pero nos aportaría una importante ración de autoestima a los españoles. Eso mismo debe pensar el presidente del Gobierno, después de recibir la bendición papal, con la penitencia incluida de reírle después las gracias a Berlusconi, y unas horas antes de intentar regatear con torpeza, y por enésima vez, los problemas reales del país, que no son pocos.

Está claro que la “racionalización de la Administración” que prepara el presidente –lo que demuestra que hasta él se ha dado cuenta de la irracionalidad actual en la que vivimos– no se arregla con los goles de Fernando Torres o David Villa. Ni tampoco el abaratamiento del despedido, con pase imposible de Iniesta. Pero no cabe duda de que el éxito de España en el Mundial podría ayudarnos a salir de esta sensación de agobio en la que vivimos.

Por lo tanto, el juego brillante y espectacular de “La Roja” será a partir de ahora la gran esperanza blanca. Y no sólo para Zapatero, sino para su amigo Cándido Méndez, para la oposición y para los agentes económicos y sociales que llevan ya dos años intentando infructuosamente unir voluntades para sacar a España del atolladero.

La llegada del Mundial de Sudáfrica, con una selección que enamora a los aficionados españoles y desquicia a los rivales con ese manejo del balón preciso y constante, no será la panacea para nuestros males, pero sí un alivio. El fútbol de España –primero con Luis Aragonés y ahora con el buenazo de Vicente del Bosque– se ha convertido en una de las cosas más presentables que tenemos.

Sin olvidar, por supuesto, las hazañas de Rafa Nadal, Fernando Alonso, Jorge Lorenzo y Pau Gasol, la selección española de fútbol es un claro motivo de orgullo para los hipotecados habitantes del Estado de las autonomías. Y, probablemente, sea también una pesadilla para unos cuantos sufridos nacionalistas que se vienen abajo cada vez que suena el himno español. Aunque no tiene letra, ni se la espera, cada uno lo tararea en versión libre, mientras las banderas rojigualdas ondean al viento. Y para remate, los gritos de España, España, España... Como si nadie quisiera caer en la cuenta de que tamaña exaltación patriótica –para algunos facha– produce enconamientos y alteraciones cutáneas en una minoría de aficionados de las llamadas comunidades históricas.

Ver tocar el balón a Iniesta, Xavi Hernández, Cesc, Alonso o David Silva, observar las triangulaciones y apoyos de todos los jugadores, contemplar la destreza de Villa o Fernando Torres, por no decir la fortaleza y el pundonor de Pujol, Ramos y Piqué, contrasta con la habitual torpeza de nuestros dirigentes políticos. Aunque sólo sea durante tres o cuatro semanas –esperemos que sean cuatro, porque eso indicaría que estamos en la final–, nadie nos va a quitar la ilusión y el derecho a soñar.

El fútbol con mayúsculas nos traerá una inestimable ración de autoestima, como presupone el Secretario de Estado para el Deporte. Si ganamos el Mundial de Sudáfrica, abandonaremos la segunda división de la Unión Europea, volveremos a la ‘champions’ y, hasta si me apuran, pudiera ocurrir que tuviéramos Zapatero para rato.

Otra posible lectura, pero más pesimista, sería que el Mundial de Sudáfrica no es más que nuestro único consuelo: la distracción que ahora necesita España, para desconectar de los graves problemas que está acarreando la falta de previsión, la torpeza y la incompetencia de este Gobierno.

Pero, pensemos en positivo, como Louis Van Gaal. Les propongo un juego. Al igual que suele hacerse en vísperas de las convocatorias de Vicente del Bosque, sería interesante preguntar a los españoles ¿cuál es su selección ideal de políticos para luchar con solvencia y eficacia para sacar a España del atolladero en que se encuentra?

Es muy probable que tuviéramos que conformarnos con jugar en la modalidad de fútbol siete. Encontrar once buenos sería tarea difícil. Tampoco me extrañaría no encontrar en esa selección del público a los líderes actuales de los principales partidos. Me temo que Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy se quedarían chupando banquillo.

El presidente está en baja forma y el líder de la oposición no aprovecha ni las jugadas a balón parado. Aquí los únicos que juegan bien y en equipo son los chicos de Vicente del Bosque. Que tomen nota nuestros políticos.
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