Última actualización 15/01/2010@06:41:42 GMT+1
EL vídeo con las imágenes desoladoras de Puerto Príncipe, capital de Haití, venía precedido por un vídeo publicitario –anuncio de una popular marca de vermú– en el que aparecían chicas guapas, piscinas de lujo, coches descapotables y un gran chalé.
Antes de escuchar el grito desgarrador de una mujer pidiendo ayuda entre los escombros, todos aquellos que quisieran ver el alcance de la catástrofe que asola al país más pobre del hemisferio occidental en un periódico digital tendrían que recrearse previamente en la hipocresía del mundo occidental.
Dos escenarios tan antagónicos, tan desmesuradamente opuestos, convivían en un mismo espacio, y casi en un mismo documento visual. La miseria, el sufrimiento y la injusticia llegaban detrás de una cortinilla de lujo, de riqueza, pero también de miseria e hipocresía. Hubiera sido más congruente con la realidad que muestran las imágenes dantescas de Puerto Príncipe un anuncio de Manos Unidas, de Médicos Sin Fronteras o de la Cruz Roja. Pero esto es lo que hay. Las desgracias acaban cegándose con los más débiles, entremezcladas con unas chicas monas y unos vasos de vermú.
Como aquí ya vale todo, quizás ni nos damos cuenta del papel tan importante que desempeñan los medios de comunicación en situaciones dramáticas, como la que se está viviendo estos días en Haití. Sin ir más lejos, esta misma mañana, un padre angustiado llamaba a la radio pidiendo ayuda para localizar a su hijo, residente en Haití. Media hora después, en esa radio desde la que se había transmitido el mensaje –concretamente en Onda Cero–, recibíamos la llamada de un amigo del hijo de este señor asegurando que Javier, como así se llama el joven trabajador de una compañía aérea, se encontraba a salvo, aunque incomunicado. La buena noticia llegaba a través de las ondas y el padre, Antonio, la conoció por boca de Carlos Herrera. El hombre daba las gracias emocionado, entre sollozos, y nervioso por la necesidad imperiosa de compartir la buena noticia con su mujer.
No es la primera vez que se produce una situación parecida. Ni será la última. En momentos dramáticos, una llamada, una voz, o incluso una pista, pueden aliviar las más terribles pesadillas. Es entonces cuando se reafirma y consolida el papel de los medios de comunicación como un servicio público, e incluso como un vehículo de solidaridad. La gente recurre a la radio o a cualquier otro canal de comunicación para solicitar auxilio o para encontrar alivio a su desesperación. Muy especialmente, cuando pierde la pista a un ser querido que se ha podido ver involucrado en una catástrofe.
En situaciones como estas, cuando la información y el servicio público prevalecen sobre el interés meramente económico o sobre la basura que alimenta las cuotas de pantalla y los bolsillos de algunos impresentables, es cuando se recupera el prestigio y la credibilidad de los medios. Esa credibilidad que tanta falta nos hace.
Deberían de tomar buena nota de ello algunos especímenes que se enriquecen a costa de montajes o escándalos, y que reciben incluso galardones como el Premio Ondas –me estoy refiriendo a Jorge Javier Vázquez–, aunque su único mérito sea el de estar dispuestos a todo para desacreditar a quienes les canta las verdades del barquero.
La venganza no se hace esperar, sobre todo si la persona que les critica goza de popularidad. Lo hemos visto recientemente con Isabel Gemio, a la que se ha intentado linchar, valiéndose de una sobrina con problemas, a la que le dieron 18.000 euros, pero con la condición de que llamara de todo, menos bonita, a la tía que la acogió en su casa y la trató de ayudar.
La gran noticia, que supuestamente justificaba una entrevista de casi dos horas, era que la sobrina vivía y trabajaba en la casa de su tía Isabel, a cambio de un módico sueldo, aguantando su mal humor y sin poder hacer uso de la piscina. Eso es lo que dijo, pero vaya usted a saber... En opinión de Jimmy Giménez Arnau –otro sinvergüenza más–, no la dejaban hacer uso de la piscina porque no sabía nadar.
Entrar en este cúmulo de bajezas y de miserias, cuando más de cien mil personas han podido perder la vida en Haití, me parece un escándalo. Un escándalo que sirve para sembrar dudas y perjudicar a medios serios y a los compañeros comprometidos con la tarea de informar.