Última actualización 30/10/2009@00:52:06 GMT+1
SE nos ha ido uno de los más grandes: Sabino Fernández Campo. Sin apenas hacer ruido, se ha marchado un claro defensor de la democracia en España. Tuve la suerte de conocerle, al igual que a algunos de sus hijos –Miguel y Luis–, y a su segunda esposa, la periodista y escritora María Teresa Álvarez.
Hace año y medio nos citamos en el Club Social del Edificio de Colón, donde residió después de abandonar La Zarzuela, y charlamos junto a un descafeinado de máquina, con su hijo Luis como testigo. En aquella entrevista de casi dos horas que le hice para el “Magazine” de El Mundo, me habló principalmente de su familia, de su trayectoria y de la lucha para sobreponerse a no pocas desgracias, como la muerte de cuatro de sus diez hijos en plena madurez.
Sin embargo, no rehuyó otras cuestiones relacionadas con la vida política actual que le preocupaban. Aunque, eso sí, restando siempre importancia a su papel durante los primeros años de la democracia. “Se trata –me explicaba con voz pausada– de alternar con los que no piensan como tú, para poder llegar a acuerdos favorables para España”. ¡Qué lección para los tiempos que corren en esta España que tanto amaba! ¡Y de qué forma tan elocuente y sencilla lo contaba a sus noventa años recién cumplidos!
El mensaje de tolerancia que me regaló Sabino aquella tarde de marzo, con el aplomo del que siempre hizo gala, incluso en los momentos más tensos del 23-F, lo guardo como oro en paño, junto a la foto de familia de los años cincuenta que me mandó después, y en la que aparece con el pequeño Luis en brazos, junto a sus otros nueve hijos y a su primera esposa. Recuerdo perfectamente también –como si nos hubiéramos visto ayer– que salimos a la terraza, cuando el sol ya comenzaba a ocultarse tras los tejados de la Plaza de Las Salesas. Recuerdo, sin necesidad de acudir a la grabadora, algunas de sus palabras, cargadas de sensatez y bonhomía.
Los asuntos más duros –la muerte de cuatro de sus diez hijos en plena madurez– apenas le cambiaron el semblante, aunque me confesó que de esas ausencias ningún padre logra nunca recuperarse. A Sabino Fernández Campo, con tus noventa años cumplidos, le parecía que el hecho de tener una familia tan larga –diez hijos, veintiocho nietos y una docena de biznietos– era una razón suficiente para aumentar el cálculo de probabilidades en cuanto a las desgracias.
Pero, al lado de este Sabino humano y entrañable, que disimulaba con cierta ironía algunas de las huellas más amargas que le había marcado el destino, me encontré al Sabino preocupado por el presente y el futuro de España. “Yo, con noventa años –me comentabas, con cierta retranca–, prefiero no hacer planes de futuro. No tendría mucho sentido. Lo que le apetece a uno es empezar a pensar que esto se acaba”. Me lo dijo –y está grabado– hace año y medio delante de su hijo Luis, médico en el Hospital de la Cruz Roja.
Acostumbrado a estar en un segundo plano –“pero ayudando siempre al que estaba en el primero”–, Sabino Fernández Campo me contó también aquella tarde que se había sentido más a gusto e igual de útil en el papel de actor secundario, apoyando a Su Majestad el Rey. Yo, ahora que no puede incomodarse por los halagos, le diría que ese papel tan discreto fue fundamental para que el golpe del “23-F” se viniera abajo.
Intachable jefe de la Casa del Rey durante 17 años, Sabino Fernández Campo supo estar en su sitio cuando la democracia más le necesitaba: aquella noche del “23-F” en la que los tanques ya estaban preparados para salir a la calle. Nunca olvidaremos los demócratas de este país, querido Sabino, la respuesta providencial de “ni está, ni se le espera” que le diste al general José Juste, cuando este militar con casa en Sigüenza estaba a punto de salir hacia Madrid al mando de la Brigada Brunete, y quiso cerciorarse de que Armada estaba con el Rey dirigiendo las operaciones.
Tu honradez, tu lealtad y tu prudencia deben de ser una lección para todos. Tu servicio a España, defendiendo una endeble democracia, nos debe servir de ejemplo.
Sobre todo en estos tiempos de corrupción y de desconfianza.