Última actualización 28/08/2009@02:17:16 GMT+1
SI hay algo que los ciudadanos debemos exigir a nuestros políticos –y muy especialmente al Gobierno y al principal partido de la oposición– es transparencia y claridad a la hora de explicar lo que están haciendo, por qué lo están haciendo y cómo nos afecta. ¿Por qué digo esto? Pues porque hacen casi siempre lo contrario.
Les voy a poner ejemplos muy recientes, a los que se seguirán sumando otros durante los próximos días. La vicepresidenta económica, Elena Salgado, ha comparecido en el Congreso para explicar el acuerdo alcanzado el 15 de julio entre el Gobierno y las Comunidades Autónomas y no ha dicho ni una palabra sobre cómo ha quedado el reparto de esos 11.000 millones de euros adicionales. Ni siguiera se ha molestado en dar una cifra aproximada.
Pero, eso sí, la Señora Salgado ha aprovechado su comparecencia para recordar que las comunidades deben a la administración central la nada despreciable cifra de 6.000 millones de euros; es decir, más de la mitad del dinero que ha comprometido el Gobierno a las autonomías en el nuevo pacto. Un pacto, por cierto, condicionado por la presión de Cataluña y por los agravios comparativos a los que podía verse abocada Andalucía, después de tantas promesas incumplidas.
Sin embargo, la ministra no ha clarificado la situación heredada, ni la previsiones de futuro. Tampoco ha tenido el detalle de desglosar esta deuda por comunidades. En una palabra, no ha informado del estado de las cuentas del Estado, como es su obligación, ni siquiera a los diputados elegidos para que nos representen.
En un momento tan delicado como este, cuando el PIB ha retrocedido en el último trimestre un 4,2 por 100, la confusión y la improvisación son las peores recetas para generar confianza ante la crisis económica. Si los españoles no sabemos cómo se gestiona el dinero público, si no conocemos el estado de las cuentas, ni tampoco lo que se ha repartido en el último año a banqueros, ayuntamientos y en prestaciones al desempleo, apaga y vámonos. Con la bombilla de Miguel Sebastián a otra parte.
Algo grave está pasando, cuando más de un 70 por 100 de los ciudadanos españoles dice no confiar en Zapatero para salir de la crisis. En lugar de intentar remontar la grave situación en la que estamos –cosa que ya han hecho otros países, como Alemania o Francia– con reformas eficaces y medidas adecuadas, el ministro de Trabajo pide sacrificio a los empresarios, critica a los banqueros y hace ímprobos esfuerzos para esconder la realidad del problema: los cinco millones de parados que este país puede llegar a tener a finales de año.
Al Gobierno le cuesta hablar claro y llamar a las cosas por su nombre. Un día propone subida de impuestos, otro día anuncia una ampliación del subsidio de desempleo..., pero sin concretar. Todo son anuncios o meras especulaciones. La ineficacia es el problema más serio, pero se quiere dar la sensación de que se están haciendo bien las cosas.
A Zapatero, que ha pasado las vacaciones en Lanzarote, se le agotan los plazos y busca el refugio en la presidencia europea que nos corresponderá a partir de enero. Hasta entonces, nos tendremos que conformar con vídeos promocionales de Lanzarote, con descalificaciones a la oposición –algunas veces justificadas, por cierto– y con consejos de ministros en los que se aprueban medidas tan “urgentes” como el “nuevo modelo económico socialista”. Otra bombilla encendida de Miguel Sebastián.
En lugar de crear riqueza y empleo –objetivo número uno de cualquier Gobierno en una situación como la actual–, el gabinete que preside Zapatero pierde el tiempo en improvisaciones, ocurrencias y globos sonda. Esta bien que vayamos pensando en un nuevo modelo económico, pero sin olvidar que el otoño está a la vuelta de la esquina, con unas previsiones verdaderamente alarmantes. La eficacia brilla por su ausencia y la opinión pública comienza a hartarse de tanta incompetencia, de tanta guerra absurda sobre espías, teléfonos pinchados y presiones al poder judicial. Como si no hubiera otras cosas más importantes en las que trabajar.
Las muertes de Ted Kennedy y del primer Defensor del Pueblo, Joaquín Ruiz-Giménez, me han hecho reflexionar sobre nuestros actuales políticos. Ted Kennedy dedicó su vida al servicio de la democracia americana. Ruiz-Giménez luchó para que la democracia fuera una realidad en España.
Me parece que serían dos buenos ejemplos a imitar.