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Hemeroteca :: Edición del 02/09/2011 | Salir de la hemeroteca
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Por Javier del Castillo
Última actualización 12/06/2009@03:27:02 GMT+1
HAY que saber ganar, y hay que saber perder, aunque –no cabe duda–, que es más duro encajar la derrota cuando la “conjunción planetaria” que pronosticaba Leire Pajín se convierte a los dos días en una realidad terrenal. O en una disfunción entre la realidad y los sueños.
Una cosa son los encuentros planetarios y otra muy distinta los hechos. Hago esta reflexión intentando buscar alguna explicación a la “ausencia” sonada del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, para valorar los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo del pasado 7 de junio.

Lo que ha ocurrido hace una semana, por mucha abstención y por mucha crisis económica que haya, es que el Partido Popular le ha recortado en menos de un año y medio casi siete puntos al Partido Socialista. Lo que ha pasado no ha sido “un espejismo”, como ha dicho Zapatero, bajo los síntomas claros de no haber asimilado el mazazo. Ni tampoco ha sido un “resultado muy digno” del Partido Socialista, como le hubiera gustado al presidente del Gobierno.

Es verdad que los socialistas españoles no han hecho tan mal papel como sus homólogos de Francia, Alemania, Italia o Portugal, pero tampoco es menos cierto que los gobiernos de Francia, Alemania e Italia –Portugal es una excepción– han ganado en las pasadas elecciones. Cosa que no ha logrado el partido que gobierna en España. José Luis Rodríguez Zapatero –se mire por donde se mire– ha perdido las elecciones y las ha ganado Mariano Rajoy, aunque ninguno de los dos haya encabezado la lista de sus respectivas formaciones.

Una vez establecidas estas premisas, lo mejor que pueden hacer Zapatero y el Partido Socialista es analizar las razones de la derrota. Aunque sólo sea para dar ejemplo. Uno no puede descalificar al contrario porque no supo asimilar la derrota electoral del 2004, y cinco años después explicar tu propia derrota diciendo que todo ha sido “un espejismo” o que “para llegar a La Moncloa hay que pasar por la Carrera de San Jerónimo”. Como tampoco es de recibo felicitar a los responsables de la campaña socialista que ha perdido las elecciones, mientras tú desapareces durante tres días, sin tener la valentía de hacer una valoración de lo que ha pasado.

Sería demasiado pedir que el presidente del Gobierno se apresurara a la hora de felicitar a los ganadores, pero estoy seguro que los ciudadanos en general –dejando a un lado las simpatías o antipatías, las afinidades o las divergencias– hubieran celebrado ese gesto de buen perdedor. Porque, no nos olvidemos, el derrotado en las pasadas elecciones al Parlamento Europeo no ha sido Juan Fernando López Aguilar, sino su gran valedor, el hombre que asumió previamente lo que pudiera pasar en las urnas. En definitiva, José Luis Rodríguez Zapatero, y su política errática y llena de ocurrencias.

Lo mejor que podría hacer en estos momentos el presidente –además de reconocer su fracaso– es un sano ejercicio de autocrítica. Preguntarse, por ejemplo, si la reforma de la Ley del Aborto, permitiendo la interrupción del embarazo a jóvenes menores de 18 años sin consentimiento paterno, responde a una demanda social. O si la pastilla del día después es un asunto de vital importancia para los jóvenes que se desesperan mandando currículos en busca de un empleo…. O si el miedo a la derecha no será ya un recurso agotado. A la vista de los resultados de las elecciones europeas, lo que debe hacer el Partido Socialista, con Zapatero a la cabeza, es preguntarse lo siguiente: ¿en qué nos hemos equivocado?

No voy a entrar en el análisis de los resultados en Castilla-La Mancha, porque ya lo ha hecho de forma inteligente y certera el director de este periódico, pero hay una cosa muy clara: la candidatura en la que ocupaba el segundo puesto Luis de Grandes –por muy vago que a algunos les parezca– ha ganado de calle en nuestra comunidad. Se puede mirar para otro lado, o incluso echarle la culpa a la crisis económica, pero la realidad es la que es.

Si yo fuera José María Barreda, comenzaría a estar seriamente preocupado. Si fuera María Dolores de Cospedal, que evidentemente no lo seré nunca, dejaría de ver como un sueño el hecho de liderar un cambio de ciclo en Castilla-La Mancha.

Y, no se olviden algunos de Rosa Díez, que sigue avanzando.
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