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Hemeroteca :: Edición del 02/09/2011 | Salir de la hemeroteca
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Por Javier del Castillo
Última actualización 04/09/2009@04:07:20 GMT+1
El primer equipo económico de Zapatero hace tiempo que pasó a mejor vida, aunque Pedro Solbes – con la parsimonia que le caracteriza - todavía no haya terminado de recoger sus cosas en la Carrera de San Jerónimo. Se fue David Taguas, con la Oficina Económica a otra parte; dimitió su tocayo David Vegara, secretario de Estado de Economía, nada más conocer los planes de Elena Salgado; se acaba de ir a la empresa privada Jordi Sevilla – el encargado de enseñarle economía en dos tardes al presidente del Gobierno –, y se irá enseguida Pedro Solbes, para no tener que sonreir sin ganas o disimular ante las nuevas ocurrencias de este Gobierno que hace aguas en materia económica.
Todos huyen del barco, mientras este navega a la deriva en busca de ese viento favorable que le haga recuperar la estabilidad perdida. El Gobierno dice una cosa un día, la cambia al día siguiente y vuelve a cambiarla dos días después. Lanza globos sonda, como el que lanza confetis en las fiestas de su pueblo. Quiere hacer muchas cosas – incluso deprisa y con gran despliegue propagandístico -, pero sin evaluar previamente si van a servir para arreglar un problema o para crear otros nuevos.
Esta mañana, mientras escuchaba a Duran Lleida – que tampoco es la alegría de la huerta – recordarle al Gobierno que está bien que se preocupe de los parados, pero también de que la economía pueda crear empleo, se hacían públicos los datos del paro en el mes de agosto. La cifra de 84.985 nuevos desempleados es un nuevo mazazo en la línea de flotación de este “improvisado” Gobierno. Y, lo que es peor, un auténtico drama para casi cien mil personas.

Es cierto que el subsidio de desempleo – con prórroga incluida de 420 euros al mes - se encargará de hacer más llevadera su desesperación y su inactividad no deseada, pero esas prestaciones del Estado son insuficientes. Si este Gobierno – como decía esta misma mañana Duran Lleida – no pone las bases y las estructuras adecuadas para incentivar la inversión y la creación de empleo, las cuentas públicas entrarán pronto en bancarrota.

La subida de impuestos – que según los expertos servirá para recaudar 8.000 millones más de euros – no es tampoco una solución definitiva, puesto que la crisis y el paro han multiplicado por cinco el déficit del Estado en sólo un año. Además, la mayoría de los expertos opinan que el incremento impositivo es contraproducente para la generación de empleo.

Y, por si fuera poco, como las desgracias nunca vienen solas, aparece en el horizonte la amenaza de la Gripe A, cuyos costes económicos son imprevisibles, aunque el propio Zapatero ha dicho que oscilarán en torno a los mil millones de euros.

El endeudamiento no parece un problema para él, como no lo es la financiación autonómica o el rechazo por parte de los empresarios a su actual política económica. Zapatero prefiere ver la botella medio llena. En este escenario de crisis profunda en el que vivimos, habla del esfuerzo del Gobierno y de las importantes medidas que se están tomando para salir de ella. Y lo hace con la misma naturalidad que exhibe el polifacético José Blanco a la hora de definir los objetivos de la penúltima reforma fiscal del Gobierno.

Es bastante probable, como apuntan en voz baja algunos veteranos socialistas, que estemos asistiendo a la contemplación del peor Gobierno de la democracia. O, al menos, del Gobierno más ineficaz y ocurrente de los últimos treinta años.

Este perfil bajo del gabinete de Zapatero lo demuestra el pase a la reserva de ex ministros y altos cargos del primer equipo económico, desencantados con una política donde a nadie parece preocuparle el incremento del gasto público.

Jordi Sevilla cayó en desgracia por no ceder como ministro de Administraciones Públicas a las exigencias que le llegaban desde el Partido Socialista de Cataluña. Pedro Solbes aguantó lo suyo, pero acabó tirando la toalla al percatarse de que el rigor en las cuentas no era precisamente lo que le quitaba el sueño al presidente del Gobierno. Al revés, su obsesión era gastar alegremente en políticas sociales para ganar las siguientes elecciones.

Y, claro, cuando nadie se preocupa del gasto y los ingresos se reducen de forma alarmante, hasta el más tonto se puede dar cuenta de que el edificio amenaza ruina.
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