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Hemeroteca :: Edición del 02/09/2011 | Salir de la hemeroteca
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Por Javier del Castillo
Última actualización 19/02/2010@07:31:09 GMT+1
SALVO algunas ocurrencias y aportaciones de escaso calado, el debate del miércoles entre Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy fue una repetición del anterior, y casi un calco del discurso que uno escucha cada día y por separado a estos dos “prohombres” de la política española.
La gravedad de la situación me había hecho abrigar ciertas esperanzas. Incluso me animó a subir el volumen del televisor. Pero, no hubo manera. Ni siquiera la que está cayendo hizo posible el milagro. Cada uno de los actores principales interpretó su papel, siguiendo el guión de siempre, con aire cansino; con desprecio mutuo y dentro de la línea de mediocridad a la que nos tienen ya acostumbrados.

El presidente Rodríguez Zapatero, faltaría más, propuso acuerdos en cuatro grandes temas, mientras que el líder de la oposición, Mariano Rajoy, se negó a entrar en ese juego peligroso del consenso, pues podría hacerle partícipe también a él del desastre al que nos conduce este Gobierno. Rajoy, eso sí, puso sus condiciones, premeditadamente inaceptables, para reclamar después a los diputados socialistas el relevo de Zapatero. En lugar del “Zapatero, váyase”, al presidente del PP no se le ocurrió otra cosa que pedir ayuda al equipo contrario.
Pues, ¿qué quieren que les diga...?. Me parece que alimentar la sedición dentro de las filas socialistas es en este momento una utopía y un alarde de ingenuidad más propios del actual presidente del Gobierno, que de un líder de la oposición con una larga experiencia en la vida política.

Pedir a los socialistas que se carguen al capitán del equipo –recordando quizá la caza y captura de Adolfo Suárez en 1981– me parece una pretensión ridícula, por mucho que se le vea tocado. Incluso sus compañeros del PP le podrían acusar de cierta dejación de funciones. Si alguien tiene que cobrarse la cabeza de Zapatero, ese es precisamente el candidato del principal partido de la oposición, pero en unas elecciones. Lo demás son fuegos de artificio.

El líder de la oposición, como le recordó Zapatero en su momento de mayor lucidez, tiene que ganar esa batalla en las urnas. Pero, para eso, debe ofrecer su propia alternativa, y dejarse de sugerencias descabelladas y enredos tan peligrosos como ineficaces. Sobre todo, cuando el liderazgo de uno mismo no es del todo convincente. Aplíquese el cuento, señor Rajoy, es lo primero que pensaría el miércoles pasado más de la mitad del hemiciclo, incluidos algunos diputados populares.

Me parece bien que se pida eficacia a un Gobierno sobrado de discursos y de buenas intenciones. Me parece bien que se le diga a Zapatero: póngase manos a la obra. Me parece igual de bien que el líder de la oposición le recuerde desde la tribuna del Congreso a Zapatero que los ciudadanos ya están hartos de propuestas –las mismas, por cierto, que ya ha planteado el presidente en anteriores comparecencias– que se lleva el viento. Pero lo más grave de la situación que estamos viviendo no es que Zapatero se resista a admitir la enorme gravedad de la crisis, sino que quiera afrontarla con la puesta en marca de una nueva comisión.

Si con cuatro millones de parados, un déficit público del 11 por 100, una crisis de confianza en los mercados financieros internacionales y una política de austeridad que no aparece por ningún lado, al presidente del Gobierno sólo se le ocurre crear una comisión con Elena Salgado, José Blanco y Miguel Sebastián, apaga – incluso las bombillas de bajo consumo que nos regaló este último - y vámonos.

Las comisiones, como los debates y las mesas de negociación, están bien para entretener al personal, pero nunca para solucionar problemas. Son el viejo truco para salir del paso y no coger al toro por los cuernos. A estas alturas del partido, pensar que Elena Salgado, José Blanco –antes “Pepiño”– y Miguel Sebastián van a conseguir grandes acuerdos para sacarnos de la crisis, es como imaginar a Mariano Rajoy bailando flamenco en la Feria de Sevilla o montando a caballo en el Rocío.

Eso sí, ya tenemos otra comisión dispuesta a marear la perdiz. Pero ganar tiempo, hasta ver si las cosas se arreglan por sí solas, puede significar el suicidio político de Zapatero. Y no sólo eso. Puede significar algo peor: llevar al país al desastre.

La oposición, visto lo visto, no está dispuesta a salvarle los muebles al Gobierno, aunque los ya denominados “tres mosqueteros” les persigan por la calle Génova o por los pasillos del Congreso.
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