Última actualización 30/04/2010@05:06:09 GMT+1
UNA de las cosas que queríamos poner de manifiesto en esta columna el pasado viernes era el hecho de cómo, por parte del PSOE y PP, se ha hecho cuestión política del Estatuto de Castilla-La Mancha y más concretamente del agua, asunto crucial de éste, cuando el tema del agua se debiera tratar como cuestión de Estado quedando garantizados los derechos de todas la comunidades autónomas sin que los de unas prevalezcan o entren en confrontación con los de otras, como ocurre ahora con Castilla-La Mancha y Murcia o Valencia.
Algo que ni siquiera se mitiga en años excepcionales como éste, en que las aportaciones climatológicas han garantizado agua para todos durante todo el año hidrológico y, sin embargo, desde el Levante se empeñan es seguir llevándose el agua de los pantanos de la cabecera del Tajo sin tener en cuenta las necesidades de los pueblos ribereños en particular, ni los intereses de Castilla-La Mancha en general.
Pero lo peor no es que al hacerse del agua cuestión política sean los votos los que se ponen en la balanza y condicionan que las decisiones vayan en uno u otro sentido. Lo peor es que propician actos como los ocurridos en la mañana de ayer en Sacedón durante la visita de Cospedal; acto que fue “reventado” por militantes o personas afines al PSOE o simplemente por personas –que también las habría– a las que no les gustó la postura de la presidenta regional y secretaria general de los “populares” en relación con el Estatuto, pues según su criterio pone los intereses de Murcia y Valencia por encima de los de Castilla-La Mancha.
Sólo desde la clave política se puede entender la división propiciada en la Asociación de Municipios Ribereños de Entrepeñas y Buendía que según el signo político de los alcaldes siguen las directrices marcadas por uno u otro partido. Por cierto, división que no es nueva y que viene desde casi su fundación, a pesar de la imagen de unidad dada en los últimos años, un tanto ficticia, pues de lo contrario no se habría resquebrajado a las primeras de cambio.
Ni siquiera hace años la postura de los ribereños de Buendía era igual a los de Entrepeñas. Simplemente porque mientras que los primeros explotaban agrícolamente, con el permiso de la Confederación, los terrenos inundados por el pantano que año tras años quedaban como consecuencia de la sequía y los trasvases, los segundos vivían del turismo y los servicios que sí que se veían resentidos por la falta de agua.
¿Se podía considerar una provocación que Cospedal tratase de mantener una reunión en Sacedón con concejales y simpatizantes de su partido? Ni mucho menos. ¿Se debiera extrañar Cospedal de que las gentes de los pueblos ribereños quisieran manifestarle públicamente su descontento? Tampoco. Lo peor es que, en relación con los hechos acaecidos en la mañana de ayer en Sacedón, miras a un lado y a otro, y ciudadanos de a pié muy pocos. Con tantos intereses políticos de por medio se exacerban los ánimos y al final se termina por perder toda legitimidad.
Hoy los políticos más que a otra cosa están atentos a contraprogramarse, a contestarse y hasta insultarse. Y poco les ha faltado en Sacedón para agredirse.
Penoso. Patético. Descorazonador y preocupante.
Pasa con el agua, con el paro y hasta con el misterio de la Santísima Trinidad. Y lo peor es esa sensación, a la que ya nos hemos referido en innumerables ocasiones, de que los intereses de los políticos van por un lado y los de los ciudadanos por otros. ¡Y luego se extrañarán de la abstención!