Última actualización 16/04/2010@12:55:12 GMT+1
El mismo día en que el gobernador del Banco de España instaba a una reforma laboral urgente, y justo el día después de que se hiciera pública la propuesta del Gobierno para abaratar el despido, los secretarios generales de UGT y CCOO –es decir, Cándido Méndez e Ignacio Fernández Tox – se manifestaban en la Universidad Complutense de Madrid en apoyo del juez Baltasar Garzón.
Si yo fuera afiliado a cualquiera de estos dos sindicatos –y a punto estuve de serlo, cuando formaba parte del comité de empresa en “Tribuna de Actualidad”–, me daría de baja inmediatamente.
Me parece intolerable, con la que está cayendo, tener que contemplar a los dos principales líderes sindicales de este país, delante de una bandera republicana, haciéndose partícipes de las graves acusaciones vertidas contra el Tribunal Supremo. Una especie de aquelarre, donde Franco volvió a ser protagonista, treinta y cinco años después de su muerte. Sinceramente, creo que nos hemos vuelto locos.
Por el hecho de que el juez Baltasar Garzón tenga que defenderse ante el Tribunal Supremo de tres graves acusaciones, como –por cierto– lo hacen cada día miles de ciudadanos en otros tantos procedimientos, no puede calificarse a los miembros del Tribunal Supremo de torturadores y fascistas. Al juez Baltasar Garzón sólo le piden sus compañeros del Supremo que responda de sus actos, como cualquier hijo de vecino. Que yo sepa, nadie le ha llamado delincuente, ni nadie ha pisoteado sus méritos, que los tiene.
Luego, entonces, lo mejor que pueden hacer los líderes sindicales –además, de preocuparse seriamente por la creación de empleo– es callarse y dejar a la justicia que actúe sin interferencias. Ni el juez Garzón es un delincuente –estoy seguro de ello–, ni el Tribunal Supremo está compuesto por una panda de fascistas, cómplices de un régimen dictatorial, durante el cual muchos de los que ahora gritan permanecieron entonces callados como tumbas. Resucitar a Franco cada vez que se produce algún auto o sentencia que no le gusta a la izquierda, con un lenguaje guerracivilista, me parece una falta de responsabilidad. Estamos poniendo en tela de juicio uno de los principios fundamentales de la democracia: la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.
Fue tan lamentable y vergonzoso el ataque del ex fiscal Anticorrupción, Carlos Jiménez Villarejo, al Tribunal Supremo que casi no merece la pena abundar más en los insultos vertidos por el tío de la ministra de Sanidad. Él solito se retrata con acusaciones impropias de un ex fiscal, al que no se le conocen denuncias ni declaraciones contra el régimen franquista en el pasado, al menos mientras vivió Franco.
Y entonces sí que era importante atacar las actuaciones arbitrarias del Tribunal de Orden Público –del que parece tener cierta nostalgia– y denunciar las corruptelas y los comportamientos antidemócratas y franquistas de las más altas instituciones judiciales. ¿Dónde estaba entonces el fiscal Jiménez Villarejo?. Pues, como otros muchos, haciendo méritos para ganarse la confianza de aquellos “franquistas” que luego le auparon a nuevos cometidos en su dilatada carrera fiscal.
Les aseguro que Franco ha muerto –como se pudo comprobar por el acta de defunción solicitada por Baltasar Garzón–, pero los españoles no somos capaces de enterrarlo del todo. Me da bastante pereza tener que hablar del pasado, pero probablemente tuviera razón Manuel Vázquez Montalbán cuando reconocía que “contra Franco se vivía mejor”. Es posible que muchos de los que apoyan a Garzón lo hagan simplemente porque creen en su inocencia, pero, por favor, que lo hagan sin remover las heridas de una guerra entre españoles que nos persigue como una auténtica maldición.
Los fantasmas del pasado –incluidos los lagrimones de Arias Navarro, al comunicar el fallecimiento del dictador– no facilitan para nada la convivencia en democracia. Las diferencias políticas se sustancian en el debate civilizado, y dentro de un marco legal establecido.
En medio del esperpento y de la desmesura, el juez Baltasar Garzón ha conseguido dos objetivos: que se siga hablando de él en los periódicos y que se siga dividiendo aún más a los españoles.
Algunos se empeñan en ponernos delante de nuestras narices el maldito espejo retrovisor, en lugar de mirar al futuro. Me dicen que Almodóvar, Zarrías, Zerolo, Cándido y Toxo están al borde de un ataque de nervios.
Y todo por culpa del franquismo.
P.D. Bono ha explicado el origen de su elevado patrimonio. Sólo en el año 2008 ingresó un millón de euros. Todavía no había llegado la crisis.