Última actualización 19/06/2009@02:19:40 GMT+1
SI a cualquiera de nuestros abuelos le hubieran dicho que el Premio Príncipe de Asturias a la Investigación Científica y Tecnológica se lo han dado a un señor que inventó el correo electrónico en la red y un símbolo llamado “arroba”, usado en los envíos de mensajes y otros contenidos a través del ordenador, es muy probable que hubiese contestado que la arroba no es ningún invento, pues en este país siempre se ha comprado el vino por arrobas.
El símbolo @ que separa el nombre del usuario del nombre del servidor es otra cosa muy distinta a las arrobas de tinto o clarete que se metían para el cuerpo nuestros abuelos.
Si a cualquiera de nuestros antepasados le explicáramos hoy que ese premio es compartido por otro señor que inventó y patentó el teléfono móvil, con el que también se puede escribir, leer el periódico, ver la televisión y hasta hacer la compra, lo primero que pensaría es que le estabamos tomando el pelo.
Está claro que el correo electrónico y la telefonía móvil son dos grandes inventos de nuestro tiempo. Dos inventos que siguen incorporando cada día nuevas aplicaciones. Gracias a ellos, hemos creado un mundo sin barreras geográficas ni temporales. Por lo tanto, enhorabuena a los premiados: Ray Tomlinson y Martin Cooper. Enhorabuena a estos dos norteamericanos, que le han dado la puntilla a la narración epistolar –“espero que al recibo de esta te encuentres bien”– y a la síntesis
telegráfica.
El año pasado el Premio de Comunicación y Humanidades correspondió a Google –que no es ningún señor, sino la mayor enciclopedia del mundo en versión digital–, y es muy probable que en próximas ediciones le corresponda a otros inventos que dejan pequeños a los anteriores. Hoy, por ejemplo, un móvil de última generación, del tamaño de un cajetilla de tabaco, tiene mucha más capacidad de información que el ordenador que usaron los ingenieros de la NASA para llevar por primera vez al hombre a la Luna.
Pero lo más curioso de todos estos inventos es que ninguno tiene patente española. Mientras otros crean nuevos instrumentos que revolucionan las comunicaciones o la medicina, nosotros aportamos con la mayor dignidad y elegancia inventos como la fregona o el “chupa chups”. Al fin y al cabo, son más prácticos y técnicamente más asequibles. Dentro de nuestras posibilidades, ha sido además una manera de facilitar las cosas a millones de ciudadanos y ciudadanas. No es somos líderes en I+D+I, pero tampoco nos hemos quedado anclados en “la arroba de vino de cariñena”. O de La Mancha, por aquello de tirar para casa.
Leo en algún sitio que el 60 por 100 de la población mundial tiene teléfono móvil y que una de cada cinco personas usa el correo electrónico. Hasta hace apenas unos años, la telefonía móvil era casi exclusiva de unos cuantos. Los Motorola de la primera generación pesaban un kilo, se llamaban celulares y eran más escasos que los libros en casa de Belén Esteban. Hoy los móviles pesan menos de cien gramos y parecen una oficina portátil. A través de la “BlackBerry” que tengo encima de la mesa puedo escuchar la radio, ver la tele, escribir y recibir mensajes, mandar fotos y enviar, por supuesto, el artículo que ahora estoy escribiendo al periódico.
Ray Tomlinson y Martin Cooper tienen buena parte de culpa en la ampliación hasta límites insospechados de la comunicación de masas. Estamos asistiendo a una revolución sin precedentes. Ayer, sin ir más lejos, le oí decir a un comentarista musical que los CDs –que tanto nos hicieron añoran los discos de vinilo– pueden desaparecer, devorados por los ipod, iphone, mp3, mp4 y la madre que nos parió.
Lo mismo ocurre con el correo ordinario. ¿Para qué vas a esperar una semana a ver si le ha llegado la carta al pariente, cuando tu mensaje lo puede recibir al instante? Esto, realmente, es una locura que no ha hecho más que empezar.
La palabra “arroba” ya no se usa como sistema de medida –seguro que muy pocos de ustedes saben que una arroba tiene el peso equivalente a 11,502 kg.– pero todo el mundo sabe hoy que es una “a” minúscula con cerco. Una “a” coronada, que nos permite mandar mensajes a través de Internet a cualquier punto del planeta.
Y sin ponerle sello ni esperar a que llegue a la estación la saca del correo. Está claro que Tomlinson y Cooper se merecían este premio.