HUMOR Y VERDAD
Carlos Baltés
Última actualización 09/10/2009@01:55:27 GMT+1
Hay personas que confunden ambas palabras. Creen que son lo mismo, que tienen el mismo significado, pero no es así. Tampoco distinguen los conceptos que guardan y los aplican equivocadamente.
Una persona que está animada a complacer y a servir de ayuda a los demás, puede recibir con merecimiento el noble adjetivo de servicial. Por el contrario, aquel que olvida su condición de hombre libre y se somete vilmente a la voluntad de los otros puede ser considerado en verdad como servil. Ser servicial es una condición propia de la amabilidad. En cambio, ser servil es “ser vil”. Amabilidad o vileza, esa es la cuestión de origen.
El error de apreciación en esta cuestión ha llevado a desprestigiar a actividades y profesiones que son muy necesarias y útiles a la sociedad. A las antiguas sirvientas buscando darles brillo se les cambió el nombre tradicional llamándolas “empleadas del hogar”, cuando lo que se pide de ellas es precisamente la honrosa condición de ser serviciales en su actividad. De igual forma podríamos hablar de los camareros o de los grandes “maîtres”, que son cuánto más profesionales más serviciales. Nada menos servil que un gran “maître” o un gran mayordomo y nada más servicial que ambos.
Existen sin embargo profesiones estrictamente dedicadas a servir que no han recibido el impacto de los eufemismos anteriores. Me refiero al nombre de ministro; la palabra “ministro” viene del latín “minister”: el que sirve, el que ayuda. En consecuencia, ministro significa en su sentido más propio: servidor. Por favor, ¡dejémonos de eufemismos en este caso y llamemos a los ministros lo que verdaderamente son, o debieran ser: Servidores! Todo estaría mucho más claro; para ellos y, también, para nosotros.