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Hemeroteca :: Edición del 02/09/2011 | Salir de la hemeroteca
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Por Javier del Castillo
Última actualización 16/04/2010@12:53:06 GMT+1
Hace unos días, charlaba yo con el actor Enrique San Francisco y con su padre biológico, Vicente Haro, sobre el mundo del espectáculo y se me ocurrió preguntarle al progenitor por la influencia de la televisión en el mundo del cine y el teatro. Su respuesta fue clara y contundente: “la televisión ha traído mucho hijo de p., mucho inculto y mucho tartamudo. En mis tiempos, tipos así no podían trabajar”.

Era la opinión de uno de los grandes actores secundarios de nuestro país, sin prejuicios y sin contemplaciones. La opinión de un intérprete que hacía “Estudios 1” en TVE por mil pesetas, mientras algún compañero de reparto, como era el caso de José Luis Coll, le reclamaba “seriamente” al productor, “si no podía ser menos”.

Pero volvamos a la frase en cuestión de Don Vicente –“la televisión ha traído mucho hijo de p. (que cada cual libremente piense en alguno), mucho inculto y mucho tartamudo (con perdón para los afectados)”– y pongámonos en la piel del hijo recuperado. Pues bien. La cara de Quique San Francisco en ese momento lo expresaba todo. Y el inmediato comentario a las palabras del padre, al que conoció cuando ya casi era mayor de edad, tampoco tuvieron desperdicio. “Tú, papá, moderado ¿eh? Como siempre... Disculpa, pero mi padre está de vuelta de todo”.

A continuación, intentó reconducirle en sus expresiones, subrayando las cosas buenas de la profesión, pero sin percatarse de que el buen señor, a sus ochenta años, no estaba dispuesto a moderarse, ni tampoco a dejarse seducir por un discurso políticamente correcto. “¿La profesión, la profesión...? Que le den por el culo a la profesión”, insistía el padre de la criatura, antes de darle un repaso a la clase política en general, y a Zapatero en particular: “me ha desencantado, me ha dado el pego”.

Traigo a colación el pasaje de esta reciente entrevista en el Teatro Maravillas de Madrid porque retrata con bastante realismo la hipocresía y la superficialidad en la que vivimos. La libertad y la anarquía de personajes como Vicente Haro me parecen saludables, y sin embargo están en desuso. Opinar con libertad, decir en voz alta lo que verdaderamente pensamos, criticar lo que no nos gusta..., no es tarea fácil, y menos en tiempos de crisis. Acarrea problemas, provoca disgustos y muchas veces sólo se lo permiten quienes están “de vuelta”. Quienes, en definitiva, ya no necesitan de un contrato en televisión para sacar adelante a los suyos.

Por eso tienen tan poco éxito en nuestro país los políticos que se salen del guión y construyen un discurso propio. Por eso se producen clamorosos silencios en determinas esferas de la vida política, y por eso es tan opuesto y contradictorio lo que se dice en privado y lo que se dice en público. Y también por eso se arma tanto revuelo ante cualquier declaración polémica, inoportuna y a destiempo.

El ejemplo más reciente lo acabamos de ver en las declaraciones de Jaime Mayor Oreja sobre la política antiterrorista del Gobierno. Acusar a Zapatero de connivencia con ETA me parece muy grave, y más aún si no se aportan las pruebas, pero tampoco deja de ser una opinión. La opinión –probablemente equivocada– de una persona que lleva muchos años denunciando el doble lenguaje de los terroristas. Mayor Oreja puede ser ya el pasado, pero tiene la experiencia de haber vivido en sus propias carnes el engaño y la mentira de quienes ejercen la violencia. Y sabe muy bien que el mejor terrorista es el terrorista detenido o en la cárcel, cumpliendo la pena que le corresponda por sus asesinatos.

¿Se ha equivocado Jaime Mayor Oreja al decir que la negociación con ETA no está descartada? Por supuesto. Pero, como también se equivocan los que se lanzan a su yugular. Porque, no nos olvidemos de una cosa: esas sospechan del portavoz del PP en el Parlamento Europeo obligan a muchos socialistas a reconocer y recapacitar sobre los errores que cometieron en la anterior legislatura. Incluso hasta al ex presidente José María Aznar tendría que entonar el mea culpa.

Por lo tanto, un poco de calma, pero no sólo para Jaime Mayor Oreja, sino también para los que han hecho del engaño casi una constante en sus vidas.

Me apunto a la moderación en temas como el terrorismo, pero reivindico la valentía de quienes, como Vicente Haro, dicen en cada momento lo que piensan.

Aunque luego se arrepientan.
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