Última actualización 25/09/2009@06:12:09 GMT+1
Cuando Fátima Hissisni se presentó a declarar el otro día delante del juez Gómez Bermúdez y lo hizo con el “burka” puesto –para que su rostro no lo pudieran ver los hombres, como exige su religión–, el magistrado de la Audiencia Nacional hizo lo que tenía que hacer: suspender la sesión y mandar a la señora a casa. Lo hizo, eso sí, de forma amable y alegando que las leyes civiles de nuestro país están por encima de las creencias religiosas. Hasta aquí, todo normal.
Lo anormal hubiera sido lo contrario. Es decir, que la hermana “oculta” de un terrorista suicida hubiera declarado sin dejarse ver la cara. Sin saber realmente quién era y sin poder apreciar sus gestos y reacciones ante las preguntas del magistrado. El sentido común del juez Gómez Bermúdez impidió un nuevo atropello a las más elementales normas de nuestro ordenamiento jurídico.
Sin embargo, como ocurre con demasiada frecuencia en nuestros juzgados, cada magistrado interpreta a su manera este tipo de situaciones. La misma señora –o señorita– que no pudo declarar el miércoles por negarse a hacerlo sin el “burka”, ya había declarado con “burka”, y sin ningún tipo de problema, delante de otro juez de la Audiencia, famoso por la defensa de los derechos humanos en el mundo, y en España. ¿Sería Baltasar Garzón?, se preguntarán ustedes. Efectivamente, el mismo. No podía ser otro. El juez estrella siempre va un poco más allá y por eso no tuvo inconveniente en escuchar a la testigo con el rostro totalmente tapado.
Pero, ¿era o no era realmente ella, la que se suponía que tenía que ser?. Fátima dice que sí era ella, pero nadie pudo comprobarlo mirándole a la cara. Por lo tanto, su identidad podrá ser cuestionada, aunque –conociendo el rigor y la meticulosidad con la que actúa el juez Garzón en las instrucciones de otros casos– no me extrañaría que esos testimonios no fueran los de Fátima Hissisni, sino los de alguna de sus hermanas, si es que las tiene, que tampoco lo sabemos. El controvertido juez de la Audiencia Nacional, en esa línea de absoluta tolerancia, que tanto daño está ya haciendo a la convivencia y al respeto a las normas establecidas en nuestro ordenamiento jurídico, prefirió seguramente quedarse con las ganas de saber quién estaba detrás de ese “burka” opresor, antes que pedir su retirada.
Lo ocurrido con esta mujer en la Audiencia Nacional es sólo un ejemplo de lo que está pasando en otros ámbitos de la vida española. Contagiados de una permisividad que raya muchas veces el ridículo, este país ha conseguido auténticas “proezas”.
Una de ellas, por ejemplo, es que las fotos de los etarras puedan exhibirse en calles, bares y polideportivos del País Vasco con total impunidad, pues una reciente sentencia judicial dice que este tipo de “homenajes a los héroes del pueblo vasco” no pueden considerarse un delito de “exaltación del terrorismo”. ¿Se imaginan lo que harían en Estados Unidos, si en las calles de Nueva York se colgaran fotos de los terroristas del 11-S, o lo que harían las autoridades alemanas si las paredes de Berlín aparecieran cubiertas de retratos de asesinos nazis?
En España se ha pasado de la represión más absoluta a una especie de inhibición y de comprensión generosa hacia quienes no respetan las normas establecidas. Da lo mismo la procedencia, raza o religión de los que incumplen esas normas.
Podríamos hablar también de la falta de disciplina y educación, que durante tantos años han sido toleradas o de las frecuentes confusiones entre el ejercicio de la libertad individual y el atropello a la libertad de los demás. Aquí, o somos más papistas que el Papa, o nos pasamos veinte pueblos. Pero, eso sí, con la particularidad de que preferimos los extremos a una cosa que se llama “término medio”. Hemos pasado del “usted” respetuoso y un tanto trasnochado al “oye tú, tío”, o a una cosa tan poco original como: “mi viejo, tío, es que no se entera de nada”.
Ahora, cuando se encienden las alarmas y la reacción social ha dejado de ser patrimonio de “la derecha ultramontana”, muchos de los defensores de una sociedad permisiva y sin una escala de valores clara entonan el mea culpa.
El problema es que se han dado cuenta un poco tarde.