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En la onda

Javier del Castillo

Última actualización 16/04/2010@12:54:47 GMT+1
Mientras algunos líderes y mandatarios políticos van a rendirle pleitesía al centro hospitalario o residencia donde le cuida un ejército de camaradas y vasallos, centenares de presos políticos –es decir, ciudadanos cubanos que no piensan como él– se pudren o se mueren en las cárceles de la isla caribeña.
Detrás de ese chandalito de rebajas con el que recibe el comandante a sus amigos y correligionarios, esconde Fidel Castro la crueldad y la miseria de una dictadura que se prolonga ya demasiado.

La muerte del disidente Orlando Zapata, después de 86 días en huelga de hambre y siete años entre rejas, es la prueba más evidente de la flagrante violación de los derechos humanos que sigue existiendo en Cuba. A sus 42 años, este preso político ha perdido la vida, para vergüenza de los demócratas –incluido, por supuesto, el presidente del Gobierno español– que hasta ayer seguían confiando ingenuamente en una transición pacífica en nuestra antigua colonia. Estamos ante un presunto crimen de estado, para vergüenza de esos progres de izquierdas que tratan de justificar lo injustificable, mientras pasean por las playas de Varadero o por el malecón de La Habana con los gastos pagados.

El bloqueo americano, que siempre se ha esgrimido como el principal problema de Cuba, no puede servir todavía de excusa para la socialización de la pobreza, ni para la imposición de un socialismo trasnochado y de un régimen totalitario. La revolución castrista es ya un camelo, aunque le sigan teniendo tanto cariño Luis Eduardo Aute, Miguel Bosé o Cayo Lara.

Por supuesto que hay que ayudar a Cuba desde la solidaridad, pero denunciando al mismo tiempo la persecución de los cubanos que consideran que su revolución socialista no es más que una mentira, un engaño y una estafa.

Intentar que mejoren las condiciones de vida de los cubanos es una cosa, y otra muy distinta hacerlo a espaldas de una grave y triste realidad: la violación de los derechos humanos. La hipocresía de cierta izquierda, trasnochada y nostálgica, queda en evidencia cuando comprobamos que en ese supuesto paraíso sus habitantes no gozan de los derechos más elementales. Cuando vemos que personas inocentes acaban en la cárcel por expresar libremente lo que piensan... Por disentir de un gobierno que ni siquiera tiene el aval democrático de haber sido elegido en las urnas.

Las dictaduras son condenables siempre. Y no puede haber distinciones, en función del perfil político del dictador que las sustenta. Por esta razón, duele más la escasa capacidad de reacción y la cobardía de nuestro gobierno, que se limitó a decir en un primer comunicado que “lamentaba” el trágico desenlace, es decir la muerte de Orlando Zapata. Ni la honda preocupación, ni las supuestas alusiones de Zapatero en la Sala de Derechos Humanos de Ginebra al respeto a la vida –con la cúpula de Miquel Barceló como testigo– pueden ocultar tanta vergüenza y tanta cobardía. Incluso aunque se rectificara al día siguiente, con una protesta más contundente de Rodríguez Zapatero.

Cuando se defiende la libertad y la justicia hay que tener la suficiente valentía y arrojo para decir, desde la primera tribuna que se te ponga delante, que Cuba tiene presos políticos y que ha dejado morir a uno de ellos, que además estaba en huelga de hambre, como lo estuvo también aquí hace ya tiempo el terrorista De Juana Chao. Eso es lo que cualquier defensor de los derechos humanos tiene que hacer, sin temer a las consecuencias. Decir que se “lamenta” la muerte de un inocente o que vamos a colaborar en la transición de Cuba hacia la democracia es como predecir que la próxima primavera será exuberante después de las intensas lluvias de este invierno. Y, menos mal que alguien le debió de leer la cartilla a Zapatero para que exhibiera, con el consabido retraso, una mayor contundencia contra la dictadura castrista.

Si nuestro Gobierno no levanta la voz ahora, cuando está presidiendo la Unión Europea, ¿cuándo piensa hacerlo? ¿Cuando Miguel Ángel Moratinos vaya a Cuba e interceda por la liberación de alguno de los disidentes cubanos encarcelados?.

¿O cuando Zapatero consiga convencer a los hermanos Castro, con su discurso florido y su demagogia, de que ya va siendo hora –después de más de cincuenta años de dictadura– de dejar que el pueblo cubano salga libremente a la calle y tome la palabra?.

Aunque mucho me temo
que seguirán a lo suyo,
sin hacernos ni puñetero caso.
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