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Por Javier del Castillo
Última actualización 03/07/2009@03:00:58 GMT+1
CONOZCO a José Manuel Zelaya Rosales, a su familia y a sus más estrechos colaboradores. He charlado largo y tendido con él en Tegucigalpa y en Madrid, y he recorrido durante ocho intensas jornadas algunos de los escenarios de su infancia, charlando con personas que le han conocido en distintas etapas de su vida.
Con esta exhaustiva información, y con trescientas páginas escritas que esperan el momento más adecuado para su publicación, me atrevo a decir que “Mel” Zelaya –el apelativo lo heredó de su padre, que a su vez lo había heredado de su abuelo– es un personaje controvertido y muchas veces contradictorio. Sus antepasados vascos, provenientes de México, se instalaron en el valle de Lepaguare –departamento de Olancho– en el siglo XIII y desde entonces hasta ahora han controlado decenas de miles de hectáreas entre las ciudades de Catacamas y Juticalpa.

José Manuel Zelaya es el mayor de cuatro hermanos –uno de ellos muerto en una reyerta por un asunto de faldas cuando tenía 23 años– y tuvo que ponerse al frente de la hacienda familiar, cuando encarcelaron a su padre por su supuesta implicación en el asesinato de dos sacerdotes y de una decena de activistas campesinos, que reclamaban parte de las tierras de los Zelaya.
Por lo tanto, el hoy depuesto presidente hondureño maduró más joven de lo que hubiera sido normal en la clase social a la que pertenecía. Pronto ejerció su liderazgo en el entorno familiar –sobre todo a raíz de la muerte de su padre, con apenas 62 años– y en el Partido Liberal, en el que ya había militado su progenitor. “Mel” Zelaya pasó de ser “Melito” a convertirse en uno de los políticos liberales con mayor proyección nacional.

Quizás por tener mala conciencia, o porque la riqueza personal hace tiempo que no le preocupa, lo cierto es que José Manuel Zelaya ha buscado con tenacidad en estos últimos años un objetivo: mejorar las condiciones de vida de su pueblo. Lo ha intentado, pero sin tener en cuenta que quienes hasta su elección habían sido amigos no iban a permitir que esas reformas necesarias pusieran en peligro ancestrales privilegios.

Me lo decía con una claridad meridiana el cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, cuando le pregunté por la política que estaba llevando a cabo Zelaya. “El presidente tiene buena voluntad –me comentó en una larga conversación que tengo grabada–, pero no siempre consigue los objetivos. Los tres poderes del Estado no marchan en la misma dirección. A veces da la impresión de que trabajan a la contra. Pero tengo que decir a favor del presidente que es un hombre valiente. Aquí la política es marrullería, trampa, terreno abonado para el que no tiene prejuicios...”.

José Manuel Zelaya conocía perfectamente a sus enemigos, algunos de ellos bien situados en su partido, como el hasta hace poco presidente del Parlamento Nacional, Roberto Micheletti. Sabía que cualquier reforma se la iban a intentar echar abajo. Y, quizás por esta razón, intentó cambiar de estrategia. Quizás por eso sorteó ciertas trabas legales y quiso cambiar el sistema.

Yo no dudo de su buena fe, pero la Constitución está para que se cumpla. Tanto por unos como por otros. Los opositores a Zelaya han depuesto por la fuerza a un presidente elegido democráticamente. Los que asaltaron la casa de “Mel” Zelaya, dentro de una urbanización de clase media, donde hace apenas un año me recibía –con sombrero y botas camperas– el todavía presidente hondureño, dejaron en evidencia el ordenamiento jurídico y el respeto a la democracia.

“Cuan ‘Mel’ se propone algo, no para hasta conseguirlo. Por eso yo les digo a sus enemigos que no le van a vencer”. Estas palabras fueron pronunciadas por su hermano Carlos Armando en el porche de la casa de campo de la familia en Catacamas hace un año. De momento, habrá que esperar.

El mayor problema de Zelaya ahora es Hugo Chavez. Pese a las diferencias, a los dos les une su megalomanía. La enorme escultura de “Mel”, frente a la residencia de Olancho donde descansaba algunos fines de semana, es algo que chirría. Y no sólo por lo grande, sino por su ubicación en lo más alto de la finca.

Lo peor que podría pasar es que su propietario confundiera algún día a Honduras con su propia finca.
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