Última actualización 24/07/2009@05:01:01 GMT+1
ME lo decía hace algunos días la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega: “no me gustan los veranos”. Este comentario, surgido al hilo de una charla informal sobre el descanso y las vacaciones, no era una premonición, pero sí la constatación de que algunas de las tragedias y de los sucesos más dramáticos ocurren durante esta estación del año.
Eso de que en verano nunca pasa nada es una falacia. O una gran mentira. Me estoy acordando en este momento del accidente del avión de Spanair en Barajas, a los pocos días de volver con la familia de Lanzarote; como ustedes recordarán también algunos otros sucesos con víctimas mortales que pusieron el crespón negro junto al rótulo de “cerrado por vacaciones”.
Me lo decía también un colega que acostumbra a trabajar durante el verano: las noticias destacadas, las grandes tragedias naturales y los sucesos más graves son imprevisibles. No se rigen por el calendario. Incluso, parece que se empeñan muchas veces en llevar el paso cambiado. Nos persiguen, como auténticas pesadillas, o nos abrasan como esas llamas que cada verano arrasan miles de hectáreas de montes y se llevan por delante decenas de vidas humanas
Aquí es donde lo previsible se hace realidad y donde el cálculo de probabilidades nunca falla. Los incendios vuelven de nuevo –con el calor y el viento– a llenar una vez más de tristeza y desolación nuestros pueblos y nuestros campos. Es el terror de los meses de julio y agosto, por no decir la canción más triste del verano. Un drama al que nos hemos acostumbrado, como algo inevitable, o como si nuestro destino estuviera marcado por esa visita nunca deseada en los días más calurosos del año.
La muerte de cuatro bomberos en Tarragona y el estado crítico de otro compañero de ese mismo retén me traen a la memoria la dramática experiencia vivida en nuestra tierra –en los viejos pinares del Duque de Medinaceli– hace cuatro años. Escucho y leo las informaciones sobre el cambio fatídico en la dirección del viento y se me pone la carne de gallina. Otra nueva tragedia, en este caso en Cataluña. Me asalta además la misma duda: ¿se podría haber hecho algo más para evitarla?
También me invade, junto a la incredulidad, una especie de rebeldía y una desagradable sensación de impotencia. Está claro que esos bomberos profesionales que luchaban para controlar el incendio de Tarragona sabían el riesgo que corrían, como lo sabían los once miembros del retén de Guadalajara, pero se jugaron la vida para salvar la de otros ciudadanos. Es como un consuelo. Como una justificación, además de un reconocimiento al compromiso con su trabajo y a su generosidad. Sin embargo, no me parecen razones suficientes para comprender esta lacra mortal en la que se han convertido los incendios en España.
Sigo preguntándome una y otra vez si no se puede evitar que la misma historia se repita todos los veranos. ¿Hacemos todo lo que podemos? ¿Se invierte el dinero suficiente durante los meses de invierno y primavera en limpiar nuestros bosques y nuestros campos para que disminuyan los riesgos de incendios o –en el caso de que se produzcan– para que puedan ser rápidamente controlados? ¿Existe una política forestal eficaz, unas medidas preventivas suficientes y una coordinación adecuada entre las distintas administraciones para que la triste canción del verano desaparezca de España para siempre?
Me consta que la Junta de Castilla-La Mancha ha invertido en los últimos años mucho más dinero en la prevención y extinción de incendios, pero ni siquiera así hemos conseguido dejar de ser noticia en los telediarios. Las llamas que estos días han asolado las tierras de Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara no son las únicas afectadas por la ola de incendios, pero aquí llueve ya sobre mojado. Ya hemos pagado un precio muy alto. El dolor es mayor cuando el maldito fuego visita de nuevo los rescoldos de una hoguera que todavía no está apagada del todo.
Los fuegos devastadores de esta segunda quincena de julio son la gran preocupación de los ciudadanos, pues se están llevando por delante la vida de personas y la vida de nuestros bosques.
Lo que se lleven otros –en regalos y en cohechos mal explicados– es un tema menor al lado de esta maldita plaga.