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Hemeroteca :: Edición del 02/09/2011 | Salir de la hemeroteca
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Por Javier del Castillo
Última actualización 30/04/2010@05:04:18 GMT+1
ÉRAMOS pocos y parió la abuela. Tan entretenidos estábamos discutiendo sobre la exhumación de los muertos y asesinados de la Guerra Civil y sobre la posible revisión de la Ley de Amnistía de 1977 que se nos había olvidado el gran problema de España, en estos momentos: los más de 4.600.000 españoles sin trabajo, que representan a más de un 20 por 100 de la población laboral.


Ha sido como un mazazo. Un aviso para todos aquellos que intentan distraer la atención de los españoles sobre los problemas reales, con investigaciones sobre el pasado falangista de los magistrados del Tribunal Supremo o sobre cómo movilizar a los pocos ex combatientes republicanos del 36 en esta especie de defensa numantina del juez Baltasar Garzón.

El problema para más de cuatro millones y medio de españoles no es si retiramos el nombre a una calle o si el Senado necesita una ampliación de su plantilla de traductores para que sus señorías puedan expresarse libremente en su idioma materno (gallego, euskera o catalán). El problema tampoco es si Franco sigue vivo, 35 años después de que supuestamente fuera enterrado en el Valle de los Caídos, o si las cuentas que quedaron pendientes después de aquella maldita guerra se han saldado debidamente.

Ya está bien de buscar debates absurdos y enfrentamientos que sólo interesan a cuatro nostálgicos del pasado. Y ya está bien de jugar con fuego y de poner en peligro la estabilidad democrática de un país –sin ella, por ejemplo, jamás se habría producido la integración de España en la Comunidad Económica Europea–, mientras las agencias de calificación de riesgo ponen en entredicho la credibilidad de la economía española. (La del Gobierno, por cierto, ya la dilapidó hace bastante tiempo su presidente). El futuro no pasa por movilizar a una parte de los españoles contra unas medidas legales que se tomaron durante la transición democrática, ni en abrir procesos contra Manuel Fraga, Adolfo Suárez, Santiago Carrillo o el suegro falangista de Alberto Ruiz Gallardón. ¿Se imaginan a todos ellos en el banquillo, o siendo reclamados por la justicia argentina?

La reconciliación –facilitando, por supuesto, la recuperación de los muertos de ambos bandos– es ya irrenunciable. Tenemos que acabar de una vez por todas con la división entre las dos Españas de Machado. Al menos intentarlo. Y no olvidar que en esta España dividida por viejas rencillas sobreviven con dificultad 4.600.000 parados. Los ciudadanos de este país no se merecen una revisión más de nuestro vergonzoso pasado, con una guerra entre españoles, que comenzó después de una alarmante crisis económica y política.

Es una auténtico disparate lo que está pasando. ¿Cómo se puede celebrar el día “1 de Mayo” con los principales líderes sindicales defendiendo al juez Baltasar Garzón, en lugar de exigiendo reformas para superar la crisis y frenar el desempleo? Si los sindicatos se movilizan por recuperar a los muertos, ¿cómo es posible que no lo hagan para reivindicar con contundencia la dignidad y el trabajo de millones de españoles? Es absolutamente deplorable que Cándido Méndez dedique en vísperas del día “1 de Mayo” más tiempo a defender a Garzón y a abrir procesos judiciales para resarcir el honor de los compañeros de UGT asesinados en 1936, que a las reformas laborales necesarias para detener la destrucción de empleo.

Resulta cansino tener que aguantar a esta nueva pléyade de héroes antifranquistas, orgullosos de defendernos de los fachas y falangistas. Debe de ser que intentan recuperar el tiempo perdido. O que quieren usurpar los méritos de otros muchos demócratas españoles que pusieron en riesgo sus vidas por defender las libertades. Pero no ahora, sino cuando Franco se paseaba placidamente por los montes de El Pardo.

Ellos mismos se delatan, cuando exhiben una escenografía guerracivilista y hablan de una realidad inexistente. Cuando gritan – delante de una inconstitucional bandera republicana– la ilegalización de sus supuestos adversarios. Si no fuera porque están reabriendo heridas que parecían cicatrizadas, habría que contratarlos de figurantes en una nueva versión de la “Escopeta Nacional” de Berlanga.

Lo que está pasando aquí –con una clase política desbordada por sus corrupciones y sus intereses particulares– es de juzgado de guardia. Hasta el lenguaje utilizado en las refriegas produce auténtico desencanto...

Es de bien nacidos recordar las grandezas y miserias de nuestros abuelos, incluso recuperar su memoria, pero sin perder nunca de vista la España que vamos a dejarles a sus nietos y biznietos.
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