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Hemeroteca :: Edición del 02/09/2011 | Salir de la hemeroteca
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Por Javier del Castillo
Última actualización 12/03/2010@03:32:13 GMT+1
Y no me refiero a un plan para estas vacaciones de Semana Santa, ni a un plan para detener la pérdida de puestos de trabajo. Celestino Corbacho tiene un plan de pensiones porque no lo ve muy claro, o porque pretende complementar el día de mañana la retribución por sus servicios prestados y por las cotizaciones devengadas. También tienen plan de pensiones privado María Teresa Fernández de la Vega, Miguel Sebastián, Elena Espinosa y Soraya Sáenz de Santamaría.


El presidente del Gobierno ha negado que lo tenga –aunque había declarado en el año 2004, a la revista “Inversión”, que no sólo tenía uno, sino dos planes de pensiones–; y tampoco dice tenerlo Elena Salgado, vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Economía y Hacienda. Ni el titular de Fomento, José Blanco. Cada uno se hace el plan que quiere y cada uno es muy libre de hacer con sus ahorros lo que le dé la gana, si los ha adquirido legalmente.

Me parece que este debate sobre los planes de pensiones privados no tendría demasiado recorrido, si no fuera porque subyace dentro del mismo una preocupación más que evidente por el futuro a medio plazo del actual sistema de pensiones. Y Celestino Corbacho sólo ha dicho en voz alta lo que piensan en estos momentos muchos compañeros de Gobierno, bastantes políticos de la oposición y millones de ciudadanos. Otra cosa es que no sea prudente y aconsejable decirlo.

¿Y por qué no es prudente decirlo? Pues, sencillamente, porque ésta propuesta de ahorro privado, pensando en la vejez, crea más temor e incertidumbre todavía entre la población, y porque no propicia precisamente el incremento del consumo, que tanto se necesita para reactivar la economía. ¿Quién va a gastar alegremente lo que puede necesitar cuando se jubile?

Mientras Manuel Chaves bostezaba el otro día en el Congreso de los Diputados –quizás porque había dormido mal pensando en la jubilación– y el juez Baltasar Garzón intentaba con recusaciones librarse de la persecución de la justicia –que no de la persecución del Partido Popular, como algunos socialistas tratan de dar a entender en sus declaraciones–, la actualidad política española volvía a girar sobre el futuro sombrío de nuestra economía.

No me parece mal que un ministro aconseje a los ciudadanos suscribir planes privados de pensiones, pero con un pequeño matiz: para conseguir el objetivo que propone Celestino Corbacho se necesita disponer de dinero sobrante, del que no disponen millones de familias españolas porque no tienen trabajo, o porque bastante tienen ya con llegar en números negros a final de mes. Los planes de pensiones, como las inversiones en Bolsa o en Deuda Pública, son inaccesibles para millones de españoles sin trabajo. Con la que está cayendo, sorprende que un ministro socialista –sensible ante los problemas sociales– sugiera planes de pensiones, en lugar de poner remedio a una situación precaria, que anula la capacidad de ahorro de los ciudadanos.

En el ecuador de la segunda legislatura de Zapatero, con unos indicadores económicos realmente alarmantes, me parece una provocación la autocomplacencia y el optimismo de este Gobierno. “Estoy contento con el equipo que tengo”, mentía el otro día con descaro en una entrevista televisada y hecha a su medida el presidente del Ejecutivo. Como si fuera Pellegrini...

Tan contento se siente el presidente del trabajo de los suyos, que no acabo de comprender esa remodelación ministerial que todo el mundo da por hecha a la vuelta de las vacaciones de Semana Santa. Y, si tan confiado está en su proyecto político y económico Zapatero, ¿por qué lo cambia y lo modifica cada día, provocando clamorosos despistes en los ministros de su gobierno? Si se desmienten y se corrigen más que los testigos del caso Gürtel....

La vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega –que ha pasado ya a ser la segunda de la fila, y en expectativa de destino–, desmiente por la tarde lo que dice por la mañana la vicepresidenta segunda –que ya casi es la primera–, Elena Salgado, o viceversa. Los mensajes son muchas veces confusos y contradictorios. Como si los ministros tampoco supieran qué tienen que decir en cada momento.

O como si no tuvieran un plan, cosa que sí tiene Celestino Corbacho, aunque no sea precisamente un plan serio y eficaz para impulsar la creación de empleo.
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