Última actualización 16/10/2009@05:34:44 GMT+1
HOY no toca hablar del “caso Gürtel”, pero sí de sus consecuencias. Mariano Rajoy, después de una paciente y desafortunada espera, se ha cargado a Ricardito Costa. Después de otro lamentable espectáculo, en el que Camps decía una cosa, Cospedal decía otra y el “chivo expiatorio” –con la broma incluso de ponerle a expiatorio una “s” en el comunicado– lloraba amargamente la injusticia que con él se estaba cometiendo, el líder de la oposición se acaba de despertar con otra mala noticia: la imputación del ex presidente Jaume Matas por “el caso Palma Arena”.
Pese a tener todas las encuestas de intención de voto a su favor, con un Gobierno desgastado por la crisis, el Partido Popular no levanta cabeza. Cuando no es una cosa es otra. Lo peor que le podía pasar a Mariano Rajoy es que sus críticas al gobierno socialista, por efecto boomerang, acabaran perjudicándole también a él.
Me explico. No es fácil recordarle a Zapatero en el Congreso que la Comisión Europea ha advertido a España del peligro que corren las pensiones y la sanidad por culpa del déficit o su evidente ineficacia a la hora de combatir la crisis económica, si antes tú no tienes las espaldas bien cubiertas. Cualquier dirigente socialista, como de hecho está sucediendo, te puede sacar los colores con los trajes de Camps, los caprichos de Costa o los trapicheos de personas que ostentaban cargos en el partido.
Te pueden decir, como ya está ocurriendo, de todo menos bonito. “Si no sabe arreglar su casa, por ejemplo, ¿cómo piensa arreglar España?”. Esta es la réplica más recurrente de sus adversarios políticos. La corrupción ha podido quedarse en la periferia, incluso en intentos de soborno que no han llegado a consumarse, y además tú puedes ser un político muy honesto, pero la realidad del debate es la que es: ¿cómo vas a ejercer la crítica de forma implacable y contundente, si el interior de tu casa (el Partido Popular) está como está en estos momentos?
Lo peor que le podía pasar a Mariano Rajoy –y mira que al hombre le pasan cosas– es que su querido, admirado y apreciado Francisco Camps se echara a perder en malas compañías y después se hiciera el loco, sin encontrar explicaciones para su defensa. Esto es muy malo para la política de oposición del Partido Popular y es muy malo también para la política en general, pues desvía la atención de los temas realmente importantes que nos preocupan a la mayoría de los españoles.
Los portavoces habituales del Partido Socialista –José Blanco, Leire Pajín o José Antonio Alonso– han encontrado un chollo. Han encontrado la mejor excusa para contrarrestar los ataques que les llegan desde la oposición. El “señor Gürtel”, por decirlo de alguna manera, les ha venido a ver en el momento que más lo necesitaban. Es posible que hayan contado –como se lamentan en Génova– con la ayuda inestimable de algunos jueces, policías y ‘rubalcabas’, pero lo cierto es que han conseguido en estos momentos anular o al menos aplacar las críticas que les llegan desde el Partido Popular.
Mientras tanto, el ciudadano mira a un lado y a otro y se queda con los ojos a cuadros. El debate está centrado ahora en quién es más corrupto y quién tiene más chorizos en nómina, en lugar de ver quién aporta las mejores ideas para sacar del agujero a un país con cuatro millones de parados y con unas previsiones –al menos las que llegan desde el FMI y desde la CE–, realmente preocupantes.
En el actual escenario económico, lo que es malo para el Gobierno también es malo para el Partido Popular y para el resto de los españoles. Me estoy refiriendo, lógicamente, a la recuperación económica y no a la rentabilidad que unos y otros quieran sacarle a escándalos de todo tipo. El desencanto ya no es una amenaza, sino una cruda realidad entre los millones de votantes que pagan con impuestos los sueldos de sus representantes.
El Partido Popular se parece cada vez más al “ejército de Pancho Villa”. Y ya no es que cada uno haga la guerra por su cuenta. Es que se disparan entre ellos. Mariano Rajoy no atraviesa precisamente uno de sus mejores momentos, pero tampoco eso debe de ser un consuelo para Zapatero y sus ineficaces cantos de sirena.