Última actualización 23/04/2010@05:07:29 GMT+1
GRACIAS a él, viví en 1992 una de las experiencias profesionales más interesantes como periodista: los Juegos Olímpicos de Barcelona. Y gracias a él, España se quitó la caspa, el culto a las gestas aisladas de Bahamontes o Santana y la furia –muchas veces absurda– para transformarse en una primera potencia del deporte.
Hace apenas seis meses, concretamente a finales de septiembre, tuve la oportunidad de charlar por teléfono con Juan Antonio Samaranch, al que cogí preparando ya el viaje a Estocolmo para apoyar la candidatura olímpica de “Madrid 16”. Que concedieran la sede de los Juegos Olímpicos a Madrid era su último deseo, su última voluntad. Y así lo expresó emocionado en la capital sueca. Pese a su aparente frialdad, el padre del olimpismo moderno, también me confesó sus temores: la dificultad de que Madrid fuera la elegida.
Perdimos, efectivamente, esa batalla, pero su imagen se nos quedó grabada para siempre, aquella tarde de octubre, en el corazón de quienes amamos el deporte. Con 89 años, Juan Antonio Samaranch –como me confesó después su hijo– “estaba en perfecto estado de revista”. Iba todas las mañanas a su despacho de La Caixa, en la Avenida de Diagonal, después de hacer su correspondiente tabla de gimnasia, cada día menos exigente. (“El secreto –me confesó– está en comer poco y hacer ejercicio”).
Se ha repetido hasta la saciedad que con su muerte se apaga la llama olímpica. Que se pone fin a una vida intensa, de servicio al deporte y a España... Lo que no se ha dicho –porque este país es así de mezquino y cruel con los mejores– es que Juan Antonio Samaranch nunca se dejó llevar por sus simpatías o antipatías políticas a la hora de luchar para que el deporte fuera un vehículo de progreso y de entendimiento entre los pueblos. Había sido falangista –como esos peligrosos camaradas que quieren acabar con Baltasar Garzón–, pero también fue el primer embajador de España en Moscú, donde se honra su memoria con una estatua. En Lausana, su siguiente destino, hablar de Juan Antonio Samaranch es hablar de la figura más destacada de España, junto al Rey Juan Carlos. Lausana ha sido como su otra casa, y como prueba de agradecimiento, le donó su importante colección filatélica, que hoy se exhibe en el Museo Olímpico.
Es difícil poder encontrar a un español con una hoja de servicios tan brillante como la de Samaranch dentro del panorama internacional. Y sería tremendamente injusto hablar del despegue del deporte español en los años noventa sin destacar su obra. La última vez que escuché su voz, a través del teléfono, me recordó con cariño el trabajo desarrollado por Carlos Ferrer Salat con el Plan ADO a finales de los años ochenta, me mostró su preocupación por el doping y hasta me habló de la buena gestión que, a su juicio, está llevando a cabo el actual secretario de Estado para el Deporte.
Su tesón, su trabajo y su constancia –me explicaba su único hijo varón– le permitieron cruzar la meta a gran distancia de sus perseguidores. Incluso tuvo el detalle de regalar unos Juegos Olímpicos a su ciudad natal, Barcelona. Aunque sólo fuera por eso, el deporte español, y la Ciudad Condal de manera muy especial, han contraído una deuda impagable con Juan Antonio Samaranch. Esperemos que su “llama olímpica” no se apague ahora por culpa de algún “pelagatos sectario”, que remueva los orígenes falangistas del finado, acusándole de haber sido cómplice de las torturas franquistas...
Ni caso. Para los amigos de la anécdota, les contaré la que me confió Samaranch hijo, hace unos meses. Era el día de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Sydney y antes de empezar el discurso de apertura de aquellos Juegos le comunicaron al presidente del COI que su esposa, María Teresa Salisachs, muy enferma, acababa de fallecer en un hospital de Barcelona. Samaranch leyó su discurso inaugural, sin hacer referencia explícita a la muerte de su esposa, cogió después un vuelo con destino a Barcelona, asistió al sepelio y al día siguiente regresó de nuevo a Sydney con la familia olímpica.
“Era el presidente del COI y tenía que estar allí, al pie del cañón”, fue la explicación que le dio a su hijo. Que tomen buena nota algunas de las mediocridades que hoy campean por España.
P. D. Si todos hubiéramos seguido el ejemplo de José Bono, la crisis inmobiliaria nunca habría existido.