Última actualización 13/11/2009@13:09:16 GMT+1
SI de algo no puede acusarse al flamante presidente de la Corporación RTVE es de no tener una dilatada trayectoria, ni una larga experiencia. Abogado y ganadero, fue tres veces ministro con la UCD, y una de ellas en la complicada cartera de Defensa, cuando todavía no se nos había pasado el susto del 23-F.
A sus 81 años, Alberto Oliart Saussol (Mérida, 1928) fue capaz de moderar los impulsos golpistas de algunos mandos militares, y ha vivido lo suficiente como para darse cuenta de que nunca es tarde si la dicha es buena, ni nunca hay que decir de esta agua no beberé. Incluso se puede ser a la vejez máximo responsable de la radio y la televisión pública, esa empresa que ha prescindido en los dos últimos años de 4.150 profesionales mayores de cincuenta años.
Les aseguro, antes de que me acusen de intolerancia, que me encanta el nombramiento de Oliart, por el indudable carisma y la moderación del elegido, y porque esta elección viene a demostrar que para ser presidente de la Corporación RTVE –antes Ente Público RTVE– no hay límite de edad, ni se necesita un perfil determinado. Cualquier candidato vale, por extraño que parezca, en la situación de deterioro del modelo de radio y televisión pública que viene arrastrándose desde la llegada de la democracia.
Respecto a la fecha de nacimiento de Alberto Oliart, mi opinión es que la edad biológica no se corresponde en numerosas ocasiones con la ilusión y la solvencia para ejercer un determinado cometido. Se puede ser más joven y más eficaz a los ochenta años que algunos lo son a los cincuenta mal llevados. En cuanto al desconocimiento del medio –“no sé nada de la tele”, ha reconocido Oliart–, basta repasar los nombres de los directores generales que ha tenido RTVE en los últimos 25 años para darse cuenta de que ese desconocimiento es casi una norma de la casa.
José María Calviño, primer director nombrado por el PSOE, era abogado, además de sectario; Luis Solana venía de presidir Telefónica y exhibía como únicos méritos los escudos de la UGT y del PSOE que mandó colgar detrás de la puerta de su despacho; Mónica Ridruejo –la primera directora general elegida por el PP– no sabía ni donde se metía, por no decir que no sabía ni donde estaba; Fernando López-Amor, diputado popular, la sustituyó con el fin de ejercer un mayor control político...
Lo mismo puede decirse de Pío Cabanillas, a quien sus servicios en RTVE le fueron premiados con el puesto de ministro portavoz en la segunda legislatura de Aznar, o de Carmen Caffarel, que pasó sin pena ni gloria por Prado del Rey, tras haber solicitado la excedencia en la Universidad Carlos III.
Los únicos directores que llegaron al cargo precedidos por una trayectoria profesional vinculada a los medios de comunicación, entre los años 1982 y 2009, fueron Pilar Miró –acosada por los “guerristas” hasta extremos casi inhumanos– ; Jordi García Candau –un superviviente al que los socialistas premiaron luego con la radio y la televisión de Castilla-La Mancha–; el periodista Javier González Ferrari –hoy presidente de Onda Cero– ; el cronista parlamentario de ABC, José Antonio Sánchez, y Luis Fernández, primer elegido de forma consensuada por socialista y populares, que llegó avalado por la gestión al frente de los informativos de la Ser y de Telecinco.
La propuesta de Rodríguez Zapatero, bien acogida por Rajoy, me parece que es el mejor homenaje que podíamos hacer a nuestros mayores. La televisión, un medio tan poderoso y tan manipulado, necesita de la moderación, de la prudencia, de la seriedad y de la reflexión de un hombre bueno, forjado en la tolerancia y en el consenso.
La transición política, de la que he sido y seré siempre un entusiasta defensor, se merece un premio como éste. Los políticos de aquella etapa representan el encuentro, la concordia y la tolerancia. El sectarismo y el enfrentamiento obliga a buscar la ecuanimidad en la UCD de Adolfo Suárez.
Pero no deja de ser un sarcasmo que contraten como máximo ejecutivo de RTVE a un octogenario, mientras se prescinde por razones de edad de profesionales veteranos y solventes, como mis amigos Luis Pancorbo, José Julio César Iglesias o Ángel de la Casa.
Espero que Oliart no haya perdido, al menos, la ilusión y las dotes de mando.