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Hemeroteca :: Edición del 02/09/2011 | Salir de la hemeroteca
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Por Javier del Castillo
Última actualización 06/11/2009@05:15:35 GMT+1
EL lunes, 9 de noviembre, se cumplen veinte años de la caída del Muro de Berlín. La barrera que había separado durante 28 años a los ciudadanos del Este y del Oeste en la capital alemana, símbolo vergonzoso de la Guerra Fría, fue derrumbada a golpe de democracia y de justicia.
En estos días, en los que se repiten aquellas imágenes de miles de personas encaramadas a una pared en busca de libertad, dispuestas a romper con mazos un aislamiento sin sentido, me parece oportuno analizar el significado de ese acontecimiento y las consecuencias que tuvo en la caída de otros muros levantados por las grandes potencias contra la paz y la libertad.

Es verdad que, con esto de las efemérides y los obituarios, uno acaba irremediablemente abocado al recuerdo, a la nostalgia y a la melancolía. Pero qué le vamos a hacer. Yo tengo muy presente en la memoria la “caída del muro”, como tengo muy presente la caída de muchos otros muros de intolerancia más recientes. Conviene aclarar –ahora que algunos olvidan la etapa de la transición– que en la España de entonces todavía vivíamos en la euforia de una democracia que creíamos definitivamente consolidada, después del susto del “23-F”.
Viajar en durante aquellos días de finales de 1989 a Berlín, para coger un trozo de hormigón del muro y celebrar in situ, con una jarra de cerveza, la reunificación alemana, era como disfrutar de las noches de Ibiza en los últimos años de la dictadura.

La euforia que se vivió aquel 9 de noviembre de 1989 y en los meses posteriores, al menos en Madrid, era inenarrable. Tener en casa un trozo de muro llevaba implícito un plus de modernidad y de europeismo democrático. Yo tengo un “pedrusquito” del muro de Berlín, aunque no sé muy bien dónde para en estos momentos. Lo tuve mucho tiempo en una estantería del salón, pero ya le he perdido de vista, quizás porque alguien creyó que era un resto de obra y lo metió en un cubo de la basura tras la última mudanza.

Lo tenía incluso colocado y protegido en una pequeña bolsa de plástico. ¿Cómo llegó a mis manos?. Se lo contaré más despacio. Aquel trozo de Muro de Berlín –supongo que sería auténtico y no un trozo de cemento de esas zanjas que tanto abundan en Madrid– me lo trajo el responsable de promociones de la revista en la que yo entonces trabajaba.

En enero de 1990 –después de saltar el muro de la revista “Epoca”– caí como intrépido reportero en la redacción de la revista “Tribuna de Actualidad”, con Julián Lago, un excelente periodista, al que el destino le ha deparado un final que no se merecía en una destartalada carretera de Paraguay. Les estoy hablando –para los más jóvenes– de una etapa en la que brillaba la “beautiful people”, con Mario Conde, Javier de la Rosa, Los Albertos, Los Boyer y Los Mariano Rubio de turno. Les recuerdo que eran unos años de vacas gordas, donde la ostentación y el dinero fácil eran una seña de identidad del cambio socialista, como llegó a reconocer Carlos Solchaga.

En aquella sociedad de nuevos ricos no tan lejana, la revista “Tribuna” tuvo el detalle de regalar a sus lectores un trozo del Muro de Berlín. Un trozo de historia, como se explicaba en la portada del semanario ya desaparecido. Como se lo cuento. El responsable de promociones –hoy quizás pondría en su tarjeta de visitas director de acciones especiales– se cogió un billete de avión a Berlín y compró un trozo insignificante de los 43 kilómetros de planchas de hormigón, que, debidamente troceado y empaquetado en pequeñas bolsitas, fue regalado con la revista.

Antonio Romero, creo que se llamaba el encargado de la operación, consiguió que esa semana agotáramos la revista. Era como llevarse del kiosco a casa una parte de esa historia que aparentemente terminaba con la caída del Muro. Sin embargo, para bien o para mal, el mundo sigue levantando barreras, unas veces en Alemania, otras en Jerusalén, o incluso en la frontera de México con Estados Unidos. Los alemanes del Este alucinaban cambiando sus viejos “Trabi” por los modernos Opel que fabricaban sus vecinos. Hoy las diferencias ya no existen.

Pero yo siempre recordaré ese “pedrusquito” del Muro de Berlín que guardaba metido en un plástico, como testimonio de algo que nunca debiera haber existido.
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