Última actualización 15/05/2009@05:03:35 GMT+1
EL debate sobre el estado de la nación ha estado precedido del anuncio de la píldora del día después sin receta. No se podía encontrar mejor preámbulo para afrontar el “embarazoso” panorama que tiene el Gobierno entre manos. Sin embargo, no hay píldora que valga cuando la situación es dramática.
Tener en estos momentos cuatro millones de parados, y los que vengan, no es ningún invento de la oposición. Es una realidad. Una realidad que se refleja en un dato muy concreto: durante las intervenciones de Zapatero y Rajoy en el debate del estado de la nación, catorce mil trabajadores más ingresaron en las listas del paro.
No es mi intención “jalear” las cifras del paro –como dice Zapatero que hace el líder de la oposición, Mariano Rajoy– pero tampoco me parece honesto ocultar una realidad que, se mire por donde se mire, es manifiestamente mejorable. Lo dicen las encuestas. El paro es la mayor preocupación que tenemos los españoles en estos momentos. Las palabras crisis, recesión, déficit, deuda y paro –se quiera o no se quiera– son las que mejor definen el actual panorama. Ya sé que son términos que no le hacen ninguna gracia a este Gobierno, pero son los que tenemos en el diccionario para explicar lo que está pasando.
Luego, todo se puede adornar como se quiera, incluso llegando a conclusiones tan increíbles como la de Leire Pajín, a la que le escuché decir el otro día que la culpa de lo que está pasando es de todo el mundo, menos de Zapatero. El presidente del Gobierno, según la nueva portavoz del PSOE, no es el responsable de nada, pero lleva ya cinco años en el poder. Y lleva cinco años en el poder porque lo han querido los españoles –faltaría más– y porque el líder del Partido Popular no recibió los votos suficientes para ocupar su puesto.
Pero esta evidencia no puede ser una excusa para que Zapatero deje de asumir su parte de culpa, que es mucha, ni para que no afronte los problemas que tiene España, en lugar de vender humo y culpar de todos los males al líder de la oposición, al sistema económico internacional, a José María Aznar, a Bush, a la codicia de los empresarios y banqueros o al “susun corda”. Como muy bien apuntó el martes pasado Josep Antoni Duran Lleida, “en la tómbola de Zapatero siempre toca, si no es un pito es una pelota”.
Sólo le faltó añadir al líder de CiU que a los que no les tocará nada bueno –por mucho que se insista en la protección al desempleo– es a los cuatro millones de parados que tenemos en España. En esta España que ya no gobierna José María Aznar –aunque lo parezca al escuchar a significados dirigentes del Partido Socialista–, sino Rodríguez Zapatero. La manipulación y la demagogia son inevitables en política, pero al final acaban descubriéndose, y ponen en evidencia a los trileros.
Entre las intervenciones del estado de la nación, me quedo con las de Josep Antoni Duran Lleida y Rosa Díez. El primero es un gran orador y fue el que mejor retrató la actual política de Zapatero, sin olvidar tampoco a Josu Erkoreka, que luce su mejor oratoria desde que hace oposición al Gobierno.
En cuanto a la presidenta y portavoz de UPyD, su gran mérito radica en que dice lo que otros también piensan, pero callan. Su claridad meridiana queda reflejada en estas dos perlas referidas a Zapatero: “si no es capaz de gobernar, déjenos a los españoles decidir quién nos gobierna” y “lo suyo es puro voluntarismo, pura retórica hueca y puro marketing”.
Es verdad que sus expresiones resultan hirientes, pero no son menos hirientes –aunque sí más suaves en las formas– las descalificaciones que hace el presidente del Gobierno del líder de la oposición. Ya sabemos que Rajoy no le ha ganado en las dos elecciones generales en las que se han enfrentado. Por supuesto que Rajoy no es un líder que entusiasme a las masas, pero con el balance que ofrece Zapatero en estos últimos años todo se andará.
¿Quien ha sido el ganador del debate? Tengo mis dudas. ¿Y el perdedor? Los cuatro millones de parados y el conjunto de los españoles, al ver como nuestros políticos se pelean entre ellos, en lugar de pelear unidos contra el paro.