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Hemeroteca :: Edición del 02/09/2011 | Salir de la hemeroteca
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Por Javier del Castillo
Última actualización 10/07/2009@06:08:50 GMT+1
LAS peleas entre políticos por casos de corrupción acaban casi siempre en el absurdo. O, lo que es peor, confundiendo premeditadamente al personal, es decir a la opinión pública. Sólo de cuando en cuando el espectáculo es tan abrumador que terminan dimitiendo.
Antes de que el ciudadano conozca realmente si al señor Camps le regalaron los trajes o se los pagó de su bolsillo; antes de que el presidente de la comunidad valenciana suba el último “escaloncito” de su presunto calvario, las maquinarias del partido ponen el ventilador en marcha. Y llega la Rita Barberá de turno dispuesta a echarle una mano con las apreciadas anchoas de Miguel Angel Revilla.

Y dirán ustedes: ¿qué tienen que ver los trajes de Milano con las anchoas de Santoña? Pues bastante más de lo que parece. Las anchoas que reparte generosa y alegremente el presidente cántabro, y que con tanta alegría recibe Zapatero en Moncloa, son un simple regalo, pero ¿por qué no podrían ser un cohecho para conseguir los favores del jefe? Además, ¿de dónde sale el dinero para la adquisición de tan cotizados pececitos? ¿Lo paga de su bolsillo Revilla o su coste se imputa a los presupuestos del Gobierno de Cantabria?
Estas interrogantes difícilmente podrían plantearse en un país medianamente serio. Sin embargo, cuando se trata de proteger al compañero en apuros, todo vale. En lugar de demostrar su inocencia, se pone en marcha el ventilador, con el argumento de que la mejor defensa es un buen ataque. En lugar de despejar cualquier duda sobre la actuación de Francisco Camps, ahora resulta que estamos ante un asunto menor, comparable a las anchoas que siempre lleva encima un presidente autonómico con apellido de chorizo, o con los regalos de Navidad que tanto han proliferado en tiempos de bonanza económica.
  • Oiga, pero ¿usted sabe si Camps pagó los trajes y no pidió factura, o cree que se los regalaron unos empresarios amigos a cambio de favores?
  • Yo creo que el dinero se lo quedó el sastre José Tomás, después de torear a la empresa donde trabajaba. Luego, cuando le llamó el juez Garzón a la Audiencia Nacional, se asustó, se puso nervioso y le ofreció al magistrado diferentes versiones, para que así pudiera eligir la que más le gustara.

Este diálogo, de no existir la figura delictiva del cohecho, podría parecer la trama de un sainete, en el que se vislumbran dos claros protagonistas: un líder político en apuros y un sastre que intenta tirar del hilo, pero que ha olvidado la aguja y hasta el color del ovillo. El desenlace todavía no lo conocemos. Los espectadores seguimos expectantes, sumidos en la incertidumbre. ¿Serán capaces de acabar con la carrera política de Francisco Camps esos cuatro trajes hechos a medida? ¿Servirán para empapelar al político valenciano, al sastre..., o las anchoas que tan oportunamente ha puesto en escena Rita Barberá, la alcaldesa de Valencia?

El problema real –ahora ya en serio– no son los regalos, sino el valor de los mismos y la finalidad última de estos gestos de generosa cortesía. Por lo tanto, en esta investigación lo importante no es lo que diga ahora Rita Barberá o Rita la cantaora, sino demostrar –y para eso están los jueces y la policía– un asunto de mucha más enjundia: si, efectivamente, Camps no pagó esos trajes y –en caso de que así fuera– saber qué favores o contraprestaciones obtuvieron los donantes de esos regalos.

El problema de nuestros políticos es que en lugar de asumir posibles responsabilidades, se enredan en la dialéctica del “y tú más” y reclaman con urgencia una ley que regule los regalos a su medida. En este circo de trajes y anchoas, lo difícil es encontrar el término justo a la hora de aceptar o no aceptar regalos y dádivas. No es lo mismo un jamón en Navidades, para agradecer una recomendación, que un vehículo de gran cilindrada.

No es lo mismo regalar unas botellas de vino de la Ribera del Duero
o de la Rioja Alta, que un viaje
de quince días al Caribe,

con todos los gastos pagados.

¿Cuántos beneficiarios de regalos aplican al pie de la letra la máxima “es de bien nacidos ser agradecidos”, mientras desempeñan sus cargos públicos? Me temo que más de uno. Otra cosa es que esos favores se descubran y que estén tipificados como delitos.
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