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Hemeroteca :: Edición del 02/09/2011 | Salir de la hemeroteca
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Por Javier del Castillo
Última actualización 31/12/2009@02:15:41 GMT+1
NuNCA me ha gustado el recordatorio de las noticias más destacadas del año. El resumen del año –salvo raras excepciones– dedica demasiadas páginas a catástrofes, crímenes horrendos, guerras, noticias conmovedoras y los correspondientes obituarios de gente muy valiosa y querida que nos dejó a lo largo de los últimos 365 días.
Las buenas noticias –la mayoría éxitos deportivos– difícilmente pueden compensar tanta amargura.

Por lo tanto, despedida y cierre. El 2009 es un bueno año, pero para olvidar. Para olvidar que se ha multiplicado por cinco el déficit público, que el paro sigue creciendo, aunque más despacio, y que hasta el presidente de los empresarios, Gerardo Díaz Ferrán, se ha solidarizado con algunos de sus colegas y ha tenido que cerrar. Air Comet no daba para más. El panorama, como ven, no es demasiado alentador. Así que mejor olvidarlo y confiar en que, por muy malo que sea el 2010, será casi imposible que pueda superar las cuotas negativas del anterior.

Pero antes de pasar al “próspero” Año Nuevo, con el Concierto de Navidad y los Saltos de Esquí incluidos, permítanme que le dedique un pequeño homenaje a uno de los eslogan que más éxito popular lograron en la España de la transición. Se titulaba, genéricamente: “prohibido prohibir”. Dentro de estas dos palabras se resumía el clamor de la calle: el deseo de libertad. Después de tanta represión, los ciudadanos reclamábamos la mayoría de edad democrática, el derecho a equivocarnos solos, sin tener que pedir permiso a la autoridad. Pero, eso sí, respetando también la libertad de los demás.

La propia sociedad española que puso de moda aquel eslogan, se encargó después de meterlo en el baúl de los recuerdos. Ya no lo necesitábamos. El “prohibido prohibir” había dejado de ser una reivindicación, una vez consolidada la democracia en España. Sin embargo, la tentación de legislar y prohibir no ha desaparecido en los políticos de turno. Es más, parece el recurso fácil de algunos dirigentes, que intentan moldear a su capricho los usos y costumbres de los ciudadanos a los que dicen representar.

El ejemplo más reciente lo tenemos en la pretendida prohibición de las corridas de toros en Cataluña. La iniciativa es, sin lugar a dudas, un atentado contra las libertades y los derechos civiles de las personas que quieren ver los toros. Desde la barrera o desde la última andanada. Un atentado contra aquellos aficionados que quieren disfrutar de un espectáculo y hasta ver triunfar –porque les da la real gana– a José Tomás en la Monumental de Barcelona. Pues bien, ese ejercicio de libertad nos lo quieren cercenar unos señores a los que nadie obliga a ir a los toros, ni mucho menos a los mataderos donde cada día mueren miles de animales, que luego degustan ellos en restaurantes de lujo, con cargo a los presupuestos de la Generalitat.

Propuestas como la del Parlamento de Cataluña sirven para comprender mejor la desafección que empezamos a sentir algunos españoles por una clase política que toma las decisiones en función de sus propios intereses. Sin que exista, como es el caso, una clara demanda social.

A los catalanes les pueden gustar más o menos los toros, pero seguro que la gran mayoría de ellos –taurinos auténticos, mediopensionistas y los que confunden una verónica con un natural– no están a favor de prohibiciones que nadie demanda. Para ir a los toros –se lo recuerdo a quienes parecen desconocer tamaña evidencia– no hay que llevarse por delante a nadie. Basta con pasar por taquilla, pagar una entrada y sentarse a ver la evolución de la lidia, sin que existan en el cerebro preconcebidos instintos asesinos, ni un avieso deseo de disfrutar con el sufrimiento de un animal.

Mi afición a los toros es bastante comedida. No pasa de las fiestas de San Roque, en Sigüenza, de alguna corrida del abono en San Isidro y de la tarde de septiembre en la que el director de este periódico encuentra el cartel más interesante en el Paseo de las Cruces. Soy un simple aficionado que pregunta al vecino –también de página, por supuesto– si el toro embiste mejor por el lado derecho o tiene más recorrido por el pitón izquierdo. O embiste, como Carod-Rovira, cuando estás desprevenido.

Pero, qué le vamos a hacer. Al menos, la propuesta de los nacionalistas ha conseguido estimular mi afición taurina. Mi afición por la Fiesta Nacional... y de Cataluña.
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