Estamos en Semana Santa y las procesiones del Partido Popular vuelven a ser un calvario después del vía crucis. Y menos mal que las encuestas sobre intención de voto apenas penalizan los desmanes, las tropelías y las corrupciones. Además, Jaume Matas ha pedido la baja del partido, después de 17 años de militancia, y una fianza de tres millones de euros solicitada por la Fiscalía Anticorrupción por las siguientes imputaciones: malversación de caudales públicos, falsedad documental, prevaricación administrativa, fraude a la administración, blanqueo de capitales y delito electoral.
Si se demuestra que el ex presidente del Partido Popular en Baleares, y ministro de Medio Ambiente entre los años 2003 y 2007, es autor de los delitos arriba apuntados, tendría que prepararse para lo peor: 24 años de cárcel. Pero no adelantemos acontecimientos. Jaume Matas, como cualquier ciudadano, tiene derecho a la presunción de inocencia.
Mientras tanto, a los despachos de Génova vuelven los fantasmas del pasado. Mariano Rajoy comienza a sentirse secuestrado por un mal fario que le impide acercarse con paso firme y decidido a La Moncloa. “Seremos implacables en la lucha contra la corrupción”, ha proclamado nada más conocerse la decisión de Jaume Mata de pedir la baja en el Partido Popular. Para que nadie pueda decir que el jefe no es “implacable” contra la corrupción. Pues menudo es Mariano.
Una vez que ya tenemos constancia de la “dureza” con la que se ha empleado Mariano Rajoy en este lamentable asunto, sólo nos quedaba confirmar el tono en el que se manifestó el líder del Partido Popular cuando a última hora de la mañana sonó el teléfono en Génova y Soraya le anunció que el “imputado Matas” quería saludarle. Una vez tomadas todas las precauciones, comprobado también que Garzón estaba enredado en su propia defensa, se instaló el distorsionador de voz y Mariano respondió cordialmente, aunque sin disimular su disgusto con el compañero de gabinete en el segundo gobierno de José María Aznar.
- Buenos días Mariano, por decir algo. Sé que me has deseado lo mejor y quiero agradecételo en un momento tan delicado para mí. Soy consciente del daño que os hago pero, como tú mismo me sugieres, voy a demostrar mi inocencia.
La voz distorsionada de Jaume Matas se colaba entre las volutas del primer puro de la mañana, dejando en el ambiente un aire de honda preocupación.
- Mira, Jaume. No me está gustando nada lo que está pasando. Ni tampoco me está gustando ese aire de despreocupación que reflejas en las fotos, delante del dichoso palacete de Palma que te hiciste sin mi permiso.
- Pues, fíjate, que Maite –refiriéndose a Maite Areal, su esposa– había pensado invitaros a ti y a Elvira estos días a conocer la casa. Para que veas que no es tan espectacular como dicen. Es un palacete reconstruido con los ahorros de toda una vida y con la herencia que me dejaron los constructores…
- ¿Cómo dices?
- Perdón, perdón, ¿en qué estaría yo pensando? Me refiero a la herencia que me dejaron mis abuelos, mis bisabuelos y mis tatarabuelos, que como sabes era gente muy ahorradora.
- Pues ya podías haberles imitado, en lugar de emular a otros elementos peligrosos de cuyo nombre prefiero no acordarme. Mira que lo siento, pero voy a perderme en alguna casa rural de Guadalajara. Tengo que cargar las pilas y preparar el asalto al palacio de La Moncloa.
- El asalto a La Moncloa sería lo mejor que te podría pasar a ti, y también a mi, en caso de que el juez me mande a la trena, por un enriquecimiento consustancial a mis muchos años de servicio a mi tierra y a España.
- Mira, Jaume. Vamos a dejarlo, no vaya a ser que nos estén grabando. Y yo que tú le pondría rejas a las ventanas del palacete. Lo digo por tu seguridad.
- Al final, Mariano, tenías que mentar la bicha. No me hables de rejas, que tengo pesadillas y me veo durmiendo entre rejas, pero fuera de mi palacete.
En esto que aparece Soraya sofocada. Entre el personal de la limpieza ha visto unos bigotes sospechosos y un señor fornido, con el pelo blanco.
- Estamos rodeados, Mariano, grita Soraya.
Piden los periódicos y en la portada leen: el PP le pagó Jaume Matas 63.000 euros, después de haber abandonado la política.
Y luego nos quejamos de que se hagan palacetes.