Última actualización 12/02/2010@05:29:53 GMT+1
LA reanudación de las sesiones parlamentarias, interrumpidas por la vacaciones de Navidad a mediados de diciembre, han vuelto a poner en evidencia algunos de los males que aquejan a nuestro país y a nuestro sistema democrático.
Zapatero se siente aparentemente tranquilo y feliz, en ese estado de inocencia y de optimismo que tanto les gusta a los niños, como se comprobó en su reciente encuentro con un grupo de ellos en los pasillos del Senado. “No estamos peor que hace seis meses”, afirmó sin inmutarse el presidente del Gobierno, aunque no estaría de más recordarle que quizás sí estén ahora mucho peor el medio millón de parados más que tenemos, y que todavía conservaban el puesto de trabajo en el mes de agosto.
Mientras Angela Merkel y Nicolás Sarkozy impulsan el plan de la Unión Europea para rescatar a Grecia –que está todavía peor que nosotros–, el gobierno de España, que en estos momentos preside la UE, bastante tiene con ocuparse de lo nuestro y explicar en los foros económicos internacionales que vamos a reducir el déficit y que no estamos tan mal como dice el “Financial Times” y un grupo indeterminado de conspiradores detectado por el ministro José Blanco. Es verdad que tenemos problemas, pero “los ciudadanos empiezan a tener un punto de confianza en el futuro superior al que tenían hace unos meses”. La frase entrecomillada es de Celestino Corbacho, el ministro de Trabajo que más capacidad de aguante está demostrando en la historia reciente de la democracia.
En el otro rincón del cuadrilátero, apoyado sobre las cuerdas, aparece Mariano Rajoy con su discurso cansino y monótono sobre la improvisación del Gobierno, la incompetencia y la falta de credibilidad. En definitiva, el desasosiego. ¿Y de las propuestas y alternativas de la oposición hay algo, Don Mariano? Pues no. Es preferible quemar a Zapatero a fuego lento, en medio de una crisis que reclama menos discursos y más soluciones, que colaborar con él para sacar a España del agujero en el que se encuentra.
Aunque reconozco que no es santo de mi devoción, creo que Josep Antoni Duran Lleida tiene toda la razón cuando propone un pacto nacional antes de que sea demasiado tarde. Incluso, si fuera preciso, el incombustible dirigente de CiU subiría al altar, juntaría sus manos y pronunciaría el “daos fraternalmente la paz” delante de Rajoy y Zapatero.
Otra alternativa podría ser pedirle a José Bono que les diera un “sermón” a los líderes de los dos grandes partidos, aun a riesgo de ser acusado de intrusismo y de acelerar su proceso de excomunión por haber apoyado la reforma de la ley del aborto.
Bromas aparte, lo que menos necesita España en estos momentos son sermones. Las palabras sobran. Este país demanda con urgencia medidas eficaces y consensuadas para detener la caída y para apuntalar unas bases sólidas que faciliten esa recuperación que pregona Zapatero, aunque la mayoría de los indicadores económicos se empeñen en no darle la razón. Y, sobre todo, necesitamos políticos menos pendientes de las próximas elecciones y más preocupados por solucionar los verdaderos problemas: el paro, la deuda pública, la mejora del nivel de la enseñanza, el prestigio de España en el exterior, etc, etc, etc.
También sería bueno para el Gobierno y para la oposición –y no es la primera vez que lo digo– que se definieran de una vez por todas en asuntos transcendentales para nuestro futuro, en lugar de empeñarse sólo en debatirlos. ¿Qué quiere hacer el Gobierno con la energía nuclear?. ¿Qué proyecto tiene Mariano Rajoy en política de inmigración y de pensiones?. ¿Por qué no explican, de forma clara y contundente, qué medidas están tomando para reducir el gasto público y para conseguir que el déficit del Estado vuelva a ese 3 por 100 que tenía antes de la crisis?
Me temo que no hay respuesta, ni a estas ni a otras muchas preguntas que me dejo en el tintero para no aburrirles. Pero no porque no la tengan, sino por miedo a perder votos en las urnas. Aquí –al contrario que ocurre en Alemania, Francia o Inglaterra– no conviene molestar a los sindicatos, no se puede alarmar a los jubilados y no es recomendable anunciar unos meses antes de ir a las urnas medidas drásticas para salir de la crisis.
Así que seguiremos perdiendo el tiempo en debatir quiénes somos, dónde estamos y de dónde venimos.