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Hemeroteca :: Edición del 02/09/2011 | Salir de la hemeroteca
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Por Javier del Castillo
Última actualización 11/12/2009@05:16:49 GMT+1
ME refiero a un problema concreto, entre los muchos que tenemos. Me refiero al problema de falta de firmeza en la resolución de algunos conflictos que hay abiertos en la esfera internacional. Se nos ha perdido el respeto, o al menos eso se deduce del trato que estamos recibiendo de Marruecos en el caso de Aminatu Haidar, o del Reino Unido, a cuenta del conflicto de Gibraltar. Amigos, sobre el papel, pero enemigos cuando surge el mínimo desencuentro.
Para empezar, hay que dejar claro que Marruecos tiene un régimen político que está a años luz de lo que entendemos por democracia en el mundo occidental. Si llamáramos a las cosas por su nombre –algo que el Gobierno de España rehuye casi siempre– definiríamos a Marruecos como una dictadura, disfrazada de monarquía feudal, donde los derechos humanos se violan sin contemplaciones.

Sin embargo, y esto es más grave todavía, las relaciones políticas y económicas con Estados Unidos, así como los intereses establecidos con países europeos, invitan a mirar para otro lado. Marruecos disfruta de un acuerdo de colaboración preferencial con la Unión Europea, pero su política exterior con sus vecinos del norte no está a la altura de las circunstancias.
Este trato de favor está exento para ellos de contrapartidas. Marruecos, por poner el ejemplo más reciente, no quiere saber nada de la activista saharaui en huelga de hambre. No piensa devolverle a Haidar el pasaporte y sugiere que el salvoconducto se lo dé el gobierno argelino. Como si Mohamed VI quisiera complicarle todavía más la vida “al país amigo del norte”, o más concretamente al jefe de la diplomacia española, Miguel Ángel Moratinos.

El ministro de Asuntos Exteriores es un gran negociador, un especialista del acuerdo –aunque ese acuerdo siempre favorezca al contrario-, pero carece de la firmeza necesaria para hacer prevalecer los intereses de España en los conflictos más enquistados. La activista saharaui tampoco se lo está poniendo fácil. Un mes de huelga de hambre, metidos en una especie de callejón sin salida, es demasiado tiempo. La vida de Haidar corre peligro, pero Marruecos no se inmuta. Ella se lo ha buscado, explican, al rechazar todas las propuestas que le ha trasladado en las últimas semanas el “cansino” de Moratinos.

El aeropuerto de Lanzarote se ha convertido en una especie de santuario a donde peregrinan los amigos del Pueblo Saharaui, incluidos los actores del “no a la guerra” que, por fin, se han dado cuenta de que los errores no tienen ideología. La película de Willy Toledo, Juan Diego Botto, Pilar Bardem o Alberto San Juan no ha cambiado de guión, pero sí de escenario. La España de Aznar –la del “fuerte viento de levante”– es hoy la España del pacifismo de Zapatero. Pero el resultado es todavía peor.

Los últimos acontecimientos –incluido, por supuesto, el secuestro de los tres cooperantes españoles en Mauritania– son la demostración más palpable de que la seguridad de los ciudadanos españoles en los países árabes no ha mejorado con la retirada de las tropas de Irak, ni con la gran aportación del presidente del Gobierno de España a la Alianza de las Civilizaciones. El “buenismo” enternecedor de Zapatero es tan loable como inútil a la hora de hacernos respetar en este mundo cruel. En este mundo que desprecia las concesiones y algo mucho peor: la cultura occidental.

Está claro que el terrorismo de Al Qaeda no tiene la sensibilidad suficiente para saber apreciar el cambio que se ha producido en España desde la llegada de Zapatero al poder. El terrorismo internacional se mueve por otros parámetros y por otros derroteros. Los enemigos son todos los “infieles”, que no piensan como ellos.

Sin embargo, el problema que más debería de preocupar a la diplomacia zapateril es la pérdida de poder e influencia de España en foros más cercanos a nosotros. Los desplantes y los gestos hostiles de quienes son, sobre el papel, nuestros socios, amigos y aliados, cuesta más asimilarlos.

Duele más, por ejemplo, que soldados ingleses disparen a boyas con la bandera española en aguas de Gibraltar, que el desprecio de Marruecos a los derechos humanos. Sin embargo, se piden disculpas, y aquí no ha pasado nada. Unos días después, varios agentes de la Guardia Civil son detenidos en el mismo lugar por perseguir más allá de las aguas jurisdiccionales españolas a una banda de narcotraficantes y tiene que pedir perdón hasta Rubalcaba.

Ir de bueno por la vida es un caldo de cultivo para las humillaciones.
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