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Hemeroteca :: Edición del 02/09/2011 | Salir de la hemeroteca
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Por Javier del Castillo
Última actualización 23/10/2009@05:36:01 GMT+1
LA incompetencia o la falta de argumentos no se pueden disfrazar, y mucho menos disimular, con absurdas discriminaciones de género que no existen. Las acusaciones de machismo a Mariano Rajoy, por criticar unos malos presupuestos y dejar en evidencia a la vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Economía, Elena Salgado, no hay por donde cogerlas.
Bueno, sí: son la única excusa que parece tener el Gobierno para explicar otra derrota. Y para disimular el bochorno. Ese bochorno que tuvieron que pasar los diputados socialistas al comprobar que hasta los dos grupos que votaron a favor de los presupuestos –PNV y Coalición Canaria– los criticaron.

En medio de la corrupción política, y con una crisis económica que va para largo –como por fin ha reconocido Zapatero, al señalar que “la recuperación no está asegurada”–, ya sólo nos podía faltar que dirigentes destacados del Partido Socialista buscaran un nuevo chivo expiatorio. En este caso el supuesto machísimo de Mariano Rajoy, que no tuvo la delicadeza de perdonar los errores del Gobierno al que pertenece Doña Elena Salgado.
Espero que Soraya Sáenz de Santamaría, María Dolores de Cospedal, Esperanza Aguirre, Rita Barberá, Ana Mato, Luisa Fernanda Rudi, y todas aquellas mujeres que pintan algo en el Partido Popular le hayan afeado a Don Mariano Rajoy su conducta. Así –le habrán dicho– no se gana por goleada. Hay que tener mayor sensibilidad y comprender que la ministra no dio la talla por culpa de los nervios, por no haber hecho bien los deberes, o porque Zapatero se empeña en imponer la “discriminación positiva” en su Gobierno.

Pero si alguien tiene realmente la culpa del mal rato que pasó Elena Salgado en la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados ese es precisamente Zapatero. Él fue quien la nombró vicepresidenta segunda y él fue quien la encargó la tarea de sustituir a Pedro Solbes. El presidente, si nos fiamos de lo que dice Carlos Solchaga, no tiene ministros, sino secretarios.

En caso de que esto fuera cierto, Mariano Rajoy hizo lo que tenía que hacer: quitarle importancia al discurso de la vicepresidenta para asuntos económicos y dirigir sus críticas directamente al Presidente, que para eso controla la política económica, el deporte y tantas otras cosas.

Acusar de machismo al líder de la oposición sería como acusar a María Antonia Munar, presidenta de Unió Mallorquina, de estar en la política para defender los derechos de los ciudadanos y, muy especialmente, para luchar por la transparencia y la regeneración democrática. Me parece lamentable que con la que está cayendo, en lugar de buscar argumentos que nos convenzan de que estos presupuestos nos van a servir para salir de la crisis, los máximos dirigentes del Partido Socialista y del Gobierno pierdan el tiempo hablando de discriminación sexual.

Cuando Felipe González pronunció aquella celebrada frase de que lo importante no es gato negro, gato blanco, sino que cace ratones, yo creo que ya estaba pensando en lo que podía pasar si algún día Zapatero llegaba a presidente del Gobierno. Zapatero se preocupa de la cuota femenina, de la presencia de mujeres en ministerios que no sirven para nada, de “vendernos” reformas sociales modernas y progresistas, de que su sonrisa luzca como el sol en la Casa Blanca, de que sus niñas ejerzan el derecho inalienable de toda persona a vestir como quieran y donde quieran...

Sin embargo, no es capaz de parar la caída del paro. Como no es capaz de reconocer –de una vez por todas– que la eficacia y la buena gestión no se miden por el sexo, la edad, el lugar de nacimiento o la imagen. Lo que necesita un Gobierno –además de mujeres, por supuesto– es capacidad de ejecutar políticas que consigan mejorar un país y las condiciones de vida de sus ciudadanos.

Estoy convencido de que a los cuatro millones de parados no les preocupa lo más mínimo si el ministerio de Economía lo dirige Pedro, Elena o El Tato. Lo que quieren es que la economía se recupere, que los empresarios inviertan y creen puestos de trabajo, y que los agentes económicos y sociales lleguen a acuerdos, aunque sólo sea para no perder definitivamente la esperanza.

Eso es lo que importa y no lo mal
que lo pasó el otro día en el Congreso la ministra Elena Salgado.
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